Luego otra vez en un restaurante familiar.
Un mes después, Daniel finalmente aceptó probar una salida de unas horas.
El primer sábado, Valeria llegó a las nueve de la mañana.
Había dormido muy poco.
Era absurdo.
Podía entrar en una sala llena de ejecutivos sin sentir nervios.
Sin embargo, aquella mañana tenía las manos frías de ansiedad.
Daniel abrió la puerta.
—Buenos días.
—Buenos días.
Sofía apareció corriendo detrás de él.
Llevaba su abrigo café y abrazaba a Osito.
—¡Viniste!
La frase golpeó a Valeria más de lo que esperaba.
—Claro que vine.
—Pensé que quizá estarías ocupada.
Valeria se agachó hasta quedar a su altura.
—Te hice una promesa.
Sofía sonrió.
Habían planeado empezar con desayuno en una cafetería tranquila, visitar después un museo infantil y regresar por la tarde.
Daniel conocía todo el itinerario.
Valeria incluso le había enviado las direcciones.
Aquella precaución, lejos de molestarla, le hacía confiar más en él.
Durante el desayuno, Sofía habló casi sin detenerse.
Quería saber cuál era el color favorito de Valeria.
Qué había querido ser de pequeña.
Si sabía cocinar.
Si alguna vez había tenido miedo.
Si conocía alguna canción para dormir.
—¿Todas tus conversaciones son así? —preguntó Valeria.
—Sí.
—Entiendo por qué tu papá parece cansado.
Sofía soltó una carcajada.
En el museo, quiso tocarlo todo.
Preguntó por todo.
Se agarró de la mano de Valeria sin pensarlo.
Y a Valeria le sorprendió lo natural que se sentía.
A la hora de comer, Sofía se quedó callada.
—¿Pasa algo? —preguntó Valeria.
—¿Puedo contarte algo?
—Claro.
—Mi mamá me llevaba a tomar chocolate caliente cuando todavía podía salir.
Valeria dejó los cubiertos.
—¿La extrañas mucho?
Sofía asintió.
—Todos los días.
Luego miró su vaso.
—A veces ya no recuerdo exactamente su voz.
Aquello le dolió a Valeria.
—Podemos tomar chocolate después de comer, si quieres.
Sofía levantó la cabeza.
—¿De verdad?
—De verdad.
Fueron a una cafetería pequeña.
Sofía pidió chocolate con crema encima.
Mientras bebía, comenzó a hablar de su madre.
Le contó que hacía panqueques con caras divertidas.
Que cantaba mientras ordenaba la casa.
Que sabía exactamente cuándo Sofía necesitaba un abrazo aunque ella dijera que estaba bien.
Valeria escuchó sin interrumpir.
Finalmente dijo:
—Quiero que sepas algo.
—¿Qué?
—Yo nunca intentaré sustituir a tu mamá.
Sofía la observó atentamente.
—Ella era tu mamá y siempre lo será.
—Ya sé.
—Por lo que cuentas, parece que era maravillosa.
Sofía sonrió.
—Lo era.
Luego añadió:
—Mi papá dice que querer a otra persona no significa querer menos a mi mamá.
Valeria sintió que el pecho se le cerraba.
—Tu papá tiene razón.
Sofía jugó con la cuchara.
—¿Tú me quieres?
Valeria abrió la boca y se sorprendió al darse cuenta de que ya conocía la respuesta.
—Sí.
Aquella tarde devolvió a Sofía a casa.
La niña entró corriendo para contarle todo a Daniel.
—¡Hicimos muchas cosas! Y tomamos chocolate. Y Valeria dijo que mamá siempre será mi mamá.
Daniel miró a Valeria.
No hizo falta explicar nada.
Un sábado se convirtió en dos al mes.
Después comenzaron a verse casi todos los fines de semana.
A veces Sofía salía con Valeria.
Otras veces los tres comían juntos.
Valeria aprendió a hacer trenzas viendo tutoriales y practicando con paciencia.
Las primeras quedaron terribles.
Sofía se miró al espejo y dijo:
—Parece que peleé con un ventilador.
Valeria se rio tanto que tuvo que sentarse.
Hornearon galletas.
Visitaron un zoológico.
Fueron a un acuario.
Entraron en museos.
Compraron libros.
A veces no hacían nada especial.
Se quedaban en casa dibujando mientras Daniel preparaba la comida.
Y fueron precisamente aquellas tardes sencillas las que más empezaron a importarle a Valeria.
Su vida también comenzó a cambiar.
Antes respondía correos a medianoche.
Ahora delegaba.
Antes aceptaba reuniones durante cualquier fin de semana.
Ahora protegía ciertos horarios.
Antes sentía culpa si salía de la oficina antes que los demás.
Dejó de sentirla.
Descubrió algo incómodo.
Durante años había dicho que nadie podía hacer su trabajo como ella.
La verdad era que nunca había permitido que nadie lo intentara.
Una tarde, cuando Daniel llegó por Sofía, la niña se había quedado dormida en el sofá.
Tenía la cabeza sobre las piernas de Valeria y a Osito atrapado bajo un brazo.
Daniel la observó.
—No la veía dormir así de tranquila desde hace mucho.
Valeria bajó la voz.
—Es una niña increíble.
—Lo es.
Daniel se sentó frente a ella.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme.
—Sí.
Miró a su hija.
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