—Estaban asustadas.
—Usted también debía estarlo.
Mariana guardó silencio.
Alejandro continuó:
—Usted protegió a mi hijo con su propio cuerpo. Se lastimó para evitar que él se lastimara.
—Cualquier persona lo habría hecho.
Alejandro negó lentamente.
—Pero ese día solo usted lo hizo.
Durante unos segundos no hablaron.
Finalmente Alejandro preguntó:
—¿Cómo se llama?
—Mariana.
—Mariana, no sé qué le pasó antes de encontrarla ahí. Y no voy a pedirle que me lo cuente.
Ella lo miró.
—Pero sí quisiera ayudar con sus heridas.
—No necesito caridad.
La respuesta salió rápida.
Dura.
Como si Mariana hubiera tenido que repetirla muchas veces.
Alejandro asintió.
—Entiendo.
—No, no entiende.
—Probablemente no.
Eso la sorprendió.
Alejandro continuó:
—Pero sí entiendo que usted salvó lo más importante que tengo. Y también entiendo que agradecerle no debería significar tratarla como si no pudiera decidir por usted misma.
Mariana se quedó mirándolo.
Nadie le había hablado así en mucho tiempo.
—Mi madre murió hace seis meses —dijo finalmente.
Alejandro no interrumpió.
—Estuvo enferma bastante tiempo. Yo trabajaba como maestra.
Mariana respiró hondo.
—Dejé de trabajar algunas semanas para cuidarla. Después perdí el puesto. Vendí cosas. Dejé el departamento. Pensé que conseguiría otro trabajo rápido.
Se encogió de hombros.
—No pasó así.
—Lo siento mucho.
—Yo también.
Mariana sonrió tristemente.
—Mi mamá era la única familia cercana que tenía.
Alejandro miró la vieja bodega.
Después la miró a ella.
Entonces recordó algo que Mateo había dicho aquella mañana.
“Papá, ella sabía cómo hablarme cuando tenía miedo. Como mi maestra.”
Alejandro se quedó pensativo.
—Quiero hacerle una propuesta.
Mariana volvió a ponerse tensa.
—¿Qué clase de propuesta?
—Un trabajo.
Ella tardó unos segundos en responder.
—¿Perdón?
—Mateo necesita a alguien que pueda acompañarlo algunas horas después de clases. Alguien que pueda ayudarlo con tareas, leer con él y estar pendiente de él cuando yo sigo trabajando.
Mariana frunció el ceño.
—¿Quiere contratarme para cuidar a su hijo?
—Quiero contratar a una maestra para acompañar a mi hijo.
—Usted no sabe nada de mí.
—Sé algo importante.
—¿Qué?
—Sé qué hizo cuando pensó que nadie la estaba observando.
Mariana no respondió.
—No corrió hacia Mateo para conseguir trabajo. No sabía quién era su padre. Ni siquiera se quedó para recibir reconocimiento.
Alejandro señaló el vendaje de su brazo.
—Se fue lastimada y sin pedir nada.
Mariana negó lentamente.
—Eso no significa que pueda confiar en mí.
—No significa que voy a entregarle las llaves de mi casa en cinco minutos.
Por primera vez, Mariana sonrió de verdad.
Alejandro también.
—Podemos hacerlo correctamente —continuó—. Hablar, revisar referencias de cuando trabajaba como maestra, establecer horarios y ver si Mateo se siente cómodo.
—No tengo ni siquiera ropa para presentarme a una entrevista.
—Eso tiene solución.
Mariana volvió a mirarlo con cautela.
—Ahí empieza la caridad.
—No.
Alejandro respiró.
—La oferta existe porque necesito a una persona con experiencia en educación. Usted tiene esa experiencia. Y quiero cerca de Mateo a alguien cuyo primer instinto haya sido protegerlo.
Mariana tragó saliva.
—Hay muchas maestras.
—Sí.
—Con mejores currículums.
—Probablemente.
—Con una dirección.
—También.
—Entonces no entiendo.
Alejandro la miró directamente.
—Las circunstancias en las que vive ahora no borran la persona que era antes.
Mariana bajó la mirada.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Hace mucho que nadie me habla como si esa persona todavía existiera.
Alejandro no respondió inmediatamente.
Después dijo:
—Existe.
Mariana se cubrió la cara con una mano.
Lloró en silencio.
No era solo por la oferta.
Era por su madre.
Por el departamento perdido.
Por los meses intentando pasar desapercibida.
Por todas las veces que alguien había mirado su ropa antes que su rostro.
Por todas las veces que ella misma había empezado a hacer lo mismo.
—No sé si puedo hacerlo —dijo.
—Solo le estoy pidiendo que lo intente.
Mariana pensó en Mateo.
Recordó sus brazos pequeños aferrados a su cuello.
Recordó su cara cubierta de humo.
Recordó que, por unos segundos, después de mucho tiempo sintiéndose inútil, había sabido exactamente qué hacer.
Su madre siempre decía que Mariana tenía un don con los niños.
Quizá esa parte de ella no había desaparecido.
—Está bien —susurró—. Puedo intentarlo.
Alejandro no celebró.
No quiso convertir el momento en algo más grande de lo que era.
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