Hizo una pausa.
—Pero amigos de verdad… muy pocos.
Daniel guardó silencio.
—Creo que llevo años sintiéndome sola —admitió Mariana—. Solo que estaba demasiado ocupada para reconocerlo.
Daniel apoyó más peso en ella mientras avanzaban.
—Sé algo de eso.
Mariana lo miró.
—¿Sí?
Daniel señaló con la cabeza hacia Sofía.
—Somos ella y yo.
—¿Y su mamá?
—Se fue cuando Sofía era bebé.
No había resentimiento en su tono, solo cansancio.
—Dijo que aquella vida no era lo que quería. Desde entonces he intentado ser suficiente para mi hija.
Mariana miró a la pequeña.
—Parece que lo está haciendo bastante bien.
—Eso intento.
Daniel sonrió.
—Trabajo, preparo el desayuno, la llevo a la escuela, recojo juguetes, aprendo nombres de personajes infantiles que jamás imaginé conocer…
Mariana soltó una risa.
—Suena complicado.
—Lo es.
Después su expresión cambió.
—Pero algunas noches, cuando ella duerme, la casa se queda demasiado silenciosa.
Mariana no necesitó que explicara más.
Conocía aquel silencio.
El suyo la esperaba todas las noches detrás de la puerta de su departamento.
—¡Creo que veo luces! —gritó Sofía.
Mariana levantó la vista.
Entre los árboles aparecían destellos de linternas.
—¡Aquí! —gritó—. ¡Estamos aquí!
Varias voces respondieron.
Pocos minutos después, un grupo de rescatistas llegó hasta ellos con una camilla.
A partir de ese momento, todo ocurrió muy rápido.
Revisaron a Daniel, inmovilizaron su pierna y atendieron la herida de su frente. Después examinaron a Sofía y la envolvieron en una manta.
Uno de los paramédicos miró las manos de Mariana.
—También necesitamos revisarla.
—Estoy bien.
—Tiene las manos llenas de raspaduras.
Mariana bajó la vista.
Tenía varios cortes pequeños y las palmas enrojecidas.
Ni siquiera los había sentido.
Mientras le limpiaban las heridas, vio a Sofía sentada junto a la camilla de su padre.
La niña no soltaba su mano.
Cuando estaban a punto de subir a Daniel al vehículo de emergencia, él llamó a Mariana.
—Espere.
Ella se acercó.
—Necesito su número.
Mariana levantó una ceja.
Daniel sonrió a pesar del dolor.
—No por algo raro. Quiero poder agradecerle cuando deje de sentir que me pasó un árbol por encima.
Sofía intervino.
—Y tiene que venir a nuestra casa.
—Sofía…
—Tiene que venir.
La niña miró directamente a Mariana.
—Cuando mi papá pueda caminar otra vez.
Mariana sintió algo extraño en el pecho.
No era incomodidad.
Era una sensación mucho más sencilla.
La sensación de que alguien quería volver a verla.
—Me gustaría —respondió.
Le dio su número a Daniel.
Las puertas se cerraron.
Mariana observó cómo se alejaban.
Después regresó a su camioneta.
Tenía más de veinte mensajes.
Tres clientes querían respuestas.
Una compañera preguntaba por una presentación del lunes.
Otra persona quería confirmar una reunión.
Mariana miró la pantalla durante unos segundos.
Luego la puso boca abajo.
Por primera vez en muchos años, nada de aquello parecía urgente.
Dos días después recibió un mensaje de un número desconocido.
“Hola. Soy Daniel Reyes. Sofía y yo ya estamos en casa. Tengo la pierna inmovilizada, pero estaremos bien. Ella pregunta por usted cada veinte minutos. ¿Aceptaría venir a visitarnos?”
Mariana leyó el mensaje tres veces.
Su primera reacción fue buscar una excusa.
Tenía trabajo.
Tenía pendientes.
Tenía una vida perfectamente organizada en la que Daniel y Sofía no encajaban.
Aquella noche había sido una emergencia.
Ella ayudó.
Ellos estaban bien.
Fin de la historia.
Eso habría sido lo lógico.
Pero recordó una mano pequeña agarrada a la suya.
Recordó a Daniel admitiendo que su casa se sentía vacía cuando Sofía dormía.
Y recordó algo todavía más incómodo.
Durante aquellas horas en el bosque se había sentido más presente que durante muchos de sus últimos años.
Escribió:
“Me encantaría visitarlos.”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“¿Mañana? Sofía ya decidió que vamos a preparar galletas.”
Mariana sonrió.
“Entonces mañana.”
La casa de Daniel estaba en un barrio tranquilo a menos de una hora de la ciudad.
Era una vivienda modesta, con macetas junto a la entrada, una bicicleta infantil apoyada contra una pared y varios dibujos pegados en una ventana.
Mariana apenas había apagado el motor cuando la puerta se abrió.
Sofía apareció corriendo.
—¡Mariana!
—¡Despacio! —gritó Daniel desde la puerta.
La niña se lanzó a sus brazos.
—Viniste de verdad.
Mariana la abrazó.
—Te dije que vendría.
Daniel estaba apoyado en unas muletas, con la pierna inmovilizada.
—Lleva casi una hora vigilando la ventana.
—No es cierto —protestó Sofía.
Daniel levantó una ceja.
—Cuarenta y siete minutos.
Entraron.
Había juguetes en el piso.
Dibujos infantiles pegados al refrigerador.
Una taza sin lavar junto al fregadero.
Una mochila abierta sobre una silla.
Nada combinaba demasiado.
Nada parecía preparado para recibir visitas.
Y a Mariana le encantó.
Su departamento siempre parecía listo para una fotografía.
Aquel lugar parecía listo para vivir.
Sofía le enseñó su habitación, sus cuentos favoritos y una colección de piedras que guardaba en una caja porque, según ella, cada una “tenía cara”.
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