—Comemos mucho arroz, avena, frijoles y pan.
Sofía intentó sonreír.
—A mí me gustan los frijoles.
La sonrisa desapareció.
—Pero mi mamá muchas veces dice que ya comió aquí.
—¿Y no es verdad?
Sofía negó.
—Escucho su estómago por la noche.
Alejandro apartó la mirada.
Durante años había vivido rodeado de comida, habitaciones vacías y cosas que ni siquiera recordaba haber comprado.
Y bajo su propio techo, una empleada enferma estaba dejando de comer para alimentar a su hija.
En ese momento apareció Elena.
Entró casi corriendo.
—¡Sofía!
Su rostro estaba blanco.
—Señor Montemayor, perdóneme. Teresa me dijo lo que pasó. Mi hija sabe que no puede entrar aquí.
Abrazó a Sofía.
—Voy a pagar todo lo que haya comido. Puede descontármelo.
—Elena.
—Por favor, necesito este trabajo.
—No estás despedida.
Elena dejó de hablar.
—¿Qué?
—Tu hija me contó lo que está pasando.
La vergüenza apareció inmediatamente en el rostro de Elena.
—Sofía…
—Mamá, lo siento.
Elena cerró los ojos.
—Señor, nuestros problemas no son responsabilidad suya.
—Quizá no.
Alejandro miró el plato vacío.
—Pero una niña estaba esperando que tiraran comida en mi propia cocina porque no había cenado. Eso sí ocurrió bajo mi techo.
Elena comenzó a llorar.
—Yo puedo trabajar más.
—Eso es precisamente lo que no vas a hacer.
Alejandro tomó el teléfono.
Llamó a una persona de confianza que administraba sus asuntos personales.
—Necesito una cita médica para mañana. Una especialista en enfermedades pulmonares. Y quiero que se cubran los estudios y el tratamiento que sea necesario.
Elena negó con la cabeza.
—No puedo aceptar algo así.
Alejandro cubrió el teléfono con la mano.
—Elena, según tu hija, tú entraste varias veces a un edificio lleno de humo para ayudar a otras personas.
Ella guardó silencio.
—También me contó que conservan la insignia de un hombre de su familia que hizo algo parecido muchos años antes.
Alejandro señaló suavemente la mano de Sofía.
—Parece que ustedes llevan generaciones ayudando a los demás. Permite que alguien las ayude esta vez.
Elena ya no pudo responder.
Aquella noche, Alejandro hizo algo que dejó al personal sorprendido.
Ordenó preparar una habitación de huéspedes para Elena y Sofía.
—Pueden volver a casa —protestó Elena.
—Mañana tienes cita temprano.
—Podemos tomar transporte.
—Mañana saldrán desde aquí.
Teresa apareció nuevamente cuando las vio subir por la escalera principal.
—Señor, ¿qué están haciendo?
—Voy a mostrarles su habitación.
—Pero son personal.
Alejandro se detuvo.
—Esta noche son mis invitadas.
Teresa miró a Elena con una dureza que no pasó desapercibida.
—Esto rompe todas las reglas.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Entonces quizá algunas reglas necesiten cambiar.
La habitación dejó a Sofía sin palabras.
Había una cama enorme, almohadas suaves y un baño más grande que la sala del pequeño departamento donde vivían.
La niña tocó la colcha.
—Mamá… parece una nube.
Elena se sentó en una silla, todavía vestida con su uniforme.
No podía creer lo sucedido.
Sofía se quedó dormida pocos minutos después.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía hambre.
Alejandro, en cambio, no durmió.
Regresó a su despacho.
Miró una fotografía de su esposa fallecida.
—Te habrían caído bien —murmuró.
Después pensó en Teresa.
Algo le molestaba.
No solamente su trato hacia Sofía.
Durante años había delegado todo en aquella mujer.
Las compras.
Los horarios.
Los pagos al personal.
Los proveedores.
Alejandro llamó al responsable administrativo de su casa.
—Quiero revisar las cuentas de los últimos años.
A la mañana siguiente, Elena fue examinada por una especialista.
Alejandro apareció personalmente en la clínica.
—¿Usted vino? —preguntó Elena.
—Quiero saber qué necesita.
Después de varios estudios, la doctora explicó que el daño pulmonar era serio, pero existían tratamientos capaces de frenar su avance.
Elena necesitaba comenzar pronto.
También necesitaba descanso.
Alejandro respondió antes que ella.
—Entonces dejará de trabajar temporalmente.
Elena se giró hacia él.
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