Todavía puedo recordar cómo bajó la mirada.
Aquella tarde no pude concentrarme.
Quemé una charola de pan.
Cobré mal dos veces.
Y casi entregué una caja a la persona equivocada.
No porque Lucía me debiera algo.
No me lo debía.
Sino porque yo sabía que le había mentido.
Y ella nunca me había mentido a mí.
Pensé que al día siguiente tendría otra oportunidad.
No la tuve.
Dos días después, Mariana regresó al pueblo.
Llegó en un coche rojo bastante llamativo.
Entró en la panadería usando gafas oscuras.
La reconocí incluso antes de escuchar su voz.
—Hola, Daniel.
Sentí que seis años desaparecían en un segundo.
Por un momento no vi a la mujer con la que había terminado.
Vi a la joven que años atrás entraba en la cocina de mi padre, robaba crema de los pasteles y prometía que podríamos ser felices aunque no tuviéramos mucho dinero.
Después se quitó las gafas.
Y regresé al presente.
—Lamento lo de tu papá —dijo.
—Gracias.
—¿Podemos hablar?
Mi primera reacción fue decir que no.
Pero acepté.
Nos sentamos en el pequeño patio detrás de la panadería, junto a unas macetas viejas donde mi padre cultivaba hierbas para cocinar.
Mariana comenzó a llorar.
Me dijo que había cometido errores.
Que había sido inmadura.
Que había estado asustada.
Que durante todos aquellos años había pensado muchas veces en mí.
Yo escuché.
No sentía odio.
Eso me sorprendió.
Tal vez había pasado suficiente tiempo.
Tal vez algunas heridas dejan de doler cuando uno deja de tocarlas.
Entonces Mariana preguntó:
—¿Hay alguien?
Me quedé callado demasiado tiempo.
Sus ojos cambiaron.
—Lucía.
No fue una pregunta.
—Mariana…
—Mi hermana.
—No ha pasado nada.
—Pero quieres que pase.
No respondí.
Ella se levantó.
—Increíble.
—Nuestro matrimonio terminó hace seis años.
—Es mi hermana.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé.
Eso era verdad.
No sabía en qué momento la gratitud se había convertido en algo más.
Quizá había ocurrido antes de que me fuera.
Quizá durante los años lejos.
Quizá cuando Lucía se sentó conmigo en el suelo después de la muerte de mi padre.
Mariana salió sin despedirse.
Aquella tarde Lucía no apareció.
Tampoco al día siguiente.
Pasaron tres días.
Después una semana.
La panadería estaba llena de gente, pero a mí me parecía vacía.
Una mañana la vi al otro lado de la calle llevando flores.
Levanté la mano.
Ella giró antes de verme, o fingió no haberme visto.
Entonces entendí.
Mariana había hablado con ella.
Encontré a Lucía al día siguiente en la biblioteca municipal.
Trabajaba allí algunas horas por semana ayudando en actividades de lectura para niños.
Estaba acomodando libros cuando me vio entrar con una caja de panes de almendra.
Su expresión cambió.
—No deberías estar aquí.
Su voz tranquila dolió más que si me hubiera gritado.
—Necesito hablar contigo.
—Daniel…
—Seis años.
Ella se quedó quieta.
—¿Qué?
—Llevo seis años intentando no sentir esto.
Lucía bajó la mirada.
Yo dejé la caja sobre una mesa.
—Pensé que sentir algo por ti estaba mal. Eras la hermana de Mariana. Así que me fui. Intenté empezar de nuevo. Intenté conocer a otras personas.
Lucía cerró los ojos un instante.
—No hagas esto.
—Cuando me preguntaste por qué sigo solo, te mentí.
Ella no respondió.
Sentí que, si volvía a callarme, probablemente lo lamentaría el resto de mi vida.
—No sigo solo porque esté roto. Tampoco porque nadie se haya interesado en mí.
Mi voz empezó a temblar.
—Sigo solo porque cada vez que alguien era amable conmigo, terminaba comparando ese momento con la forma en que tú me mirabas cuando yo no tenía nada.
Lucía respiró profundamente.
—Daniel…
—Tú no terminaste mi matrimonio.
La miré directamente.
—Pero fuiste una de las razones por las que pude sobrevivir a su final.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—El sábado, cuando me preguntaste por qué seguía solo, estuve a punto de decirte la verdad.
—¿Qué verdad?
Ya no podía retroceder.
—Que era por ti.
Lucía cerró los ojos.
Durante unos segundos solo escuché el ruido del aire acondicionado y unas voces de niños al fondo.
Después dijo algo que nunca esperé escuchar.
—Yo también te he querido.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Desde cuándo?
Negó con la cabeza.
—No importa.
—Para mí sí.
—Desde hace demasiado.
Se sentó.
Yo hice lo mismo frente a ella.
Lucía se limpió una lágrima.
—Nunca quise que tu matrimonio terminara. Nunca. Cuando estabas con Mariana, yo intentaba mantener distancia. Me sentía terrible por preocuparme tanto por ti.
—No hiciste nada malo.
—Era mi hermana.
—Y yo era su esposo. Lo sé.
Lucía miró sus manos.
—Cuando te fuiste, pensé que era mejor. Esperaba que conocieras a alguien en la ciudad. Alguien buena. Quería que fueras feliz para que yo pudiera dejar de esperar algo que nunca debía esperar.
—¿Y funcionó?
Soltó una pequeña risa triste.
—No.
Entonces me explicó lo ocurrido con Mariana.
Mi exesposa había ido a verla llorando.
Le había dicho que quería recuperarme.
Que estaba arrepentida.
Que una hermana debía poner a su familia antes que sentimientos antiguos.
Lucía creyó que apartarse era lo correcto.
—No quiero destruir a mi familia —dijo.
—No estás destruyendo nada.
—Mariana nunca me lo perdonaría.
—Nuestro matrimonio terminó mucho antes de que tú y yo siquiera habláramos de esto.
Lucía permaneció en silencio.
—Ser una persona decente no debería significar que dos personas tengan que castigarse para siempre por un matrimonio que ya terminó —añadí.
No nos besamos.
No hubo música.
No hubo una escena perfecta.
Nos quedamos sentados junto a una estantería infantil durante casi una hora hablando por primera vez con total sinceridad.
Cuando me marché, no sabía si Lucía y yo terminaríamos juntos.
Pero al menos el silencio había terminado.
El problema con Mariana todavía no.
Unos días después apareció frente a la panadería durante la hora de mayor movimiento.
Lucía estaba ayudándome detrás del mostrador.
Mariana entró, nos vio juntos y se quedó inmóvil.
Varias personas comenzaron a mirar.
—¿Así que ya decidieron? —preguntó.
Lucía dejó lo que tenía en las manos.
—Mariana, no quiero pelear contigo.
—Claro que no. Tú nunca quieres pelear. Solo esperas.
Vi cómo Lucía palidecía.
Me coloqué entre las dos, pero sin levantar la voz.
—Esto no es culpa de Lucía.
Mariana me miró.
—¿La estás defendiendo de mí?
—Estoy diciendo la verdad.
—Después de todo lo que vivimos.
—Precisamente por todo lo que vivimos.
Sentí algo extraño.
Años atrás yo habría intentado calmarla diciendo lo que ella quería escuchar.
Habría pedido perdón incluso sin saber por qué.
Aquella vez no.
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