No dormí bien en toda la semana, y no era solo por el ruido de patitas en el pasillo: era por el ruido en mi cabeza. Esta es la segunda parte de lo que conté, porque este fin de semana, por fin, hablamos. Y porque pasó algo pequeño —una escena simple, casi ridícula— que cambió el tono de todo.
El sábado por la tarde ordené la casa como si fuese a venir una inspectora. Barrí el sofá, cambié la funda, ventilé, pasé un paño por donde los gatos suelen rozarse. No por vergüenza, sino por nervios. Quería que Tomás no entrara ya predispuesto.
Antes de que llegara, me senté en el suelo del salón. Nico y Leo se acomodaron a mi lado como hacen siempre, uno contra mi muslo, el otro contra mi espalda. Moka se quedó a un metro, digno, con esa calma suya que no pide permiso pero tampoco lo invade todo.
Cuando sonó el timbre sentí el nudo otra vez. Abrí, y Tomás entró con una bolsa pequeña y una cara rara, como de “no sé por dónde empezar”. Nos dimos un beso corto, torpe. Él miró al pasillo, como si temiera un ejército.
—Hola —dijo, y se aclaró la garganta—. ¿Están… aquí?
—Están en su casa —respondí, y lo dije sin dureza, pero firme—. Y yo también.
Nos sentamos en la mesa de la cocina, la misma donde yo estudio y donde ellos, a veces, se suben a olfatear cuando hay pan. Dejé dos vasos de agua. Él sacó de su bolsa una cajita de pastillas y un spray nasal. No dijo nada al principio, como si le diera vergüenza.
—He estado leyendo —soltó al fin—. Y fui al médico. Me dio esto. No es magia, pero… quería intentarlo de verdad.
No supe qué contestar en ese momento. Porque una parte de mí quería abrazarlo y otra parte seguía con el cuerpo en alerta, como si cualquier frase pudiese devolvernos al punto de partida.
—Gracias —dije—. Eso significa algo.
Él asintió y miró la mesa, no mis ojos.
—Claudia, yo… no quiero que esto se convierta en una guerra. Pero tampoco quiero vivir ahogándome. Lo de la alergia es real.
—Lo sé —dije—. No lo he negado nunca.
—Y lo otro… —se pasó una mano por la frente—. Lo otro me supera. El sonido de noche, que se te peguen, que no pueda estar en paz. Me sentí extraño aquí.
Me mordí el labio. Noté cómo Nico levantaba la cabeza desde el salón, como si entendiera mi respiración.
—Tomás —dije, cuidando cada palabra—. Yo puedo adaptarme a rutinas, a higiene, a puertas, a horarios. Podemos crear un espacio para ti. Pero lo que me pediste… que dé en adopción a dos… eso no es un punto medio para mí. Eso es cruzar una línea.
Se quedó quieto. Tenía los ojos cansados, como si esa semana también le hubiese pesado.
—Lo dije porque… estaba desesperado —admitió—. En mi cabeza era “si se reduce, quizás aguanto”. No lo pensé como… como lo estás diciendo tú.
—Como una renuncia —dije—. Como si me pidieras arrancarme algo. No son objetos. No son un hobby. Son seres que dependen de mí. Y además, están unidos. Separarlos sería hacerles daño.
Tomás apretó la mandíbula. Por un segundo temí esa frase suya de “dramatizas”. Pero no la dijo. Respiró y, por primera vez, levantó la vista.
—Vale. Te escucho. De verdad. Dime qué propones. Porque yo también necesito sentir que tengo un lugar.
Ese “te escucho” fue pequeño, pero me aflojó algo por dentro. Me levanté, fui al salón, volví con una hoja donde había apuntado ideas: no una lista de reglas, sino un mapa.
—Propongo esto —dije, y puse la hoja entre los dos—. Si algún día convivimos, se puede hacer gradual. Primero, fines de semana. Después, semanas. Sin decisiones definitivas en caliente. Crear zonas: una habitación tuya donde no entren, y que sea sagrada. Poner rascadores y cosas para que descarguen fuera. Rutina nocturna: jugar un rato antes de dormir, comida a una hora fija, puerta cerrada con calma, no con enfado.
Tomás miró la hoja como si estuviera viendo un idioma nuevo. Pero no la empujó.
—¿Y si aun así no puedo? —preguntó, con una honestidad que me dolió y me alivió a la vez.
—Entonces será duro —dije—. Pero no voy a sacrificar a dos gatos para “probar”. Si no se puede, no se puede. Y eso no nos hace malos, pero sí nos obliga a elegir con verdad.
Hubo un silencio largo. Se oía el reloj de la cocina y, de fondo, el sonido de un juguete pequeño rodando: Leo lo empujaba con una pata, como si la vida siguiera sin pedir permiso a nuestras decisiones.
Tomás tragó saliva.
—Me asusta perderte —dijo.
Se me humedecieron los ojos, y odié ese detalle: odié que el amor, cuando duele, te vuelve blanda por dentro.
—A mí también —susurré—. Pero me asusta perderme a mí. Me asusta convertirme en alguien que abandona para encajar.
Él apretó los dedos alrededor del vaso.
—No quiero que seas otra. Te quiero como eres. Solo… me siento fuera. Siento que entro y ya hay una familia completa.
Eso me golpeó distinto. No era “odio a los gatos”. Era “no sé dónde encajo”. Y por primera vez vi su miedo sin transformarlo en enemigo.
—Podemos construir tu lugar sin destruir el de ellos —dije—. Pero necesito algo de ti. Respeto. No quiero verte hablándoles seco o apartándolos como si fueran una molestia. No por los gatos… por mí. Porque yo lo vivo como si me apartaras a mí.
Tomás cerró los ojos un segundo.
—Tienes razón —dijo—. Yo… reaccioné mal. Me sentí atacado y reaccioné atacando. No me gusta verme así.
Me quedé quieta. No sabía si creerlo o si era una frase bonita. Entonces, como si el universo tuviera humor, pasó lo inesperado: Moka apareció.
Entró en la cocina con su paso lento, ese paso de gato mayor que no tiene prisa ni se disculpa. Se acercó a Tomás. Y yo contuve el aliento, porque Moka suele mantener distancias con quien no conoce.
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