La última promesa de Antonia y el gato que encontró un nuevo hogar

Esta es la segunda parte de la historia de Nico. Creí que abrirle mi puerta sería suficiente. Pero tres semanas después, desapareció sin dejar rastro.

Aquella mañana me despertó un ruido en el pasillo.

No era un maullido.

Era el sonido de unas uñas arañando la puerta de entrada.

Me levanté y encontré a Nico sentado delante de ella, con la cabeza inclinada hacia un lado.

Llevaba varios días haciendo lo mismo.

Escuchaba pasos en la acera, corría hacia la puerta y esperaba.

A veces permanecía allí durante casi una hora.

Después regresaba lentamente al sillón de la ventana.

Yo sabía a quién esperaba.

Y también sabía que Antonia no iba a volver.

—Lo siento, pequeño —le decía—. Ojalá pudiera explicártelo mejor.

Nico levantaba la mirada.

Luego cerraba los ojos, como si estuviera cansado de escuchar respuestas que no entendía.

Mis otros tres gatos habían empezado a aceptarlo.

No eran amigos.

Todavía no.

Pero ya podían comer en la misma habitación sin bufarse.

La más vieja incluso le permitía dormir en una esquina del sofá.

Aquello, viniendo de ella, era casi una declaración de amor.

Yo también me estaba acostumbrando a la nueva rutina.

Cuatro cuencos.

Cuatro areneros.

Cuatro pares de ojos siguiéndome cada vez que entraba en la cocina.

Los gastos habían aumentado.

El espacio parecía más pequeño.

Y, aun así, la casa ya no me parecía demasiado llena.

Me parecía viva.

Aquel jueves estaba terminando un trabajo cuando escuché un motor frente a la ventana.

Una furgoneta blanca se había detenido delante de la casa de Antonia.

Dos hombres bajaron y comenzaron a sacar cajas vacías.

Después apareció una mujer de unos cincuenta años.

Tenía el pelo corto, un abrigo oscuro y la misma forma de fruncir los labios que Antonia.

Nico también la vio.

Saltó del sillón y corrió hacia la puerta.

—Espera —le dije.

Pero cuando abrí para salir al portal, se deslizó entre mis piernas.

Todo ocurrió en unos segundos.

Nico cruzó la entrada, bajó los escalones y corrió hacia la casa de Antonia.

—¡Nico!

No se detuvo.

La mujer del abrigo se volvió al escucharme.

Nico llegó hasta la puerta de la casa vecina y comenzó a arañar la madera.

Una vez.

Otra.

Y otra.

Después lanzó un maullido tan profundo que parecía salir de un lugar mucho más grande que su pequeño cuerpo.

La mujer se quedó inmóvil.

Se llevó una mano a la boca.

—Es él —susurró.

Me acerqué despacio.

—¿Conoce a Nico?

Ella asintió, pero no podía dejar de mirarlo.

—Soy Clara. La sobrina de Antonia.

Nico seguía arañando la puerta.

Clara se agachó.

—Hola, precioso.

Él se giró al escuchar su voz.

Durante un instante pareció confundido.

Tal vez había reconocido algo de Antonia en ella.

El tono.

El olor.

La manera de pronunciar su nombre.

Nico se acercó, olfateó sus dedos y volvió a mirar la puerta.

Clara comenzó a llorar.

—Ella me pidió que te llevara a la casa de al lado —dijo—. Me hizo prometérselo.

Entonces comprendí quién había dejado el transportín frente a mi puerta.

No había sido Antonia.

Había sido Clara.

—¿Fue usted quien trajo a Nico?

—Sí.

Se secó las mejillas con el dorso de la mano.

—Mi tía dejó todo preparado. La comida, la bufanda, la grabadora y la nota. Me llamó desde el hospital y me explicó lo que tenía que hacer.

Clara bajó la mirada.

—Cuando llegué, ya era demasiado tarde para despedirme.

No supe qué decir.

Durante días había imaginado a Antonia preparando sola aquella bolsa.

La había imaginado colocando la bufanda alrededor del cuello de Nico con sus manos temblorosas.

Pero había pasado sus últimas horas en una habitación de hospital, pensando en un gato que esperaba en casa.

—¿Por qué no se lo quedó usted? —pregunté.

Clara no se molestó por la pregunta.

—Vivo lejos. Mi marido tiene una enfermedad respiratoria y no podemos tener animales dentro de casa.

Acarició a Nico con cuidado.

—Intenté encontrar otra solución. Pero mi tía insistió en que lo trajera aquí.

Me miró.

—Decía que usted comprendería.

Sentí una presión en el pecho.

—No estaba segura de poder quedármelo.

—Ella sí lo estaba.

Clara abrió la puerta de la casa.

Nico entró corriendo.

Los dos hombres dejaron de mover las cajas y se apartaron.

El interior olía a madera cerrada, a polvo y al perfume suave que Antonia utilizaba.

Todo seguía casi igual.

La pequeña mesa junto al recibidor.

Las fotografías familiares.

El reloj de pared que adelantaba cinco minutos.

Nico recorrió el pasillo llamándola.

Entró en la cocina.

Después en el salón.

Luego subió las escaleras.

Nosotras lo seguimos sin hablar.

En el dormitorio, saltó sobre la cama y comenzó a olfatear la almohada.

Dio varias vueltas.

Finalmente se tumbó en el lado donde dormía Antonia.

Clara se sentó en el borde de la cama.

Yo permanecí junto a la puerta.

Nico apoyó la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos.

No parecía tranquilo.

Parecía agotado.

Como si hubiera estado buscando aquel olor desde el momento en que lo llevé a mi casa.

—Mi tía hablaba mucho de usted —dijo Clara.

—Nos veíamos casi todos los días, pero no sabía que fuéramos tan cercanas.

—Para ella lo eran.

Aquellas palabras me dolieron.

Pensé en todas las veces que había terminado una conversación porque tenía trabajo.

En todos los momentos en que había sonreído mientras buscaba las llaves, deseando entrar en casa.

Yo había creído que Antonia solo era una vecina amable.

Ella me había considerado alguien importante.

Clara abrió el armario y sacó una caja de zapatos atada con una cuerda roja.

—Esto también es para usted.

—No puedo aceptar nada más.

—No es dinero.

Me entregó la caja.

En la tapa, Antonia había escrito mi nombre.

La abrí.

Dentro había varias fotografías, un manojo de lana de distintos colores y un cuaderno pequeño con tapas azules.

La primera página decía:

“Puertas que se abren”.

Comencé a leer.

Antonia había escrito sobre Nico.

Sobre el día en que lo encontró debajo del coche.

Sobre la primera noche, cuando él no quiso salir del baño.

Sobre cómo comenzó a dormir a sus pies.

También había páginas dedicadas a otros gatos del barrio.

Un gato blanco que aparecía junto a los contenedores.

Una gata negra que se refugiaba detrás de la panadería cuando llovía.

Un cachorro atigrado que una familia de la calle de atrás terminó adoptando.

Antonia conocía sus horarios.

Sabía dónde dormían.

Sabía cuáles necesitaban comida y cuáles ya tenían una casa.

Entonces encontré una página con mi nombre.

Me senté en la cama.

Clara permaneció en silencio.

Leí despacio.

«Mi vecina dice que no tiene tiempo para nada, pero siempre encuentra tiempo para los animales que nadie ve».

Tragué saliva.

La página continuaba:

«Deja agua fresca junto al garaje en verano. En invierno coloca mantas debajo del techo. Nunca habla de ello porque cree que las cosas buenas dejan de ser buenas cuando alguien las mira».

Tuve que detenerme.

Las letras se habían vuelto borrosas detrás de mis lágrimas.

Había una última frase.

«Quizá todavía no lo sepa, pero tiene una puerta que siempre termina abriéndose».

Cerré el cuaderno.

Nico seguía tumbado sobre la almohada.

—No sé si soy la persona que ella creía —dije.

Clara me miró con una expresión tranquila.

—Mi tía no solía equivocarse con las personas.

Pasamos casi dos horas en aquella casa.

Clara me contó cosas que yo nunca había sabido.

Antonia había trabajado durante más de treinta años en una pequeña tienda de telas.

Le encantaba bailar, aunque llevaba décadas sin hacerlo.

Su marido había muerto poco después de jubilarse.

Nunca tuvieron hijos.

Clara era la única familiar con la que mantenía contacto frecuente.

—La llamaba todos los domingos —explicó—. Pero vivía a cuatro horas de aquí. Siempre pensaba que habría más tiempo para venir.

Bajó la cabeza.

—Supongo que las dos cometimos el mismo error.

No intenté consolarla con frases bonitas.

Me senté a su lado.

A veces lo único que necesita una persona es que alguien no se marche cuando la conversación parece haber terminado.

Antes de irnos, Clara me pidió ayuda para elegir algunas cosas de Antonia que podían conservarse.

Me llevé la cesta donde guardaba las lanas.

También una taza amarilla con una pequeña grieta en el asa.

Era la taza que utilizaba cada vez que tomábamos café juntas.

Clara guardó las fotografías familiares.

El resto de la ropa sería entregado a personas que pudieran necesitarla.

Cuando llegó el momento de salir, Nico no quiso abandonar la cama.

Lo llamé.

Él abrió los ojos, pero no se movió.

Clara se inclinó y acarició la bufanda verde que todavía llevaba alrededor del cuello.

—Ella no está aquí, Nico.

Él parpadeó.

—Pero dejó una casa para ti.

Nico miró a Clara.

Después me miró a mí.

Saltó de la cama.

Bajó las escaleras lentamente y cruzó la puerta de la casa de Antonia por última vez.

No tuve que meterlo en el transportín.

Caminó detrás de mí hasta la casa de al lado.

Aquella noche no se sentó frente a la puerta.

Durmió en el sillón de la ventana.

Con la cabeza apoyada sobre la bufanda verde.

Pensé que aquel sería el final.

Pero unas semanas más tarde ocurrió algo que cambió no solo la vida de Nico.

También cambió la mía.

Todo empezó con Tomás, el vecino del tercer piso.

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