—Trabajaba desde antes de ser mamá. Llegué a tener dos empleos. También estudié un tiempo.
Su voz se endureció.
—No quiero vivir de los demás.
Tomás esperó.
—Solo quería que Emilia estuviera bien.
Cata miró a su hija.
—Pensé que podía aguantar unas horas más.
—Tú puedes aguantar muchas cosas —dijo Tomás—. Pero un bebé no debería tener que hacerlo.
Cata cerró los ojos.
—Lo sé.
—Y pedir ayuda no significa que hayas fallado.
Ella soltó una risa amarga.
—Es fácil decirlo cuando tienes una casa, trabajo y dinero.
Tomás no se ofendió.
—Tienes razón.
Cata pareció sorprendida.
—Pero hace tres años —continuó él— yo tampoco sabía cómo iba a salir adelante.
Le contó sobre Laura.
El accidente.
Las llamadas.
La primera noche en casa sin ella.
Sofía despertándose y preguntando cuándo volvería mamá.
Tomás intentando dirigir una empresa mientras aprendía a peinar a una niña de tres años.
—¿Sabes cómo sobreviví? —preguntó.
Cata negó.
—Porque otras personas aparecieron.
Su padre volvió durante un tiempo a la empresa.
Una vecina dejaba comida frente a su puerta.
La maestra de Sofía se quedaba algunos minutos más cuando Tomás se retrasaba.
Amigos que él no había visto durante años volvieron a llamarlo.
—Yo pensaba que tenía que poder con todo —dijo Tomás—. Hasta que entendí que nadie puede siempre.
Cata lo observaba en silencio.
—No estoy intentando salvarte.
—Pues se parece bastante.
Tomás negó.
—No. Quiero darte tiempo suficiente para que puedas levantarte tú misma.
Cata bajó la mirada.
—¿Por qué?
Tomás pensó en Sofía entregando su chamarra rosa sin hacer preguntas.
—Porque alguien lo hizo por mí.
Cata y Emilia se quedaron aquella noche.
Después se quedaron otra.
Y otra.
Lo que iba a ser un descanso de un día terminó convirtiéndose en una semana.
Tomás ayudó a Cata a ponerse en contacto con personas que conocía.
Un orientador laboral revisó con ella algunas opciones de empleo.
Una trabajadora social le explicó qué apoyos temporales estaban disponibles para madres en su situación.
Un conocido con experiencia legal le indicó de manera general a dónde acudir para recibir orientación sobre la situación con el padre de Emilia.
Pero Tomás procuraba no hacer las cosas por ella.
Cata hacía las llamadas.
Cata llenaba formularios.
Cata asistía a las citas.
Cata tomaba las decisiones.
Una tarde, Tomás la encontró en la cocina haciendo una lista.
—¿Qué es eso?
—Mi plan.
Había dividido una hoja en columnas.
Trabajo.
Guardería.
Vivienda.
Estudios.
Ahorros.
Tomás sonrió.
—Me gustan las listas.
—Ya me di cuenta.
Durante esas semanas también descubrió cosas sobre ella que no tenían nada que ver con sus problemas.
Cata había estudiado dos años antes de quedarse sin dinero.
Le gustaba leer.
Tenía un sentido del humor seco que aparecía cuando menos se esperaba.
Era paciente con Emilia incluso en los días de cansancio.
Y se entendía sorprendentemente bien con Sofía.
Sofía le enseñó juegos de palmas.
Cata le enseñó a hacerse una trenza sencilla.
—Mira, papá —dijo Sofía una mañana—. Así se hace.
Tomás observó la trenza perfecta.
—Eso parece innecesariamente complicado.
—No lo es —respondieron Cata y Sofía al mismo tiempo.
Las dos se echaron a reír.
Un mes después, Cata consiguió trabajo como recepcionista en un consultorio privado pequeño.
No era el trabajo de sus sueños.
Pero tenía horario estable.
Y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, tenía un ingreso seguro.
Tomás conocía además al propietario de un departamento sencillo que llevaba varios meses desocupado.
Le ayudó a ponerse en contacto con él y Cata logró alquilarlo a un precio que podía pagar.
Cuando llevaron las pocas cajas que tenía, Cata se quedó inmóvil en la entrada.
Había una sala pequeña.
Dos habitaciones.
Una cocina estrecha.
Nada lujoso.
Para ella parecía un palacio.
—No sé cómo agradecerte todo esto —dijo.
Tomás dejó una caja en el suelo.
—No tienes que hacerlo.
—Claro que sí.
—Entonces haz algo algún día.
—¿Qué?
—Cuando estés mejor y veas a alguien que necesita una oportunidad, recuerda cómo te sentías cuando alguien te tendió la mano.
Cata miró alrededor.
—Eso puedo hacerlo.
Los meses se convirtieron en años.
Contra lo que algunos habrían imaginado, entre Tomás y Cata no nació una historia de amor.
Nació otra cosa.
Una amistad profunda.
Una familia construida sin apellidos compartidos.
Se reunían a cenar casi todas las semanas.
Sofía y Emilia crecieron como hermanas.
Cata volvió a estudiar poco a poco.
Quería trabajar en el área de enfermería.
Tomaba clases mientras trabajaba y criaba a Emilia.
Hubo meses difíciles.
Hubo exámenes que creyó que no aprobaría.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






