Ernesto golpeó la mesa con la palma.
—¡Ese dinero era para la casa!
—Era mío. Yo lo había ganado.
El hombre la miró con una rabia fría.
—¿Qué más les diste?
Lucía llevó una mano al cuello vacío.
Ernesto siguió el movimiento.
—¿Dónde está el collar de tu madre?
Lucía no contestó.
—Te he preguntado dónde está.
—Lo dejé como garantía. Era lo único de valor que tenía.
El golpe llegó antes de que pudiera retroceder.
Lucía chocó contra una silla y cayó de rodillas.
—¡Ese medallón era de plata! —gritó Ernesto—. Podíamos haberlo vendido.
—Mamá me lo dejó a mí.
Ernesto la agarró del brazo.
—Mientras vivas bajo mi techo, nada es solamente tuyo.
Lucía levantó la mirada.
Tenía miedo, pero también estaba cansada.
Cansada del mercado, de las amenazas, de esconder los golpes y de pedir perdón por cosas que no había hecho.
—Lo volvería a entregar —dijo—. El hombre iba a morir.
Ernesto la soltó con brusquedad.
—Entonces vete con él.
Lucía no entendió.
—¿Qué?
—Lárgate. Si te importan más los desconocidos que esta casa, búscate otra.
Abrió la puerta.
Lucía permaneció quieta.
No tenía una maleta.
No tenía ahorros.
No tenía familiares cercanos.
—Ernesto…
—¡Fuera!
Lucía salió.
La puerta se cerró detrás de ella.
Caminó sin rumbo por el camino de tierra.
Al llegar al centro del pueblo, las tiendas estaban cerrando. Algunas familias cenaban con las ventanas abiertas.
Lucía olía la sopa y las tortillas recién hechas.
No había comido desde la noche anterior.
Llegó a una parada de autobús situada frente a un taller mecánico y se sentó en el banco.
Se abrazó las rodillas.
Por primera vez desde que murió su madre, no tenía ningún lugar al que regresar.
Pensó en pedir ayuda.
Pero ¿a quién?
Muchas personas del mercado la habían visto durante meses.
Sabían que no iba a la escuela.
Veían sus zapatos gastados y sus moretones.
Algunas sentían lástima.
Ninguna había preguntado lo suficiente.
Lucía apoyó la cabeza contra el metal de la parada.
Tocó su cuello vacío.
—Espero que hayas vivido —susurró pensando en el desconocido—. Porque me has costado todo.
Poco después cerró los ojos.
En la clínica, el hombre abrió los suyos a la mañana siguiente.
Se llamaba Álvaro Serrano y tenía sesenta y ocho años.
Durante décadas había sido uno de los empresarios más importantes de la región. Había invertido en terrenos, viviendas y pequeños comercios hasta reunir una fortuna que pocas personas podían imaginar.
Pero desde hacía un año, el dinero había dejado de importarle.
Su esposa y su única hija, Elena, habían fallecido en un accidente de tráfico.
Desde entonces, Álvaro vivía apartado en una enorme casa a cuarenta kilómetros de Santa Esperanza.
Casi no recibía visitas.
Había abandonado reuniones, proyectos y celebraciones.
Aquella mañana había salido a caminar sin escolta, sin teléfono y sin avisar a nadie.
No quería ir a ningún lugar concreto.
Solo quería alejarse de una casa llena de habitaciones vacías.
Recordaba haber cruzado una carretera.
Después, un claxon.
Nada más.
Una enfermera entró en la habitación y se sorprendió al verlo despierto.
—Señor Serrano, ha tenido mucha suerte.
Álvaro intentó incorporarse.
Un dolor intenso le atravesó las costillas.
—¿Qué ocurrió?
—Lo atropellaron. Tiene una pierna fracturada, varias costillas lesionadas y una herida importante en la cabeza. Pero se recuperará.
Álvaro cerró los ojos durante unos segundos.
—¿Quién me trajo?
La enfermera sonrió con tristeza.
—Una niña.
—¿Una niña?
—Tendría unos trece años. Lo empujó hasta aquí en un carrito de verduras.
Álvaro pensó que no había oído bien.
—¿Ella sola?
—Completamente sola. Dijo que varios coches habían pasado sin detenerse.
La enfermera se acercó a la mesa.
Tomó una pequeña bolsa de tela.
—Además entregó el dinero que llevaba. Cuando le dijeron que podían necesitarse estudios costosos, dejó esto como garantía.
Sacó el medallón de plata.
Álvaro lo sostuvo entre los dedos.
Era pequeño y estaba desgastado por los años.
En la parte posterior había unas palabras grabadas:
“Para Lucía. Con todo mi amor. Mamá”.
Álvaro sintió que se le cerraba la garganta.
—¿Dónde está ella?
—Se marchó anoche.
—¿Dio algún número o dirección?
—No.
—¿Ni siquiera su apellido?
—Solo alcanzamos a oír que se llamaba Lucía.
Álvaro observó el medallón durante largo rato.
Una niña que no tenía zapatos adecuados había entregado todo lo que llevaba para salvar a un desconocido.
No sabía que él podía pagar cientos de clínicas.
No sabía que tenía propiedades, empleados y cuentas bancarias.
Para ella, solo era un anciano herido.
Y eso había bastado.
—Necesito encontrarla —dijo Álvaro.
—Primero debe descansar.
—He descansado demasiado durante el último año.
Una hora después llegó Rafael, su asistente.
Entró apresuradamente con el teléfono en la mano.
—Don Álvaro, llevamos buscándolo desde ayer. El personal de la casa llamó a las autoridades. Pensamos que…
Álvaro levantó una mano.
—Estoy vivo gracias a una niña llamada Lucía.
Rafael guardó silencio.
Álvaro le entregó el medallón.
—Tiene unos trece años. Vende verduras en un carrito de madera. Encuéntrala.
—¿Tenemos alguna dirección?
—No.
—Santa Esperanza tiene varios barrios rurales.
—Pregunta en el mercado. Habla con los vendedores, con los conductores de autobús, con la gente de la clínica. Alguien debe conocerla.
Rafael miró la inscripción del medallón.
—¿Quiere que hagamos pública la búsqueda?
—No. No quiero periodistas ni cámaras. Primero quiero saber quién es y por qué una niña estaba trabajando sola en una carretera.
La búsqueda comenzó esa misma mañana.
Rafael revisó las cámaras del mercado y encontró varias imágenes de Lucía empujando el carrito.
Una vendedora de frutas reconoció a la niña.
—Viene casi todas las semanas —explicó—. Vive con el marido de su madre. La madre murió hace poco más de un año.
—¿Sabe dónde estudia?
La mujer negó con la cabeza.
—Antes iba a la secundaria. Ya no.
Otro vendedor conocía la zona donde vivía.
Rafael se desplazó hasta la casa.
Ernesto abrió la puerta de mal humor.
—¿Busca a la niña? Ya no vive aquí.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Se fue.
—¿Una menor de trece años se marchó sola y usted no sabe dónde está?
Ernesto se encogió de hombros.
—No soy su verdadero padre.
Rafael vio las botellas vacías sobre la mesa y las marcas de golpes en la pared.
No discutió.
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