—No estamos arreglados —le dije una mañana.
Canela levantó sus ojos nublados.
—Pero seguimos aquí.
Tres semanas después recibí una llamada.
Era Sergio.
El hijo de Teresa.
Habló durante varios minutos.
Dijo que la muerte de su madre lo había complicado todo. Trabajo, familia, trámites, problemas personales.
Explicó que Canela lloraba durante la noche.
Que necesitaba cuidados.
Que su vivienda no era adecuada para una perra grande y anciana.
Yo escuché.
Canela estaba junto a mi sillón masticando una golosina blanda.
—Lamento lo de su madre —le dije.
—Gracias. Ella quería muchísimo a Canela.
Hubo una pausa.
—Pero después fue demasiado.
Otra vez aquella palabra.
Demasiado.
—¿Sabe cómo terminó frente a mi casa? —pregunté.
—No. Le dije a la clínica que se perdió.
—Tiene artritis en las dos caderas.
—Sí, sé que está vieja.
—Estaba bastante lejos de donde usted vive.
Silencio.
—No puedo explicarlo.
Mi mano comenzó a temblar más.
La puse sobre el lomo de Canela.
Sentí su respiración bajo la palma.
Sergio suspiró.
—No quiero que usted piense que soy una mala persona.
No respondí enseguida.
Con los años había aprendido que la mayoría de las personas no se despiertan pensando que quieren hacer daño.
A veces el cansancio y los problemas simplemente van reduciendo el espacio que uno tiene para cuidar.
—Solo quiero resolver esto —continuó—. Si usted quiere quedarse con ella, firmaré lo necesario.
Miré a Canela.
Había dejado de masticar.
Me observaba.
—Ella no es una caja que quedó entre las cosas de su madre.
—Yo nunca dije eso.
—No. Dijo que era demasiado.
Mi voz seguía tranquila.
Pero dentro de aquella frase estaban mis cinco años de miedo.
Mi enfermedad.
Los últimos meses de Elena.
Todos los momentos en que había pensado que necesitar ayuda disminuía el valor de una persona.
—Canela es vieja —continué—. Camina despacio. Necesita medicinas. Puede tener accidentes. Ya no será cómoda para nadie. Pero la comodidad no puede ser la medida del valor de una vida.
Canela levantó el hocico y empujó mi mano.
Sergio guardó silencio.
Después dijo:
—Firmaré el cambio de responsable.
—Gracias.
Antes de colgar añadió algo.
—Yo sí la quise.
Le creí.
Tal vez esa fue la parte más triste.
A veces querer no basta cuando llega el momento difícil.
Dos días después se completaron los papeles necesarios.
Canela era oficialmente mía.
Rosa apareció con un pequeño pastel.
Yo protesté porque la perra no podía comerlo.
—El pastel es para los humanos que hicieron los trámites —respondió—. Canela tiene su pollo.
Mi hija Rebeca llegó con sus dos hijos.
Mi hijo Miguel nos llamó por video porque vivía lejos.
Los niños se sentaron alrededor de Canela y aprendieron a tocarla con suavidad.
Nada de apretar sus caderas.
Nada de abrazarla por el cuello.
Manos lentas.
Esperar a que ella se acercara.
Mi nieta Sofía, que tenía seis años, miró las patas de Canela.
—¿Por qué tiembla?
—Porque está vieja y su cuerpo ya no funciona igual.
Luego señaló mi mano.
—¿Y tú?
Rebeca estuvo a punto de intervenir.
La detuve.
—Mi cerebro manda algunas señales de más a mis músculos.
Sofía pensó unos segundos.
—Entonces los dos tienen cuerpos inquietos.
—Supongo que sí.
Ella acarició una pata de Canela.
—Pero los dos son buenos.
A los seis años, algunas explicaciones son suficientes.
Aquella noche, después de que todos se fueron, Canela consiguió subir hasta mi regazo.
Era demasiado grande.
Demasiado huesuda.
Demasiado pesada.
Y estaba exactamente donde quería estar.
Mi mano se calmó bajo su cabeza.
Por primera vez en mucho tiempo no sentí miedo de que llegara la noche.
La vida con Canela no se convirtió en una película.
No hubo una recuperación milagrosa.
Había pastillas.
Tapetes antideslizantes.
Visitas a la veterinaria.
Camas especiales.
Días buenos.
Días difíciles.
Y una cantidad absurda de pelos en lugares donde científicamente parecía imposible que llegaran.
Pero nuestra vida se volvió hermosa porque podía repetirse.
Medicinas.
Queso.
Desayuno.
Paseo.
Descanso.
Buzón.
Comida.
Sillón.
Una mano temblorosa sobre un lomo viejo.
Una cabeza apoyada sobre una muñeca.
Yo regresé también a un pequeño grupo de apoyo al que había dejado de asistir.
Durante meses había llamado independencia a mi aislamiento.
Canela hizo más difícil seguir engañándome.
En una reunión, un hombre contó cuánto odiaba que los desconocidos miraran sus manos cuando temblaban.
Una mujer dijo que extrañaba bailar.
Cuando llegó mi turno, dije:
—Adopté una perra vieja que tiembla casi tanto como yo.
Se rieron.
Después añadí:
—Cuando está conmigo, me da menos vergüenza mi propio cuerpo.
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