—Cuando algo se rompe, intento arreglarlo. Es lo único que he sabido hacer bien.
—Esto no es un coche, Ernesto.
—Ya lo sé.
Miré los dibujos de Sofía.
—Pero tal vez pueda ayudar a que una parte de esto pese menos.
Mariana lloró en silencio.
Finalmente me dijo cuánto debía.
Era una cantidad que habría asustado a casi cualquiera.
Entre pagos atrasados, tratamientos, estudios y otros gastos, la cifra se acercaba a los novecientos mil pesos.
Además, todavía quedaban meses de tratamiento.
Hice cuentas mentalmente.
Si ayudaba con todo, mis ahorros quedarían muy reducidos.
No en cero.
Pero sí perdería gran parte de lo que había guardado durante décadas.
Pensé en mi departamento.
En mi vieja camioneta.
En mis cenas de sopa y pan.
Mi vida no cambiaría demasiado.
Sofía, en cambio, podía perderlo todo.
—Está bien —dije.
Mariana me miró.
—¿Qué está bien?
—Yo lo cubro.
Se quedó mirándome como si no hubiera escuchado correctamente.
—¿Cómo?
—Voy a pagar lo pendiente.
—No.
—Y veremos cómo cubrir lo que siga.
—No.
—Mariana…
Se levantó.
—No puede.
—Sí puedo.
—¡Es demasiado dinero!
—Lo sé.
—¡Son los ahorros de toda su vida!
—También lo sé.
—¿Y si usted los necesita después?
La pregunta me hizo pensar.
Pero no mucho.
—Durante años creí que estaba ahorrando para algo.
Miré hacia la habitación donde dormía Sofía.
—Quizá era para esto.
Mariana empezó a llorar de nuevo.
—No entiendo.
—Yo tampoco.
Sonreí.
—Pero algunas cosas importantes llegan sin explicación.
Ella se sentó otra vez.
—No puedo aceptar algo así de un hombre que conocí ayer.
—Entonces deje de verme como un desconocido.
Levantó la mirada.
—Déjeme visitar a Sofía.
—¿Qué?
—No tengo familia.
Tragué saliva.
Era una frase que pocas veces decía en voz alta.
—Llevo muchos años solo.
Señalé los dibujos.
—Me gustaría saber cómo está. Traerle algún libro. Escuchar sus historias.
Mariana me observó durante un largo rato.
—No quiero que piense que tiene que comprar un lugar en nuestra vida.
—No quiero comprar nada.
—Entonces, ¿qué quiere?
Pensé en ello.
—Quiero que esa niña tenga oportunidad de crecer.
Las siguientes semanas fueron complicadas.
Revisamos cuentas.
Hablamos con el área administrativa del hospital y con quienes gestionaban los pagos.
Yo insistí en que el dinero era un regalo.
Mariana insistió en considerarlo una deuda.
Al final acepté porque comprendí que necesitaba sentir que algún día podría devolver algo.
Hicimos las cosas de manera clara y ordenada.
Yo pagué los adeudos.
Después reservé otra parte de mis ahorros para los gastos que todavía podían llegar.
Pero el dinero terminó siendo solo una parte de lo que cambió.
Comencé a visitar a Sofía.
Al principio iba una tarde por semana.
Luego dos.
Le llevaba cuentos, lápices de colores o algún pequeño muñeco para acompañar a su oso.
Nada costoso.
Ella prefería que me sentara a escucharla.
Inventaba historias increíbles.
Decía que su oso era dueño de una panadería.
Que un conejo de peluche trabajaba como policía.
Que su muñeca más vieja era presidenta de una isla donde estaba prohibido estar triste.
Yo hacía preguntas muy serias.
—¿Y qué castigo recibe quien se pone triste?
—Una cucharada de helado.
—Terrible.
Sofía se reía.
Aquella risa empezó a convertirse en uno de mis sonidos favoritos.
También había días malos.
Días en que apenas levantaba la cabeza.
Días en que el tratamiento la dejaba sin ganas de hablar.
Entonces yo simplemente me sentaba junto a su cama.
A veces leía.
A veces guardábamos silencio.
Aprendí que no siempre hay que decir algo para acompañar a una persona.
Cuando Mariana tenía turnos largos, la señora Teresa y yo nos organizábamos para que Sofía nunca estuviera sola demasiado tiempo.
Poco a poco, Mariana dejó de mirarme como a un extraño.
Una noche, cuando Sofía ya estaba dormida, me preguntó:
—¿Por qué hace esto de verdad?
—Ya se lo dije.
—No.
Negó con la cabeza.
—Quiero la verdad completa.
Me quedé pensando.
—He pasado casi toda mi vida arreglando cosas.
—Eso ya lo sé.
—Los motores son fáciles.
Mariana sonrió.
—No creo.
—Sí lo son.
Me apoyé en el respaldo.
—Cuando un motor falla, buscas la causa. Cambias la pieza. Limpias. Ajustas. Pruebas otra vez.
Miré mis manos.
—Pero un motor no te pregunta cómo estás.
Mariana guardó silencio.
—No te extraña si no apareces.
Continué.
—No celebra tu cumpleaños. No se preocupa si cenas solo.
Miré hacia el pasillo.
—Creo que estuve tanto tiempo ocupado arreglando máquinas que olvidé construir relaciones con personas.
Mariana bajó la mirada.
—Hasta que apareció Sofía.
—Hasta que apareció Sofía.
Me reí suavemente.
—Esa niña estaba enferma, agotada y asustada. Aun así, su secreto no era sobre ella.
—Era sobre mí.
—Exactamente.
Mariana tenía lágrimas en los ojos.
—Usted nos ha dado demasiado.
—No.
—Sí.
—Nos ayudó económicamente, cuida de Sofía, viene cuando tengo turnos complicados…
—Y ustedes me dieron un motivo para salir de mi departamento cuando termino de trabajar.
Ella sonrió.
—¿Cómo voy a devolverle todo esto?
—No lo haga.
—Ernesto…
—Algún día, si puede, ayude a otra persona.
Eso pareció tranquilizarla.
—¿Nada más?
—Nada más.
El tratamiento de Sofía continuó durante meses.
Hubo sustos.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






