Empezó a llorar.
Lucía también.
—Perdóname, mi amor.
Mariana besaba su cabello una y otra vez.
—Perdóname. Intenté llamar. Me sentía muy mal y después no recuerdo nada. Cuando desperté estaba aquí.
—Pensé que no ibas a volver.
—Jamás.
Mariana tomó el rostro de su hija entre las manos.
—Escúchame. Jamás me iría sin decirte nada.
Lucía apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Yo lo sabía.
Alejandro se apartó discretamente hacia la puerta.
Aquella escena se sentía demasiado íntima para observarla de cerca.
Entonces escuchó a Lucía.
—Él me ayudó.
Mariana levantó la mirada.
Por primera vez pareció notar realmente al hombre que estaba junto a la puerta.
Su expresión cambió.
Era una madre viendo a un desconocido cerca de su hija.
—¿Quién es usted?
Alejandro dio un paso adelante.
—Me llamo Alejandro Cortés.
Habló con calma.
—Encontré a Lucía cerca del edificio donde trabajo. Estaba intentando regresar a casa y se había perdido. Me dijo que usted no había vuelto desde ayer.
Mariana apretó a la niña contra su cuerpo.
—¿Usted la trajo hasta aquí?
—Sí.
—¿Y encontró dónde estaba yo?
—Hicimos algunas llamadas.
Mariana lo observó durante varios segundos.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas otra vez.
—Gracias.
Alejandro negó con la cabeza.
—No tiene que agradecerme.
—Sí tengo.
—Cualquier persona habría hecho lo mismo.
Mariana soltó una pequeña risa triste.
—No.
Su respuesta fue firme.
—Muchas personas quizá habrían seguido caminando.
Alejandro no respondió.
Mariana miró a su hija.
—¿La señora Teresa estuvo contigo?
Lucía asintió.
—Ayer sí. Dormí en su casa.
—¿Y hoy?
—Tenía que trabajar. Me mandó a la escuela. Después yo intenté volver.
Mariana se quedó muy quieta.
—¿Volver sola?
—Creí que recordaba el camino.
La madre cerró los ojos.
Alejandro pudo imaginar exactamente lo que estaba pensando.
Tráfico.
Cruces.
Calles desconocidas.
Una niña pequeña caminando sin compañía.
Cuando Mariana volvió a abrir los ojos, había miedo en ellos.
—Usted la encontró.
—Sí.
—Entonces quizá no lo entienda, pero para mí usted hizo algo enorme.
Alejandro bajó la mirada.
—Solo hice lo que correspondía.
Mariana acarició el cabello de Lucía.
—¿Tiene hijos?
—No.
—Entonces es difícil explicarle lo que se siente.
Su voz tembló.
—Yo estaba aquí sin poder levantarme. Preguntando dónde estaba ella. Imaginando todo tipo de cosas. Y de repente entra por esa puerta sana y salva porque un desconocido decidió detenerse.
Alejandro sintió que sus ojos comenzaban a arder.
Mariana respiró hondo.
—Gracias por no ignorarla.
Una enfermera entró poco después.
Revisó algunos datos y luego miró a Mariana.
—Necesita descansar.
Mariana abrazó con más fuerza a Lucía.
—¿Puede quedarse conmigo?
La enfermera dudó.
—Tendremos que revisar cómo acomodarla.
—Por favor.
Mariana miró a su hija.
—No quiero que esta noche duerma lejos de mí.
Alejandro intervino.
—¿Hay alguna forma de traer una cama pequeña o un sillón donde pueda descansar?
La enfermera pensó unos segundos.
—Probablemente podamos conseguir algo.
—Hágalo, por favor.
Mariana lo miró.
—No tiene que seguir resolviendo todo.
Alejandro sonrió.
—Déjeme terminar lo que empecé.
La enfermera salió.
Lucía seguía acomodada junto a su madre.
Mariana observó a Alejandro con curiosidad.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué está haciendo todo esto?
Alejandro se apoyó contra la pared.
—Ya se lo dije.
—No.
Mariana negó con la cabeza.
—Me dijo que cualquier persona lo haría. Pero usted y yo sabemos que no siempre es así.
Alejandro no encontró una respuesta rápida.
Aquella mujer no parecía querer cortesía.
Quería la verdad.
Él miró sus zapatos caros.
Después miró la habitación sencilla.
Finalmente habló.
—He pasado casi quince años construyendo una carrera.
Mariana escuchó.
—Me convencí de que si la empresa crecía, si ganábamos más contratos y si cada año era mejor que el anterior, entonces yo estaba haciendo las cosas bien.
Alejandro hizo una pausa.
—Y tal vez profesionalmente sí.
Lucía levantó la cabeza para escucharlo.
—Pero hace tiempo que llego a casa y no hay nadie esperando. No tengo hijos. Apenas veo a mis amigos. Algunas semanas hablo más con mis abogados y mis directivos que con mi propia familia.
Mariana no dijo nada.
—Hoy salí de mi oficina pensando en reuniones, números y problemas que probablemente dentro de cinco años ni siquiera recordaré.
Alejandro miró a Lucía.
—Entonces vi a su hija.
La niña lo observaba en silencio.
—Me dijo que su mamá no había vuelto.
Alejandro respiró lentamente.
—Y durante las siguientes horas no pensé ni una sola vez en mi empresa.
Mariana sonrió.
—Eso parece haberle sorprendido.
—Muchísimo.
Lucía volvió a acomodarse contra su madre.
Alejandro continuó:
—Creo que olvidé que una vida puede parecer muy completa desde fuera y estar bastante vacía por dentro.
Mariana bajó la mirada.
—El dinero no llena todos los espacios.
—No.
Alejandro soltó una pequeña risa.
—Me tomó demasiado tiempo entenderlo.
—Tal vez todavía está a tiempo.
Aquellas palabras lo hicieron callar.
Lucía levantó un dedo.
—Yo sé algo.
Ambos adultos la miraron.
—El señor Alejandro sí es un adulto bueno.
Alejandro sonrió.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Cómo estás tan segura?
Lucía respondió como si fuera evidente.
—Por los ojos.
Mariana soltó una risa cansada.
—¿Otra vez con eso?
—Tú me lo dijiste.
—Lo sé.
Mariana miró a Alejandro.
—Parece que mi hija ya decidió.
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