Me arrodillé.
—Luna.
Ella me miró.
Toqué suavemente al cachorro y luego señalé la caja con cobijas.
—Los van a ayudar.
No sé si entendió mis palabras.
Tal vez entendió mi voz.
Tal vez recordó mi brazo sosteniéndola en el agua.
Dejó de gruñir.
Pero observó cada movimiento.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Cada vez que un cachorro entraba en la caja, Luna levantaba la cabeza para comprobar dónde estaba.
Solo cuando vio a los seis juntos permitió que la subieran.
Yo seguí el vehículo hasta una clínica veterinaria pequeña de la región.
Entramos llenos de barro.
El veterinario examinó a la madre y a los cachorros durante mucho tiempo.
Cuando finalmente salió, todos nos pusimos de pie.
—Están vivos.
Teresa se cubrió la cara.
Uno de mis amigos miró al suelo.
Yo volví a sentarme porque las piernas me temblaban.
—La madre está muy débil —continuó el veterinario—. Si hubiera entrado una vez más al agua, probablemente no habría regresado.
Miré hacia la puerta.
—Pero lo habría intentado.
El hombre asintió.
—Sí. Eso creo.
Al día siguiente regresamos a la zona para entender de dónde había salido aquella familia.
Encontramos una vivienda sencilla abandonada en una parte alta.
La puerta estaba abierta.
Había bolsas, utensilios viejos y varias cosas dejadas atrás con prisa.
En la parte trasera encontramos un recipiente vacío para comida y una cobija vieja con señales de que Luna había tenido allí a sus cachorros.
Un vecino mayor explicó que quienes ocupaban la casa se habían marchado antes de que el nivel del agua subiera.
Dijo que recordaba haber visto a Luna rondando embarazada.
No sabía que ya había parido.
Nadie podía asegurar exactamente lo ocurrido antes de nuestra llegada.
Lo único evidente era lo que Luna había hecho después.
Cuando el agua empezó a subir, debió mover a sus cachorros.
Uno por uno.
Desde la zona baja hasta aquel pequeño pedazo de tierra.
Seis viajes.
Seis veces entrando en agua que cada minuto era más peligrosa.
Cuando regresamos a la clínica, Luna estaba acostada con todos ellos pegados a su vientre.
Todavía estaba muy delgada.
Pero al verme, movió la cola una vez.
Me senté en el suelo junto a ella.
—¿Ya los contaste?
El veterinario sonrió.
—Todo el tiempo. Si uno hace ruido, revisa a los seis.
Teresa llegó con una cobija amarilla.
Se quedó observando a Luna.
—Esa perra hizo en una mañana más de lo que muchos haríamos en toda una vida.
Yo negué con la cabeza.
—Era su instinto.
Teresa me miró.
—Puede ser. Pero tuvo muchas oportunidades de rendirse y no lo hizo.
Esa frase se quedó conmigo.
Durante los días siguientes comenzamos a ayudar con los cachorros.
Necesitaban alimentación adicional porque Luna todavía no producía suficiente leche.
De repente, varios hombres acostumbrados a motores, herramientas y carreteras comenzaron a discutir sobre biberones, peso y horarios de comida.
Era ridículo.
Y maravilloso.
También pusimos nombres a los cachorros.
Teresa eligió Clara para la hembra amarilla.
Otro compañero llamó Bruno al café.
La pequeña fue Chispa porque gritaba más fuerte que todos.
El manchado terminó siendo Pinto.
El negro recibió el nombre de Carbón.
Y el último, el cachorro que Luna había sacado del cobertizo cuando casi no podía respirar, recibió el nombre de Milagro.
Yo intenté no encariñarme especialmente con Milagro.
Fracasé.
Cada vez que lo tomaba entre mis manos, Luna me observaba.
Primero olía mis dedos.
Después me permitía levantarlo.
Cuando lo devolvía, lo revisaba.
Luego volvía a mirarme.
Así construimos nuestra relación.
No en un solo momento heroico.
Sino centímetro a centímetro.
Por la tercera semana, Luna ya podía caminar un poco más.
Seguía demasiado delgada, pero sus costillas empezaban a desaparecer.
Había algo que no soportaba.
El agua acumulada.
Si veía un charco grande, se detenía.
Si escuchaba agua caer con fuerza sobre el techo, reunía a los cachorros debajo de su cuerpo.
Una tarde permaneció temblando durante mucho tiempo.
Me senté fuera de su espacio.
—Ya pasó —le dije—. Están todos aquí.
No intenté tocarla.
Ella se acercó por decisión propia y apoyó la cabeza en mi mano.
Creo que en algún momento de aquellos días decidí que Luna viviría conmigo.
El problema eran los seis cachorros.
Yo tenía una casa modesta con patio.
Pero siete perros era demasiado.
Se lo comenté a mis amigos.
Ellos resolvieron el problema antes de que terminara de explicarlo.
Teresa quería quedarse con Clara.
Uno de mis compañeros pidió adoptar a Bruno.
Otra familia cercana se enamoró de Pinto.
Una mujer que había colaborado con nosotros desde el primer día quiso llevarse a Chispa.
Carbón también encontró hogar con una persona que había participado en el rescate.
Quedaba Milagro.
Milagro estaba dormido sobre mi mano.
Luna tenía una pata apoyada sobre mi bota.
Suspiré.
—De acuerdo. Luna y Milagro vienen conmigo.
Teresa sonrió.
—Por fin lo entendiste.
Luna llegó primero a mi casa mientras los pequeños terminaban de crecer.
Al principio todo le daba desconfianza.
El recipiente de agua.
El ruido de las tuberías.
Las gotas que caían del techo del patio.
Puse tres camas para ella.
No utilizó ninguna.
Dormía junto a mis botas.
Me di cuenta de por qué.
Si yo tomaba las botas, ella sabría que iba a salir.
No quería volver a descubrir que alguien se había marchado mientras dormía.
Cada día practicamos algo que para otros perros era completamente normal.
El plato se volvía a llenar.
Una puerta podía cerrarse sin significar abandono.
Una persona podía irse y regresar.
Una mano podía acercarse sin quitarle nada.
Cuando los cachorros tuvieron edad suficiente, organizamos las adopciones.
Luna revisó a cada persona.
Olfateó a Teresa mientras sostenía a Clara.
Se acercó a Bruno.
Revisó a Pinto.
Tocó con la nariz a Chispa.
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