Después se miró en el espejo.
Casi no reconoció a la mujer que tenía delante.
Pero debajo del cansancio todavía estaba ella.
Mariana Torres.
La mujer que escribía cuentos.
La hija que había cuidado a su madre.
La estudiante que una vez creyó tener futuro.
Tal vez aquella mujer no había desaparecido.
Tal vez solamente estaba agotada.
Cuando salió, encontró a Alejandro sentado en el sofá leyendo un cuento a Sofía.
La niña levantó la cabeza.
—¡Mariana!
Sonrió.
—Se ve muy bonita.
Mariana sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Gracias.
—Si quiere, puede leer conmigo.
Mariana miró a Alejandro.
—Solo si tú quieres —dijo él.
Se sentó junto a ellos.
Sofía le entregó el libro.
Mariana comenzó a leer.
Su voz era tranquila.
Clara.
Segura.
Durante unos minutos, nadie habría imaginado que pocas horas antes aquella misma mujer estaba buscando comida en un contenedor.
Sofía terminó quedándose dormida contra un cojín.
Alejandro la cubrió con una manta.
—Le cayó bien.
Mariana miró a la niña.
—Es extraordinaria.
—Sí.
—Los dos lo son.
Alejandro negó suavemente.
—Somos personas normales.
Mariana miró alrededor.
—Todavía no puedo creer que esté aquí.
—Créalo.
—Mañana buscaré trabajo.
—Mañana hablamos de eso.
—Quiero devolverle cada peso que gaste conmigo.
—No hay ninguna cuenta.
—Alejandro…
—Esta noche duerma.
Ella guardó silencio.
—Solo eso.
Mariana miró hacia el pasillo que conducía a su habitación.
—¿Estoy segura aquí?
La pregunta lo golpeó.
—Sí.
Ella respiró lentamente.
—Había olvidado cómo se sentía escuchar eso.
Durante las siguientes semanas, todo empezó a cambiar.
No ocurrió de un día para otro.
Mariana no despertó convertida mágicamente en la mujer que había sido.
Los primeros días dormía hasta tarde.
A veces se levantaba desorientada.
Guardaba pequeños trozos de pan en los bolsillos sin darse cuenta.
Se sobresaltaba cuando alguien tocaba una puerta.
Alejandro nunca le preguntaba por qué.
Simplemente le dio tiempo.
La ayudó a recuperar documentos que había perdido y a conseguir un teléfono básico.
Le compró ropa para algunas entrevistas.
Pero Mariana insistió en hacer todo lo que pudiera por sí misma.
Preparaba la cena algunos días.
Llevaba a Sofía a una plaza cercana.
Ayudaba con las tareas escolares.
Y, cada noche, escribía.
Alejandro comenzó a leer algunos de sus textos.
La primera vez fue Mariana quien dejó el cuaderno sobre la mesa.
—Puede leer uno.
—¿Seguro?
—Uno.
Alejandro leyó un cuento de apenas ocho páginas.
Cuando terminó, levantó la vista.
—Esto es muy bueno.
Mariana soltó una pequeña risa.
—No tiene que decirlo.
—No lo digo por quedar bien.
—Usted me encontró revisando basura. Su criterio quizá está un poco contaminado por la compasión.
Alejandro sonrió.
—Entonces buscaré una segunda opinión.
Conocía a una persona que trabajaba editando contenidos culturales de manera independiente.
No prometió nada.
Solo preguntó a Mariana si quería compartir algunas páginas.
Ella dudó durante tres días.
Finalmente aceptó.
Dos semanas después recibió su primer encargo remunerado en mucho tiempo.
No era un contrato enorme.
No era una novela publicada.
Eran tres textos cortos.
Pero Mariana sostuvo aquel correo abierto en el teléfono como si fuera un boleto de regreso a la vida.
—Me van a pagar por escribir —susurró.
Sofía levantó los brazos.
—¡Porque eres escritora!
Mariana la abrazó.
—Sí.
Esta vez no dijo “era”.
Dijo:
—Sí, soy escritora.
Tres meses después consiguió un puesto junior en una pequeña revista cultural.
También empezó a colaborar con otros proyectos editoriales.
Con su primer sueldo estable, anunció durante la cena que había encontrado un pequeño departamento.
Alejandro sintió una emoción extraña.
Estaba feliz por ella.
Y, al mismo tiempo, no quería que se marchara.
Sofía fue menos diplomática.
—No quiero que te vayas.
Mariana se arrodilló frente a ella.
—No me voy lejos.
—¿Vas a seguir viniendo?
—Siempre que tu papá me deje.
Sofía se volvió hacia Alejandro.
—¿La vas a dejar?
Él se rio.
—Creo que no tengo elección.
Mariana se mudó a pocas calles de distancia.
Pero siguió cenando con ellos varias veces por semana.
Siguió leyendo cuentos con Sofía.
Siguió llegando algunos domingos con pan dulce para desayunar.
Sin que ninguno de los tres lo hubiera planeado, Mariana había dejado de ser una visita.
Una mañana, mientras desayunaban, Sofía lo anunció como si fuera la cosa más evidente del mundo.
—Mariana ya es de nuestra familia.
Mariana casi derramó el café.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Sofía miró a su padre.
—¿Verdad?
Alejandro encontró los ojos de Mariana al otro lado de la mesa.
—Verdad.
Ninguno dijo nada más.
Pero algo cambió después de aquel momento.
Pasaron otros meses.
Mariana terminó varios capítulos de su novela.
Alejandro volvió a reír con una facilidad que creía perdida.
Sofía empezó a pedirle a Mariana que asistiera a algunas actividades de su escuela.
Y, una noche, cuando Sofía ya dormía, Alejandro y Mariana se quedaron conversando en el balcón.
Mariana estaba inquieta.
—Tengo que decirte algo.
—Dime.
Ella sostuvo la taza entre ambas manos.
—No sé si debería.
—Eso normalmente significa que definitivamente deberías.
Mariana sonrió.
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