Las colocaron sobre el pastel.
Mariana apagó la luz de la cocina.
Alejandro encendió las velas.
Entre los tres cantaron cumpleaños.
Valentina observaba las pequeñas llamas como si fueran algo extraordinario.
—Pide un deseo —dijo Mariana.
La niña cerró los ojos con tanta fuerza que arrugó toda la cara.
Sopló.
Las seis velas se apagaron.
Alejandro aplaudió.
—¿Qué pediste?
—No puede decirlo —respondió Mariana rápidamente—. Si lo dice, no se cumple.
—Tiene razón. Retiro la pregunta.
Cortaron el pastel.
Valentina comió despacio.
No porque no tuviera hambre.
Porque quería que cada bocado durara.
—Está buenísimo —dijo.
Alejandro sonrió.
—Entonces elegí bien.
Mientras comían, él le preguntó por la escuela.
Valentina comenzó a hablar sin parar.
Le contó que le gustaban mucho los libros.
Como Mariana trabajaba por las tardes, varios días iba a una biblioteca pública después de clases y permanecía allí hasta que su madre podía recogerla.
—¿Cuál es tu materia favorita?
—Español.
—¿Y qué quieres ser cuando seas grande?
Valentina no dudó.
—Maestra.
Mariana sonrió.
—Lo dice desde hace más de un año.
—Quiero enseñar a leer a niños que no pueden —explicó Valentina—. Hay un niño en mi salón que todavía se confunde mucho y yo lo ayudo.
Alejandro la observó durante unos segundos.
—Entonces creo que serías una gran maestra.
Cuando llegó el momento de irse, se puso nuevamente el saco.
Mariana lo acompañó hasta la puerta.
—Gracias por esto.
Miró hacia su hija, que todavía tenía crema en la mejilla.
—No sabe lo que significa.
—Creo que sí.
Alejandro miró a Valentina.
—Feliz cumpleaños.
—Gracias, señor Alejandro.
Él bajó las escaleras.
Cuando llegó a su automóvil, no arrancó.
Permaneció sentado pensando en ellas.
Pensó en aquella niña que había aceptado no tener pastel porque sabía que primero debía pagarse la renta.
Pensó en Mariana trabajando jornadas largas y tratando de esconder su cansancio delante de su hija.
Y recordó a su propia madre.
Durante años había pensado que su infancia difícil era precisamente la razón por la que había trabajado tanto.
Quería llegar a un punto donde nunca volviera a preocuparse por dinero.
Lo había conseguido.
Después había seguido acumulando.
Más negocios.
Más propiedades.
Más cosas.
Pero aquella noche una pregunta apareció en su cabeza.
¿Para qué?
Tomó el teléfono.
Llamó a un hombre de su equipo llamado Roberto.
—Necesito que me ayudes con algo.
—Claro.
—Pero quiero discreción.
Al día siguiente, Mariana recibió una llamada del administrador del edificio.
Pensó que había ocurrido algún problema con la renta.
—Señora Hernández, quería informarle que los próximos doce meses de renta quedaron cubiertos.
Mariana se quedó en silencio.
—¿Cómo?
—Alguien hizo el pago por adelantado.
—Debe haber un error.
—No lo hay.
Mariana tuvo que sentarse.
—¿Quién?
—La persona pidió permanecer anónima.
Además, el propietario había autorizado finalmente varias reparaciones pendientes en el departamento.
Arreglarían una fuga en el baño, revisarían la instalación eléctrica y colocarían un equipo sencillo para refrescar la habitación.
Mariana sabía quién podía estar detrás.
Intentó localizar a Alejandro.
No pudo.
Una semana después recibió otra sorpresa.
Una empresa de servicios estaba contratando personal para atención a clientes y administración básica.
Alguien había recomendado su perfil después de conocer su historial laboral.
Mariana asistió a una entrevista como cualquier otra candidata.
No le regalaron el puesto.
Pero consiguió el empleo.
El salario era mejor que el de la fonda.
El horario le permitía pasar más tiempo con Valentina.
Y tenía prestaciones que antes no podía pagar por su cuenta.
Cuando firmó el contrato, lloró en el baño durante cinco minutos.
No porque de pronto fuera rica.
Sino porque, por primera vez en años, podía respirar.
Un mes después, la escuela de Valentina recibió recursos para crear un pequeño programa de apoyo para alumnos cuyas familias atravesaban dificultades económicas.
Había útiles, tutorías, libros y talleres.
No llevaba el nombre de ninguna persona.
Alejandro había puesto una condición.
No quería reconocimientos.
Mariana intentó contactar con él varias veces.
Nunca obtuvo respuesta directa.
Lo que ella no sabía era que Alejandro preguntaba discretamente cómo iban las cosas.
Nunca intervino en las calificaciones de Valentina.
Nunca pidió que Mariana recibiera privilegios en su empleo.
Solo trató de crear oportunidades que ellas mismas pudieran aprovechar.
También apartó recursos para la educación futura de la niña, administrados de manera que pudieran usarse cuando llegara el momento de continuar sus estudios.
Los años pasaron.
Mariana progresó en su trabajo.
Aprendió nuevas tareas.
Recibió más responsabilidades.
Después de varios años pudo abandonar aquel pequeño departamento y rentar uno mejor.
Más adelante consiguió vivir con Valentina en una casa modesta.
Nunca olvidaron de dónde habían salido.
Valentina tampoco olvidó el pastel.
A los dieciséis años comenzó a ayudar como voluntaria en un pequeño centro comunitario.
Dos tardes por semana se sentaba con niños más pequeños y les ayudaba a leer.
Una tarde salió cargando varios cuadernos.
Un automóvil se detuvo cerca.
Un hombre bajó.
Tenía algunas canas y más líneas alrededor de los ojos.
Valentina lo reconoció casi inmediatamente.
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