Finalmente dijo:
—Baja a hablar con la administradora.
Tomé ambas correas.
—Ellos vienen conmigo.
—No creo que sea buena idea.
—Precisamente por eso vienen.
La oficina de administración estaba en la planta baja.
Detrás del escritorio se encontraba la señora Teresa, una mujer de unos sesenta años que siempre llevaba todo perfectamente ordenado.
Carpetas alineadas.
Bolígrafos en un recipiente.
Papeles sin una sola esquina doblada.
Miró a los perros.
—El edificio permite una mascota por departamento.
—Lo sé.
—Tú tienes dos.
—También lo sé.
—Entonces sabes cuál es el problema.
Bruno estaba junto a mi rodilla.
Luna estaba junto a Bruno.
—Son una pareja unida desde hace años —expliqué—. Separarlos les hace daño.
Teresa apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—Entiendo que te preocupen.
—No es solo preocupación.
Le conté lo ocurrido en el refugio.
La pata entre las rejas.
Bruno negándose a subir al coche.
Luna dejando de comer cuando estaban separados.
Teresa escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, dijo:
—Sigue siendo una segunda mascota.
—Para el reglamento, sí.
—Y aquí tenemos que pensar en todos los vecinos.
—Yo también.
—Hay personas con alergias. Personas que tienen miedo a los perros. Personas que pagan por vivir bajo ciertas condiciones.
No levantó la voz.
Eso lo hacía más difícil.
No era una villana.
Solo estaba defendiendo una norma.
—¿Qué quieres que haga? —pregunté—. ¿Que elija cuál de los dos vuelve al refugio?
Teresa bajó la mirada hacia Luna.
La perrita se escondió un poco más detrás de Bruno.
—Tienes cuarenta y ocho horas para encontrar una solución —respondió.
—¿Qué significa eso?
—O uno de los perros se va o tendrás que buscar otro lugar donde vivir.
Sentí un golpe en el pecho.
Luna soltó un pequeño gemido.
Fue tan bajo que casi nadie lo habría notado.
Bruno sí.
Se colocó delante de ella.
No gruñó.
No enseñó los dientes.
Simplemente puso el cuerpo entre Luna y el escritorio.
Teresa los observó.
Durante un instante, su expresión cambió.
—Dame tiempo —dije.
—Ya te estoy dando cuarenta y ocho horas.
—No. Dame tiempo para demostrarte que no causan problemas.
Teresa dudó.
—¿Cómo?
—Deja que los vecinos los vean. Que sepan cómo son. Si realmente molestan, acepto que tenemos un problema. Pero no quiero que los juzguen sin conocerlos.
Ernesto, que estaba apoyado contra una pared, levantó las cejas.
Teresa permaneció callada.
—Esta noche hay reunión de residentes —dijo finalmente—. Puedes plantearlo allí.
Tragué saliva.
—Estaremos.
Aquella tarde Luna tosió.
Primero fue una sola vez.
Después otra.
Se incorporó con dificultad y tragó varias veces.
Sentí miedo.
Llamé a un consultorio veterinario cercano y conseguí una cita.
La doctora que la revisó se llamaba Elena.
Escuchó el pecho de Luna durante tanto tiempo que empecé a imaginar lo peor.
—Tiene un soplo en el corazón —dijo finalmente—. No es raro en perros de su edad.
—¿Está sufriendo?
—Ahora mismo no parece. Pero conviene vigilarla y hacerle algunas pruebas. La tos también puede estar relacionada con ansiedad o con otros problemas propios de la edad.
Asentí mientras, sin querer, hacía cuentas mentalmente.
La doctora debió notarlo.
—Vamos paso a paso —dijo.
Después se agachó delante de Luna.
Extendió una mano.
Luna no movió la cola.
No la lamió.
No hizo nada durante varios segundos.
Entonces levantó una pata.
Y la dejó sobre los dedos de Elena.
Muy despacio.
La veterinaria sonrió.
—No es poco cariñosa.
Miró hacia mí.
—Solo es cuidadosa.
Aquella frase se quedó conmigo.
Luna no rechazaba a las personas.
Simplemente había aprendido que la gente podía desaparecer.
O devolverla.
O decidir que no era suficientemente alegre.
El cariño de Luna no aparecía en cinco minutos.
Había que esperar.
Aquella noche llegamos a la sala comunitaria del edificio con dos correas.
Habían colocado varias filas de sillas plegables.
Ya había unas veinte personas.
En cuanto entramos, comenzaron las miradas.
Algunas eran curiosas.
Otras, incómodas.
—¿Son dos? —susurró una mujer.
Un hombre respondió:
—El reglamento es claro.
Me senté al fondo.
Bruno se tumbó junto a mi silla.
Luna se acomodó pegada a él.
Teresa se colocó delante del grupo.
Ernesto permaneció cerca de la puerta.
—Tenemos un asunto relacionado con el reglamento de mascotas —comenzó Teresa.
Una mujer levantó la mano.
—Si permitimos dos ahora, después todos van a querer dos.
Otro vecino intervino.
—Mírelos. Apenas se mueven.
—Yo soy alérgica —dijo alguien más.
—Pues mantenga distancia —respondió otro hombre.
La conversación empezó a calentarse.
No hubo gritos.
Pero sí frases cortas y duras.
—Las reglas existen por algo.
—También existe el sentido común.
—Pagamos para vivir tranquilos.
—Los perros ni siquiera hacen ruido.
Me puse de pie antes de perder el valor.
—No quiero incomodar a nadie.
La sala quedó un poco más silenciosa.
—Fui al refugio para adoptar a Bruno. Solo a Bruno. Tenía los papeles firmados y estaba llevándolo al coche.
Miré hacia Luna.
—Pero él se negó a marcharse sin ella.
Conté toda la historia.
Cómo habían perdido a su dueño.
Cómo habían sobrevivido juntos.
Cómo Luna dejaba de comer cuando los separaban.
Cómo Bruno se había quedado inmóvil mirando hacia atrás.
—Si llevo a uno de vuelta, quizá cumpla el reglamento —dije—. Pero también voy a romper lo único que les queda.
Una mujer de unos cuarenta años cruzó los brazos.
—Entonces quizá no debiste adoptar dos si no estabas preparado económicamente.
Aquello dolió.
Porque tenía parte de razón.
Yo también me hacía esa pregunta.
—No tengo mucho dinero —respondí—. Y sí, me preocupa. No puedo fingir lo contrario.
Respiré hondo.
—Pero me preocupa más saber que pude mantenerlos juntos y elegí no hacerlo solo porque era más cómodo.
Nadie respondió de inmediato.
Entonces Luna se levantó.
Despacio.
Sus patas traseras temblaron.
Bruno levantó la cabeza.
Luna dio un paso.
Luego otro.
Luego otro.
Se separó de Bruno por primera vez desde que habíamos entrado.
No se acercó a ninguna persona.
Simplemente se quedó en medio del pasillo entre las sillas.
Mirando.
Una mujer extendió una mano.
Luna retrocedió un poco.
La mujer la retiró.
—Perdón —dijo suavemente.
Luna permaneció allí.
No parecía pedir nada.
No parecía querer convencer a nadie.
Solo parecía cansada.
Y por primera vez, creo que algunas personas dejaron de ver “la segunda mascota”.
Vieron a una perrita vieja que ya había perdido demasiadas cosas.
Ernesto carraspeó.
—Trabajo en este edificio desde hace doce años.
Todos voltearon hacia él.
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