Una perra dejó a cinco cachorros a salvo, miró hacia el agua y volvió a lanzarse: todavía faltaba uno.
Durante unos segundos pensé que el miedo finalmente la había vencido.
Sus patas delanteras ya no avanzaban al mismo ritmo. El agua le cubría casi todo el cuerpo y la corriente la empujaba de lado, pero ella seguía sosteniendo al cachorro con una delicadeza que parecía imposible.
Cuando llegó a la pequeña plataforma de concreto, dejó al animal junto a los otros.
Cinco cuerpos diminutos se apretaban unos contra otros, junto a un letrero medio cubierto por el agua, en una colonia a las afueras de Villahermosa, Tabasco.
La madre tocó a cada cachorro con la nariz.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Después levantó la cabeza y miró hacia las casas inundadas.
—No puede ser —murmuré.
Y volvió al agua.
Me llamo Clara Mendoza. Tenía treinta y nueve años y llevaba casi diez trabajando en emergencias con animales.
Había sacado perros de azoteas, gatos de vehículos atrapados y animales de corrales donde el agua llegaba hasta el cuello.
Pero nunca había visto a una madre construir, por sí sola, una ruta de rescate para sus hijos.
Aquella mañana nuestro pequeño equipo recorría varias calles inundadas en una lancha.
Habíamos recibido avisos de animales atrapados detrás de un antiguo salón comunitario.
Cuando doblamos una esquina, vimos a la perra.
Era mediana, de pelo café oscuro, pecho blanco y cuerpo fuerte, aunque demasiado delgado para una madre que todavía amamantaba.
Nadaba con un cachorro en la boca.
Al principio creímos que estábamos viendo una única huida desesperada.
Llegó a una zona elevada, dejó al cachorro y regresó inmediatamente.
Unos minutos después apareció con otro.
Entonces empezamos a contar.
El cachorro que habíamos visto llegar no era el primero.
Era el tercero.
La perra había comenzado mucho antes de que nosotros apareciéramos.
Había encontrado el único pedazo de concreto que seguía fuera del agua y estaba trasladando allí a toda su camada, uno por uno.
No sabía que venía una lancha.
No sabía que había personas observándola.
Solo sabía que el lugar donde había escondido a sus crías estaba desapareciendo bajo el agua.
En el siguiente viaje comprendimos que su cuerpo estaba llegando al límite.
Una tabla flotante golpeó su costado.
La corriente la hizo girar.
Durante un instante vimos desaparecer al cachorro detrás de una ola de agua sucia.
Pero ella nunca abrió la boca.
Corrigió la dirección y siguió.
—Vamos, pequeña —dijo Luis, que manejaba la lancha—. Ya casi.
Luis tenía cuarenta y seis años y había participado conmigo en muchas emergencias.
Era de esas personas que podían hablar tranquilamente incluso cuando todos los demás estaban a punto de perder la calma.
Cuando la perra alcanzó el concreto, dejó al cachorro y se quedó unos segundos encima de sus bebés.
Respiraba con dificultad.
El agua caía de su vientre.
Yo pensé que finalmente había terminado.
Entonces comenzó a revisarlos.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Levantó la cabeza.
Miró hacia atrás.
—Hay otro —dije.
Luis me miró.
—¿Estás segura?
No tuve que responder.
La perra se lanzó otra vez.
Queríamos acercarnos, pero debíamos tener cuidado.
Una madre aterrada podía interpretar cualquier movimiento como una amenaza. Si la separábamos de un cachorro que ella creyera perdido, podía intentar regresar al agua incluso desde nuestra lancha.
Así que hicimos algo muy difícil.
Esperamos.
Treinta segundos.
Luego cuarenta.
Después un minuto.
No apareció.
Los cinco cachorros empezaron a llorar.
Eran sonidos pequeños, casi ahogados por el movimiento del agua.
Y entonces vimos una cabeza café detrás de una cerca rota.
La madre regresaba.
Traía un cachorro negro con una mancha blanca bajo la barbilla.
Pero esta vez estaba mucho más hundida.
Solo podían verse sus ojos, su nariz y el cachorro.
Sus patas traseras casi habían dejado de ayudarla.
—Nos acercamos —dijo Luis.
No discutí.
La perra seguía intentando llegar al concreto.
A mitad del trayecto, su cabeza desapareció.
El cachorro permaneció un segundo sobre el agua, sostenido por unas mandíbulas que ya estaban debajo de la superficie.
Sentí que el corazón se me detenía.
La madre volvió a salir.
Tosió.
Pateó.
Miró hacia donde estaban sus crías.
Y volvió a intentarlo.
Luis encendió el motor.
—No va a terminar esto sola.
Nos colocamos ligeramente corriente abajo para no empujarla con la estela.
Yo me arrodillé en el borde con una toalla enrollada formando una especie de soporte.
Mariana, una técnica veterinaria que viajaba con nosotros, se puso detrás de mí.
La perra vio la lancha.
Pensé que intentaría escapar.
No lo hizo.
Siguió mirando hacia sus cachorros.
La corriente volvió a cubrirle la mitad del rostro.
—Ahora —gritó Luis.
Pasé la toalla por debajo de su pecho mientras Mariana sujetaba su cuerpo.
Pesaba mucho menos de lo que parecía.
La levantamos junto con el cachorro porque seguía negándose a soltarlo.
Los dos cayeron sobre el piso de la lancha.
La madre tosió dos veces.
Intentó ponerse de pie inmediatamente.
No revisó sus heridas.
No nos miró.
Buscó a sus hijos.
Habíamos subido también a los otros cinco y los habíamos colocado en una caja ancha con varias toallas secas.
La perra avanzó tambaleándose.
Metió dentro al último cachorro.
Y empezó a revisar toda la camada con la nariz.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Volvió a empezar.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Solo entonces sus patas cedieron.
Se acostó junto a la caja y dejó la cabeza sobre el borde.
Los cachorros comenzaron a arrastrarse hacia su vientre.
Durante varios segundos nadie dijo nada.
Luis se quitó un guante y se pasó una mano por la cara.
Mariana susurró:
—Necesitaba estar segura.
Yo asentí.
Eso era exactamente lo que estaba haciendo.
No había terminado cuando llegó a la lancha.
No había terminado cuando la sacamos del agua.
Para ella, el rescate solamente había terminado después de contar seis.
Más tarde conocimos la historia que había detrás.
Varias personas de la colonia habían visto a aquella perra durante aproximadamente dos meses.
Dormía debajo de una estructura de madera detrás del salón comunitario.
Algunos vecinos dejaban comida cerca, pero ella casi nunca permitía que nadie se acercara.
Una adolescente había descubierto que estaba embarazada.
Después aparecieron los cachorros.
Antes de que alguien pudiera organizar una manera tranquila de atraparla y llevarla a revisión, el agua empezó a subir.
La estructura donde escondía a sus bebés cedió parcialmente durante la madrugada.
La madre no tuvo otra opción.
Tenía que moverlos.
Lo que más me impresionó no fue simplemente que hubiera reaccionado.
Fue la secuencia.
Encontró un punto alto.
Eligió una ruta.
Transportó un cachorro.
Regresó.
Repitió el proceso.
Después volvió a hacerlo.
Y otra vez.
Cuando nosotros aparecimos, ella ya llevaba varios viajes.
Muchas personas llamarían a eso instinto.
Yo, después de años trabajando con animales, lo veía de otra manera.
Había miedo.
Había memoria.
Había decisiones.
Y, sobre todo, había una tarea que ella se negaba a abandonar.
En el último recorrido la corriente ya arrastraba tablas, cajas de plástico, ramas, trozos de cercas y toda clase de objetos.
Cualquier golpe podía hacerla perder al cachorro.
Pero mantuvo su cabeza elevada todo el tiempo que pudo.
Cuando su propio cuerpo se hundió, su boca siguió sosteniendo al pequeño por encima del agua.
Esa imagen me acompañó durante mucho tiempo.
Improvisamos un centro temporal para animales dentro del gimnasio de una escuela que estaba cerrada.
El refugio habitual de la zona también había sufrido daños menores, así que decenas de voluntarios trabajaban entre transportadoras, mantas, cubetas de agua y animales asustados.
La madre llegó envuelta en dos cobijas.
Sus seis cachorros iban pegados a ella.
Cada persona que los veía dejaba de caminar durante unos segundos.
No porque fueran especialmente llamativos.
Eran seis cachorros mojados y agotados.
La razón era otra.
Todos entendíamos lo que aquella madre había tenido que hacer para conseguir que estuvieran allí.
Un veterinario voluntario, el doctor Samuel Álvarez, la examinó primero.
Tenía varios cortes superficiales en las patas delanteras.
Un golpe fuerte en un costado.
Estaba deshidratada y extremadamente cansada.
Además, había tragado bastante agua.
Afortunadamente, no encontramos lesiones internas graves.
Los cachorros estaban fríos, pero respondieron bien al calor y a la alimentación.
—Los mantuvo fuertes —dijo Samuel mientras los pequeños buscaban leche—. Incluso estando ella así.
Escaneamos a la madre buscando algún dispositivo de identificación.
Nada.
Tampoco llevaba collar.
Nadie apareció preguntando por ella.
Dos días después, un vecino recordó haber visto semanas antes un vehículo detenerse cerca del terreno.
Según él, una perra café bajó y el vehículo se marchó.
Nadie anotó datos.
No podíamos saber con absoluta certeza qué había ocurrido.
Pero su comportamiento, la ausencia de identificación y el tiempo que llevaba viviendo sola apuntaban a una posibilidad dolorosa.
Probablemente había sido abandonada mientras estaba embarazada.
Aquella inundación no había sido la primera dificultad que enfrentaba.
Solo había sido la más visible.
Decidimos llamarla Luna.
No había una gran razón detrás del nombre.
Una de las voluntarias lo dijo mientras llenábamos su ficha y todos pensamos que le quedaba bien.
Luna.
Sonaba tranquilo.
Y tranquilidad era precisamente lo que necesitaba.
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