La cabina quedó inmóvil.
Durante un segundo hubo silencio.
Después, el hangar explotó en carcajadas.
—¡No duró ni cinco minutos!
—¡Que llamen al taller!
—¡La piloto del mercadillo acaba de destruir un avión!
Los teléfonos captaron el rostro de Elena cuando salió de la cabina.
No parecía avergonzada.
Parecía estar pensando.
Ramiro se acercó con su solicitud en la mano.
—Esto es lo que ocurre cuando alguien confunde un sueño con una habilidad.
Elena miró el documento.
—Los controles estaban alterados.
—¿También va a culpar a la cabina?
—Había retraso en los mandos, datos falsos y un bloqueo del canal de comunicación.
El técnico bajó la cabeza.
Clara se cruzó de brazos.
—Qué excusa tan conveniente.
—Los registros del sistema demostrarán lo que ocurrió —dijo Elena.
Ramiro levantó la solicitud.
—Aquí no necesitamos personas que buscan excusas.
Rasgó el papel por la mitad.
Luego volvió a romperlo.
Los trozos cayeron dentro de una papelera.
—Su evaluación ha terminado.
Elena miró los pedazos.
—¿Está seguro de que quiere hacer eso?
—Completamente.
—Entonces anote también su nombre en el informe.
Ramiro soltó una carcajada.
—¿Qué informe?
—El que se abrirá después.
Algunos dejaron de reír.
Clara se acercó a Elena.
—Nadie va a investigar nada. Mi familia levantó este lugar desde cero.
—No —respondió Elena—. Su familia lo administró.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Elena recogió su bolsa y comenzó a caminar hacia la salida.
En la puerta la esperaba un grupo de periodistas invitados para la exhibición del día siguiente.
Habían visto los vídeos.
Uno de ellos bloqueó su paso.
—Señora Morales, ¿algún comentario sobre su accidente?
—No fue un accidente.
—Las imágenes muestran que perdió el control.
—Las imágenes muestran lo que ustedes decidieron grabar.
Otro periodista enfocó sus zapatillas todavía húmedas.
—¿De verdad creyó que podía competir con pilotos formados?
Elena lo observó.
—Mañana tendrá una respuesta.
—¿Volverá a intentarlo?
—No.
Los periodistas sonrieron.
Pensaron que había renunciado.
—Entonces, ¿qué ocurrirá mañana?
Elena abrió la puerta.
—Mañana volaré de verdad.
Las risas la siguieron hasta el aparcamiento.
Nadie vio el vehículo oscuro que la esperaba fuera.
Nadie reconoció al hombre uniformado que abrió la puerta trasera.
Y nadie escuchó cuando él le dijo:
—Teniente coronel Morales, el A-27 estará preparado a las ocho.
Elena subió al vehículo.
—Que esté listo a las siete y media.
—¿Desea cancelar la exhibición de Altavista?
—No.
Miró por la ventanilla hacia los hangares.
—Quiero que estén todos presentes.
A la mañana siguiente, el Campo Aéreo Altavista parecía una fiesta.
Habían colocado mesas elegantes junto a la pista.
Los invitados sostenían copas de bebida espumosa mientras hablaban de negocios, vacaciones y aviones privados.
Clara llevaba un mono nuevo.
Sus gafas brillaban bajo el sol.
Ramiro saludaba a los invitados como si fuera el dueño del lugar.
Los periodistas preparaban las cámaras.
En las pantallas gigantes se repetían las imágenes del accidente de Elena.
Cada vez que aparecía el choque virtual, algunos invitados reían.
—Fue lo más divertido de la semana —dijo Clara—. Hay personas que no saben aceptar sus límites.
Su padre, Arturo Vela, presidente del consejo administrativo, se acercó.
—¿Quién era esa mujer?
—Nadie.
—Está recibiendo mucha atención.
—Precisamente por eso la expulsamos.
Arturo miró la pantalla.
—Su nombre me resulta familiar.
Clara encogió los hombros.
—Elena Morales. Un nombre común.
En la torre de control, una alarma interrumpió la conversación de los operadores.
—Tenemos una aeronave acercándose desde el oeste.
—¿Identificación?
—No aparece en el sistema civil.
—Solicite código.
El operador envió el mensaje.
La respuesta llegó de inmediato mediante un canal reservado.
El hombre palideció.
—¿Qué ocurre? —preguntó su compañero.
—Es un A-27 Centella.
—Eso es imposible.
El A-27 era el avión de combate más avanzado del cuerpo aéreo nacional. Un aparato furtivo, rápido y reservado para misiones especiales.
Ninguno había aterrizado jamás en Altavista.
—Solicita prioridad absoluta.
—Despejen la pista.
En el exterior, los altavoces pidieron a todos los invitados que retrocedieran.
Ramiro levantó la vista.
—¿Qué está pasando?
Un sonido profundo comenzó a crecer en la distancia.
No era el ruido de un avión privado.
Era algo mucho más potente.
Los invitados miraron hacia el cielo.
Primero vieron un punto oscuro.
Después, una silueta plateada cruzó sobre el aeródromo a una velocidad impresionante.
El A-27 pasó por encima de los hangares y elevó el morro.
El rugido de los motores hizo vibrar los cristales.
Las servilletas volaron de las mesas.
Algunas copas cayeron al suelo.
El avión realizó un giro cerrado.
Regresó desde el sur, descendió y pasó frente a la zona de invitados con una precisión perfecta.
La tercera maniobra dejó al público completamente en silencio.
El Centella ascendió casi en vertical.
Luego giró sobre sí mismo y descendió alineándose con la pista.
—Eso no puede hacerse a esa velocidad —murmuró Ramiro.
El avión redujo potencia.
Las ruedas tocaron el suelo con suavidad.
Ni un salto.
Ni una corrección brusca.
Ni un centímetro fuera de la línea central.
El A-27 recorrió la pista y se detuvo frente al hangar principal.
Los motores se apagaron.
La cubierta de la cabina comenzó a abrirse.
Clara levantó el teléfono para grabar.
—Debe ser algún comandante famoso.
Una figura se incorporó en el asiento.
Llevaba un casco oscuro y un traje de vuelo gris.
Descendió por la escalera lateral.
Cuando sus botas tocaron la pista, se quitó el casco.
Clara dejó caer el teléfono.
Ramiro retrocedió.
Arturo Vela se quedó sin color en el rostro.
Era Elena Morales.
Su cabello estaba recogido.
En el pecho llevaba las insignias de teniente coronel y varias condecoraciones.
Caminó hacia los invitados con el casco bajo el brazo.
Detrás de ella aterrizó un helicóptero negro.
De él descendió el general Tomás Reyes, director de operaciones aéreas especiales.
Los periodistas corrieron hacia la pista.
El general tomó un micrófono.
—Damas y caballeros, permítanme presentarles formalmente a la teniente coronel Elena Morales.
Nadie se movió.
—Piloto de combate con más de cuatro mil horas de vuelo. Antigua comandante del Escuadrón Lobos del Desierto. Instructora de operaciones de emergencia y responsable del vuelo continuo más largo realizado en un A-27 Centella.
Las cámaras apuntaron a Elena.
Clara se quitó lentamente las gafas.
El general continuó:
—La teniente coronel Morales también es la principal inversora del Fondo Horizonte, propietario mayoritario de este aeródromo.
Arturo Vela cerró los ojos.
Por fin había recordado el nombre.
Años atrás, un fondo anónimo había salvado Altavista de la quiebra. A cambio, había obtenido la mayoría de las acciones.
El consejo nunca había conocido personalmente a la persona que estaba detrás.
Hasta ese momento.
—Eso no es posible —susurró Clara.
Elena la escuchó.
—Sí lo es.
Avanzó entre los invitados.
Todos se apartaron.
Pasó frente al joven que la había grabado.
Él bajó el teléfono.
Pasó frente a los cadetes que habían insultado su ropa.
Ninguno se atrevió a mirarla.
Pasó frente a los periodistas que se habían burlado de su salida.
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