—Eso es todo.
—¿Y si nunca vuelvo a verlo?
—No importa.
—¿Y si usted olvida esto mañana?
Pensé en mi reunión perdida.
En la bandeja de entrada llena.
En mi vida organizada al minuto.
—No creo que vaya a olvidarlo.
Nos quedaban treinta minutos.
Regresamos a una mesa cerca de la zona de abordaje.
Lucía dibujaba con un lápiz que llevaba en la mochila.
Mariana me observó unos segundos.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Claro.
—¿Por qué se quedó?
—Ya te lo dije.
—No.
Negó con la cabeza.
—Me dijo por qué nos ayudó. Quiero saber por qué se quedó.
No entendí.
—Podía comprar los boletos y marcharse.
Señaló mi ropa.
—Es evidente que iba a algún lugar importante.
Miré el teléfono.
Tenía doce llamadas perdidas.
—Una reunión.
—¿Dónde?
—Querétaro.
—¿Y su autobús?
—Salió hace más de una hora.
Mariana abrió los ojos.
—¿Perdió su viaje por nosotras?
—Puedo ir mañana.
—Pero dijo que era una reunión.
—Lo era.
—¿Importante?
Sonreí.
—Hace tres horas habría dicho que muchísimo.
Ella guardó silencio.
Yo también.
Pensé en Renata.
Mi hija tenía 16 años.
Su madre y yo nos habíamos separado varios años antes.
Nunca había sido un padre ausente del todo.
Pagaba todo.
Recordaba los cumpleaños.
Enviaba regalos.
Preguntaba por las notas.
Pero siempre estaba trabajando.
Cuando Renata tenía una presentación escolar, yo tenía una reunión.
Cuando quería pasar un fin de semana conmigo, surgía un viaje.
Cuando me llamaba, muchas veces respondía:
“Te marco después”.
Había construido una empresa.
Y mientras la construía, mi hija había crecido.
—Creo que Lucía me recordó algo —dije finalmente.
Mariana esperó.
—Llevo muchos años creyendo que mi tiempo vale dinero.
Miré a la niña.
—Hoy recordé que también puede valer otra cosa.
Lucía levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Nada, pequeña.
Ella me estudió con curiosidad.
—¿Tú eres rico?
Mariana casi se atragantó.
—¡Lucía!
Me reí.
—Me va bien.
—¿Tienes una casa grande?
—Un departamento.
—¿Y tienes hijos?
La pregunta me golpeó más de lo esperado.
—Una hija.
—¿Cuántos años tiene?
—Dieciséis.
Lucía abrió mucho los ojos.
—Es grandísima.
—Para mí también.
—¿Y juega contigo?
No supe qué responder.
Mariana notó mi silencio.
—Lucía, termina tu chocolate.
Pero yo ya había entendido algo.
Había dejado de contar cuántas veces le había dicho a Renata que estaba ocupado.
Cuando anunciaron el abordaje, acompañé a Mariana y Lucía hasta la puerta.
Mariana me abrazó.
Fue un abrazo breve y torpe.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
—Entonces hazme un favor.
—¿Cuál?
—Llega a Guadalajara. Empieza tu trabajo. Cuida a Lucía. Y date una oportunidad.
Mariana lloró otra vez.
Esta vez no intentó ocultarlo.
—Lo haré.
Lucía me abrazó alrededor de la cintura.
—Gracias por ayudar a mi mamá.
—De nada.
Levantó el oso.
—Tomás también dice gracias.
—Dile que fue un placer.
Cuando ellas desaparecieron detrás de la puerta de abordaje, me quedé solo.
Por primera vez en años, no tenía un plan para las siguientes horas.
Llamé a mi asistente.
—Daniel, ¿dónde estás? Todos están preguntando…
—No voy a llegar.
—¿Qué ocurrió?
—Nada malo.
Miré la puerta por donde habían pasado Mariana y Lucía.
—De hecho, creo que ocurrió algo bastante bueno.
—¿Reprogramamos?
—Para la próxima semana.
—¿Seguro?
—Completamente.
Colgué.
Y antes de pensarlo demasiado, busqué otro número.
Renata respondió después de tres tonos.
—¿Papá?
Sonaba sorprendida.
Eso dolió.
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