Pero necesitaba seguir escuchando.
Durante la siguiente hora llegaron más familiares.
Beatriz hablaba con cada uno por separado.
—Los médicos solo están prolongando lo inevitable.
—Elena no puede tomar decisiones racionales en ese estado.
—Si todos presentamos una postura unida, quizá acepte no someter a Lucía a más procedimientos.
—Tengo documentos preparados. Está tan cansada que firmaría cualquier cosa.
Hablaban de mis hijos como si repartieran muebles después de una mudanza.
Beatriz se quedaría con Mateo porque “tenía futuro”.
Andrés podría vigilarme para que no hiciera ninguna locura.
Mi madre permanecía callada.
Miraba sus manos.
No me defendió.
Lo peor ocurrió cuando Beatriz se acercó a Lucía.
Se inclinó sobre ella y le habló al oído.
—No te preocupes, cariño. Yo cuidaré de Mateo. Tendrá las oportunidades que tu madre nunca pudo darles.
Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas.
No las limpié.
Mi hija seguía viva.
Su corazón seguía latiendo.
Y mi hermana ya estaba escribiendo su despedida.
Pocos minutos después se abrió la puerta.
El médico entró acompañado por dos residentes y una enfermera llamada Clara, que siempre trataba a Lucía con una ternura especial.
La actitud de mis familiares cambió de inmediato.
Enderezaron la espalda.
Pusieron cara de preocupación.
Beatriz se colocó delante del médico.
—Elena está agotada. Quizá podamos hablar fuera y dejarla descansar.
—La conversación se refiere directamente al tratamiento de su hija —respondió él—. Necesito hablar con la madre.
Abrí los ojos y me incorporé.
La espalda me dolía por haber permanecido tanto tiempo inmóvil.
—Estoy despierta —dije—. ¿Qué ocurre?
El médico explicó que la inflamación se había estabilizado, pero seguía siendo peligrosa.
Existía una cirugía que permitiría aliviar la presión sobre el cerebro retirando temporalmente una parte del hueso y protegiendo la zona hasta que la inflamación disminuyera.
—Hay riesgos —advirtió—. Puede haber sangrado, infección o complicaciones. Pero también puede darle a Lucía la oportunidad que necesita.
—¿Cree que puede ayudarla?
—Sí. No puedo prometer el resultado, pero hemos visto recuperaciones importantes en niños de su edad.
—Entonces háganla.
Beatriz intervino antes de que el médico pudiera responder.
—Elena, no estás pensando con claridad. Incluso si sobrevive, podría necesitar ayuda toda su vida.
—Sigue siendo mi hija.
—También tienes que pensar en las deudas y en el futuro de Mateo. A veces dejar que la naturaleza siga su curso es lo más compasivo.
Mi tía Pilar asintió.
—No podrás trabajar en dos lugares y cuidar a una niña con graves secuelas.
Ramiro se acercó un poco más.
—¿Quieres que Lucía despierte para sufrir todos los días? Eso no sería amor. Sería egoísmo.
La habitación parecía encogerse.
Todos hablaban a la vez.
Todos tenían una opinión sobre la vida de mi hija.
Mi madre seguía sin levantar la mirada.
Andrés estaba junto a la ventana, con los puños cerrados y el rostro lleno de rabia, pero parecía demasiado desconcertado para encontrar las palabras.
Entonces el cuaderno de Mateo cayó al suelo.
El golpe fue pequeño.
Aun así, todos se callaron.
Mi hijo caminó hasta el centro de la habitación.
Sus piernas temblaban, pero mantuvo la espalda recta.
Miró directamente a Beatriz.
—Tía, ¿quieres que cuente lo que hiciste mientras mamá dormía?
El rostro de mi hermana perdió el color.
—¿De qué estás hablando, cariño?
—Yo te vi.
—Mateo está confundido —dijo Beatriz, dirigiéndose a los médicos—. Está asustado por su hermana.
—No estoy confundido.
La voz de Mateo salió más firme.
—Abriste el bolso de mamá. Sacaste sus papeles y les hiciste fotos. Fotografiaste las facturas, la cuenta del banco y el aviso de la luz.
Beatriz intentó reír.
—Quería ayudar a organizar las cosas.
—Después llamaste a un hombre y le dijiste que empezara a preparar documentos para demostrar que mamá no podía cuidarnos.
La habitación quedó en silencio.
Solo se escuchaban los pitidos constantes del monitor de Lucía.
El médico bajó lentamente la carpeta que sostenía.
La enfermera Clara dio un paso hacia Mateo, como si quisiera asegurarse de que nadie se acercara demasiado.
—Eso es absurdo —dijo Beatriz—. Un niño puede entender mal cualquier conversación.
—El mes pasado, cuando cuidaste de nosotros, me dijiste que mamá era débil —continuó Mateo—. Dijiste que, si un juez me preguntaba dónde quería vivir, debía elegir tu casa.
Mi hermana abrió la boca.
No salió ningún sonido.
—Me hiciste prometer que no se lo diría a mamá —añadió él—. Dijiste que era para no herir sus sentimientos.
—Solo estaba preparándote por si ocurría algo.
—No. Estabas mintiendo.
Mateo se quitó las gafas, se secó los ojos con la manga y volvió a colocárselas.
—Mamá no es débil. Trabaja en dos sitios y todavía nos ayuda con los deberes. Prepara nuestro almuerzo y siempre deja una nota. Cuando Lucía tuvo fiebre, mamá pasó toda la noche poniéndole paños fríos y cantando esa canción tonta de los delfines.
Algunos familiares bajaron la cabeza.
—Mamá lee con nosotros aunque se quede dormida a mitad de la página —siguió Mateo—. Vende sus cosas para comprar lo que necesitamos. A veces dice que ya comió, pero yo sé que guarda su parte para nosotros.
Me tapé la boca.
Yo creía que nunca se había dado cuenta.
Mateo metió la mano en el bolsillo y sacó un teléfono viejo con la pantalla agrietada.
Se lo había dado para que pudiera llamarme en una emergencia. Apenas mantenía la batería y solo servía para juegos sencillos, mensajes y grabaciones.
—Mamá dice que hay que decir la verdad y guardar pruebas cuando algo es importante —explicó—. Como la tía Beatriz seguía hablando mal de ella, la grabé.
Mi hermana avanzó hacia él.
—Dame eso ahora mismo.
El médico se interpuso.
—No se acerque al niño.
—Es una conversación privada.
—Primero vamos a escuchar lo que tiene.
Mateo me entregó el teléfono.
Mis manos temblaban tanto que tardé varios segundos en pulsar el botón.
La voz de Beatriz llenó la habitación.
Era clara.
No dejaba espacio para ninguna confusión.
“En cuanto logre que Elena sea considerada incapaz, podré quedarme con los niños. El seguro de vida de Daniel y el dinero de su herencia son una cantidad enorme”.
Sentí que el suelo desaparecía.
La grabación continuó.
“Elena todavía no sabe que Daniel murió en un accidente aéreo hace cinco semanas. Su representante me localizó porque aparezco como tutora sustituta. Le dije que yo me ocuparía de informar a la familia cuando llegara el momento adecuado”.
Las piernas dejaron de sostenerme.
Andrés me sujetó antes de que cayera.
—¿Daniel está muerto? —pregunté.
Las palabras apenas salieron de mi boca.
Beatriz parecía haberse convertido en piedra.
—Pensaba decírtelo.
—¿Cuándo? —rugió Andrés—. ¿Después del funeral de Lucía? ¿Después de quitarle también a Mateo?
El audio seguía reproduciéndose.
“Daniel no se volvió a casar. Llevaba más de un año en tratamiento y estaba intentando reconstruir su vida. Quería recuperar la relación con los niños. Todo queda para ellos, con Elena como administradora, salvo que se determine que no puede cuidarlos. En ese caso, yo quedaría como responsable”.
Recordé el día del divorcio.
Beatriz se había ofrecido como tutora sustituta.
Dijo que serviría para demostrar que los niños tenían apoyo familiar si me ocurría algo.
Yo le di las gracias.
Creí que me estaba ayudando.
Mateo buscó otra grabación.
—Esta fue cuando nos cuidó el mes pasado.
La voz de Beatriz volvió a escucharse.
“Tu madre se esfuerza, Mateo, pero no puede darte la vida que mereces. En mi casa tendrías tu propia habitación, una computadora y todo lo que quisieras. Si alguien te pregunta con quién prefieres vivir, debes decir que conmigo”.
En la grabación, la voz pequeña de Mateo preguntaba:
“¿Y mamá?”
“Ella lo entenderá algún día. Sabe que no puede cuidaros como debería”.
El médico dejó su carpeta sobre una mesa.
—Señora Beatriz, debe abandonar la unidad.
—Esto es un asunto familiar.
—En este hospital, la seguridad de los pacientes y de los menores no es negociable. Ya han llamado al personal de vigilancia.
Mi tía Pilar miró a Beatriz con repulsión.
—No te preocupaban los niños. Te preocupaba el dinero.
—Todos estaban de acuerdo conmigo —respondió mi hermana, desesperada—. Todos dijeron que Elena no podía manejar su vida.
—Creíamos que querías ayudar —dijo Ramiro—. No sabíamos que ocultabas la muerte de Daniel para quedarte con la herencia.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






