Los automóviles cambiaban de dirección al verlo.
Algunos frenaban.
La perra parecía haber aprendido una regla muy sencilla:
el objeto rosa hacía que los humanos prestaran atención.
Así que siguió utilizándolo.
En un momento, un vehículo grande casi la atropelló.
El casco salió despedido hacia el acotamiento.
La perra corrió detrás de él.
Lo recogió.
Y volvió a colocarlo en la carretera.
Cerca de las cinco de la tarde estaba agotada.
Se acostó.
Pero mantuvo una pata sobre el casco.
Cuando escuchaba un vehículo, volvía a levantarse.
No sabía cuánto tendría que esperar.
No sabía quién iba a detenerse.
Solo sabía que Valeria seguía abajo.
Y abandonar el casco significaba abandonar su única manera de pedir ayuda.
Entonces llegaron las siete motocicletas.
Ramón no entendió todo de inmediato.
Pero hizo algo que los demás no habían hecho.
En lugar de mirar solamente el objeto, miró al animal.
Y después miró hacia donde ella insistía en mirar.
Arriba, uno de los motociclistas estaba llamando a emergencias mientras otros dos intentaban controlar el tráfico.
La perra seguía junto al casco.
Todavía no confiaba en ellos.
Carlos y Ramón llegaron hasta la bicicleta.
La perra observó desde arriba.
Solo cuando vio a los dos hombres acercarse a Valeria dejó de proteger el casco.
Otro motociclista, Jorge, se agachó cerca de ella.
No intentó tocarla.
Simplemente señaló hacia el barranco y dijo:
—Encontramos a tu niña.
La perra soltó el casco.
Valeria no era realmente su niña.
Ni siquiera la conocía.
Pero durante aquellas horas se había comportado como si su vida dependiera de protegerla.
Ramón controló la respiración de Valeria mientras esperaban a los paramédicos.
Tenía el pulso débil, pero estable.
Su muñeca izquierda estaba lesionada y uno de sus hombros parecía haberse golpeado con fuerza.
No había una hemorragia grave.
Eso era una buena señal.
La perra caminaba arriba y abajo junto a la barrera.
Cada vez que alguien tocaba a Valeria, se detenía.
Observaba.
Después seguía caminando.
Cuando llegaron los equipos de emergencia, tuvieron que utilizar una camilla especial y cuerdas para sacar a la niña del barranco.
La perra comenzó a ponerse nerviosa.
El casco permanecía en el suelo junto a una de las motocicletas.
Pero ya no lo defendía.
Su trabajo había terminado.
Cuando la camilla llegó arriba, la perra intentó acercarse.
Ramón le puso agua en las manos.
Ella bebió.
Se apartó.
Volvió.
Y bebió otra vez.
No tenía collar.
Tampoco había señales de que hubiera llevado uno recientemente.
Más tarde comprobaron que no tenía ningún sistema de identificación.
Era una perra callejera.
Había vivido durante meses cerca de unas construcciones abandonadas a menos de un kilómetro de la carretera.
Algunas personas de la zona le dejaban comida ocasionalmente.
La llamaban Canela, por el tono café rojizo de sus patas.
Nadie sabía de dónde había llegado.
Nadie la consideraba suya.
Sin embargo, cuando encontró a una niña inconsciente, decidió quedarse.
Valeria recuperó parcialmente el conocimiento durante el traslado.
Tenía una conmoción, una fractura en la muñeca, una lesión en la clavícula y una fuerte deshidratación.
Los médicos dijeron después que probablemente se recuperaría por completo.
Sus padres, Laura y Miguel Torres, llevaban horas buscándola.
La familia pasaba unos días en un pequeño campamento.
Valeria había salido con su bicicleta y debía permanecer cerca.
Cuando no regresó, sus padres avisaron a los responsables del lugar y comenzaron a recorrer los caminos cercanos.
La búsqueda se concentró alrededor del campamento.
Nadie imaginó que hubiera tomado el antiguo camino que descendía hacia la carretera.
Y mucho menos que estuviera escondida bajo el nivel del asfalto.
Después de que la ambulancia se marchó, Canela regresó al borde del barranco.
Miró hacia abajo.
Luego volvió al lugar donde estaba el casco.
Se sentó.
Esta vez no colocó las patas encima.
Simplemente esperó.
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