Las casas aparecían y desaparecían.
Se quedó agachado durante todo el trayecto, apoyado contra una esquina.
Mariana viajaba junto a él.
De vez en cuando, Tacho levantaba la mirada para comprobar que seguía allí.
Llegaron a una casa adaptada temporalmente para recibir animales.
Nada lujoso.
Un patio limpio.
Varias habitaciones sencillas.
Recipientes con agua.
Cobijas.
Camas para perros.
El sitio olía a comida, jabón y animales.
Tacho bajó de la camioneta.
Se encontró frente a una puerta abierta.
Mariana entró.
—Ven, Tacho.
Habían decidido llamarlo así porque nadie había encontrado un nombre anterior.
Tacho llegó hasta el marco.
Pero no cruzó.
Dentro había piso de loseta.
Nunca había caminado sobre algo parecido.
Miró sus propias patas.
Después el interior.
Dio un paso.
Las uñas hicieron un pequeño ruido sobre la superficie.
Inmediatamente retiró la pata.
Mariana se sentó en el suelo.
No tiró de él.
No insistió.
Esperó.
Pasaron varios minutos.
Al final, Tacho volvió a probar.
Una pata.
Luego otra.
El piso era frío, pero no era tierra.
No se hundía.
No tenía piedras.
No raspaba.
Avanzó hasta quedar completamente dentro.
Entonces se giró y miró la puerta.
Seguía abierta.
Podía salir.
Nadie lo estaba sujetando.
Aquello parecía tranquilizarlo.
Durante la revisión, encontraron las señales normales de una vida demasiado larga a la intemperie.
La piel del cuello estaba irritada.
Sus uñas necesitaban atención.
Tenía desgaste en algunas articulaciones.
Estaba delgado.
Nada de eso, sin embargo, sorprendió tanto a Mariana como su comportamiento.
Tacho pedía permiso para todo.
Para acercarse al agua.
Para comer.
Para caminar.
Cuando encontraba una puerta, se detenía.
Cuando una persona levantaba la mano, aunque fuera para tomar un objeto, él bajaba la cabeza.
Y cuando llegó la noche, apareció el momento que Mariana recordaría durante años.
En una esquina de la habitación había una cama grande para perro.
Era sencilla.
Un cojín grueso cubierto con una funda lavable.
Nada especial.
Mariana la había colocado pensando en las articulaciones de Tacho.
Se acercó y dio unas palmadas sobre ella.
—Mira, viejo. Esto es para ti.
Tacho miró la cama.
Después a Mariana.
No se movió.
Ella volvió a tocar el cojín.
—Ven.
Tacho retrocedió.
No entendía.
Había visto cosas parecidas a través de ventanas durante toda su vida.
Perros sobre cojines.
Perros envueltos en cobijas.
Perros durmiendo dentro de casas.
Pero esas escenas nunca habían tenido relación con él.
Las cosas suaves pertenecían a otros.
Él dormía en tierra.
Mariana tomó una pequeña croqueta y la dejó sobre el borde de la cama.
Tacho se acercó.
Estiró el cuello.
Comió sin poner ninguna pata encima.
Mariana puso otra un poco más adentro.
Tacho levantó una pata.
Se quedó con ella suspendida en el aire.
La bajó.
Tocó el cojín.
El material cedió suavemente bajo su peso.
Tacho retiró la pata de inmediato.
Mariana sonrió.
—No pasa nada.
Volvió a tocar la cama.
Esta vez Tacho apoyó la pata durante unos segundos.
Después colocó la otra.
Se quedó así.
Las patas delanteras sobre el colchón.
Las traseras sobre la loseta.
Su cuerpo parecía dividido entre dos vidas.
Una parte todavía en la tierra.
La otra descubriendo algo nuevo.
Mariana se apartó.
Tacho avanzó.
Ahora las cuatro patas estaban sobre la cama.
El perro miró alrededor.
Nadie lo reprendió.
Nadie gritó.
Nadie lo hizo bajar.
Entonces ocurrió algo que parecía venir de un recuerdo que ni siquiera sabía que tenía.
Tacho comenzó a dar vueltas.
Una.
Dos.
Tres.
El mismo pequeño círculo que había repetido miles de veces alrededor de su cadena.
Solo que aquella vez no había metal.
No había polvo.
No había un límite.
Después dobló lentamente las patas.
Y se acostó.
Al principio mantuvo la cabeza levantada.
Sus músculos seguían tensos.
Como si esperara que alguien apareciera para decirle que aquello no era suyo.
Mariana se sentó a unos metros.
No dijo nada.
Tacho bajó un poco la cabeza.
El colchón sostuvo su peso.
El viejo perro respiró profundamente.
Volvió a levantar la cabeza.
Miró a Mariana.
Después apoyó el hocico otra vez.
El aire salió lentamente de sus pulmones.
Su cuerpo comenzó a relajarse.
Primero las patas delanteras.
Después los hombros.
Después la espalda.
Por primera vez en once años, ninguna piedra presionaba sus costillas.
Ningún collar tiraba de su cuello.
Ninguna cadena se movía cuando cambiaba de posición.
Tacho cerró los ojos.
Y entonces comenzó a hacer un sonido muy suave.
Mariana pensó primero que se quejaba por dolor.
Se acercó.
Pero no era eso.
El perro respiraba entre pequeños gemidos.
Tenía los ojos húmedos.
Mariana le acarició la cabeza.
Tacho no se apartó.
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