No hizo preguntas incómodas.
No quiso saber inmediatamente cada detalle de la vida de Mariana.
Habló con Sofía sobre animales y dibujos.
Le preguntó cuál era su color favorito.
—Morado.
—Excelente elección.
—¿Y el tuyo?
Alejandro fingió pensarlo seriamente.
—Gris.
Sofía frunció el ceño.
—Eso es aburrido.
Mariana soltó una carcajada.
Fue tan inesperada que se quedó en silencio después.
Alejandro sonrió.
Más tarde, cuando Sofía estaba concentrada en su comida, Mariana comenzó a hablar.
—Trabajaba como mesera.
Le contó sobre la enfermedad de su hija.
Las ausencias.
El despido.
Los meses atrasados.
El departamento.
Los 230 pesos.
Alejandro escuchó sin interrumpir.
—¿Tiene familia?
—Mis padres murieron cuando yo tenía diecinueve años. Tengo un hermano en otro estado, pero también está pasando por problemas económicos.
Alejandro miró discretamente hacia Sofía.
—¿Y su papá?
Mariana bajó la voz.
—Nunca quiso participar.
Alejandro no hizo comentarios.
Eso también le gustó.
No juzgó.
Simplemente continuó.
—¿Qué hacía antes de trabajar como mesera?
—De todo un poco.
—¿Estudió algo?
Mariana sonrió con tristeza.
—Enfermería.
—¿En serio?
—Estuve casi dos años. Cuando quedé embarazada ya no pude pagar estudios, renta y todo lo que necesitaba Sofía.
Movió el tenedor por el plato.
—Pensaba regresar algún día.
—¿Por qué enfermería?
Mariana miró a su hija.
—Porque quería ayudar a la gente.
Soltó una pequeña risa.
—Parece un poco irónico ahora.
Alejandro negó.
—No.
—Estoy viviendo en una habitación que paga un desconocido y tengo 230 pesos.
—Eso describe su situación actual —respondió—. No describe quién es usted.
Mariana levantó la mirada.
—¿Y si pudiera volver?
—¿Volver a qué?
—A terminar enfermería.
Ella casi se rio.
—Alejandro, agradezco lo que está haciendo, pero eso no es realista.
—Tal vez sí.
Alejandro apoyó los brazos sobre la mesa.
—Tengo varias empresas. Una de ellas distribuye equipo médico y participa en programas de formación con algunas escuelas técnicas. Quizá pueda conseguir información sobre becas.
Mariana permaneció inmóvil.
—También conozco programas de vivienda temporal y cuidado infantil. No prometo milagros. Pero sí puedo preguntar.
—¿Por qué haría todo eso por mí?
—Ya se lo expliqué.
—No me conoce.
—Sé algunas cosas.
Alejandro señaló discretamente a Sofía, que comenzaba a cabecear sobre la mesa.
—Sé que cuidó a su hija aunque eso pusiera en riesgo su empleo. Sé que trató de salir adelante hasta quedarse sin opciones. Y sé que, teniendo muy poco dinero, su primera preocupación sigue siendo que ella coma.
Mariana miró hacia otro lado.
—No soy ninguna heroína.
—Nunca dije que lo fuera.
Alejandro sonrió.
—Solo digo que quizá merece una oportunidad.
Sofía terminó quedándose dormida con una papa todavía entre los dedos.
Mariana la cargó y la llevó a la cama.
La arropó.
Por primera vez en días, su hija estaba limpia, caliente, alimentada y segura.
Cuando Mariana regresó a la sala, Alejandro se preparaba para marcharse.
—Mañana llamaré antes de venir —dijo—. Si cambia de opinión, puede decirme que pare.
Mariana observó la puerta.
Después a su hija.
Luego volvió a mirarlo.
—No cambie de opinión usted.
Alejandro entendió.
—No lo haré.
La semana de hotel terminó convirtiéndose en dos.
Y Alejandro cumplió cada palabra.
No le entregó simplemente dinero.
La ayudó a encontrar caminos que Mariana ya estaba demasiado agotada para buscar sola.
A través de un programa comunitario, consiguió que evaluaran su situación para acceder a un departamento pequeño con una renta que podría pagar cuando volviera a trabajar.
También encontraron una estancia infantil cerca.
Mariana visitó el lugar tres veces antes de decidirse.
—Puedo acompañarte otra vez —ofreció Alejandro.
—Ya fui tres veces.
—Entonces una cuarta no hará daño.
Mariana sonrió.
—Creo que Sofía está más preparada que yo.
La niña ya había hecho amistad con una cuidadora y no quería marcharse después de la visita.
El siguiente paso fue la escuela.
Alejandro hizo algunas llamadas, pero dejó que Mariana presentara personalmente sus documentos y explicara su situación.
—No quiero que alguien me regale un título —dijo ella.
—Nadie puede regalarte eso.
—Ni quiero un lugar que le quite la oportunidad a otra persona.
—Entonces solicita las ayudas disponibles y deja que ellos decidan.
Mariana lo hizo.
Dos semanas después recibió la noticia.
Podría reincorporarse al programa mediante una beca que cubría buena parte de sus estudios y materiales.
Comenzaría seis semanas más tarde.
Cuando recibió el mensaje, leyó la confirmación cinco veces.
Después se sentó en el piso de su nuevo departamento y lloró.
Sofía apareció corriendo.
—¿Otra vez estás triste?
Mariana la abrazó.
—No.
—¿Entonces?
—Esta vez estoy feliz.
Sofía pareció considerar aquella posibilidad.
Después la abrazó también.
Alejandro ayudó durante la mudanza.
Armó una mesa pequeña.
Instaló unas repisas.
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