Ramón desapareció tres días y volvió con la deuda de toda una calle

La nota seguía en mi cajón de la cocina, pero lo que vino después me costó bastante más que ocho sobres de atún.

Me costó rutina.

Me costó costumbre.

Y, sobre todo, me costó entender que Ramón ya no era solo mi gato.

Durante unas semanas, todo fue más o menos fácil.

Yo salía de trabajar, pasaba por casa, cogía una bolsa con algo de merienda y me acercaba a ver a Carmen. A veces llegaba antes que Ramón. A veces no. A veces, cuando doblaba la esquina, ya lo veía plantado delante de su puerta como un señor con cita fija, esperando a que le abrieran.

Ella decía que tenía reloj en los bigotes.

Yo decía que tenía cara dura en las patas.

Y así nos íbamos apañando.

Carmen había empezado a dejar la silla fuera un poco antes, incluso en días frescos. Yo llegaba y ella ya tenía la puerta entornada, como si esperara corriente, pero en realidad estuviera esperando compañía.

Nos sentábamos un rato.

Hablábamos de poca cosa.

Y, sin darnos cuenta, hablábamos de bastante.

Me contó que de joven había sido muy habladora, de esas personas que hacían amigas hasta en la cola del pan. Luego vinieron los años de cuidar, de correr, de llegar a todo. Después la enfermedad de su marido. Después el silencio.

Hay silencios que entran poco a poco.

Y hay otros que se te instalan de golpe y ya no saben irse.

El de Carmen, por lo que entendí, era de los que se quedan.

A veces me daba cuenta de que llevaba diez minutos seguidos hablando yo solo, contándole cualquier tontería del trabajo o del barrio, y ella me miraba con una media sonrisa, como si le gustara más el sonido de una conversación que el tema en sí.

Eso me dio mucha pena al principio.

Luego me dio más bien rabia.

No contra nadie en concreto.

Contra esa manera que tiene la vida de ir quitándole ruido bueno a la gente sin que nadie se dé cuenta.

Ramón, en cambio, no parecía afectado por nada.

Seguía cruzando de una casa a otra con la seguridad de quien cree que el mundo entero le pertenece por derecho. Dormía donde mejor le venía, comía donde más le convenía y recibía mimos como si fueran un impuesto vecinal.

Lo peor es que le salía bien.

Hasta que dejó de salirle tan bien.

Fue una tarde de lluvia fina, de esas que encharcan sin parecer gran cosa.

Yo llegué más tarde de lo normal. Había atasco, estaba cansado y encima venía pensando que seguro que Ramón se habría adelantado, como siempre, a su segunda cena extraoficial.

Pero la silla de Carmen estaba vacía.

La puerta cerrada.

Y Ramón, sentado justo delante, sin maullar.

Eso ya me puso en alerta.

Ese gato solo estaba callado cuando dormía o cuando algo no le gustaba.

Me acerqué y llamé.

Nada.

Volví a llamar, más fuerte.

Nada otra vez.

Entonces Ramón empezó a rascar la parte baja de la puerta y a mirar hacia mí con una insistencia que me revolvió el estómago.

No me puse dramático.

Todavía no.

Primero pensé que Carmen habría salido a comprar algo, o que estaría en la ducha, o echándose una siesta de las largas. Pero la persiana del salón estaba medio bajada, como siempre al atardecer, y la luz de dentro estaba encendida.

Llamé a su móvil.

Se oía sonar dentro.

Ahí fue cuando se me secó la boca.

Recuerdo el ruido de la lluvia en el toldo del portal de al lado.

Recuerdo a Ramón arañando otra vez.

Recuerdo que dije su nombre, “Carmen”, más alto, como si de pronto el volumen pudiera arreglar algo.

Nada.

Ni un paso.

Ni una respuesta.

La vecina de enfrente abrió un poco su ventana al verme insistir. Me dijo que no la había visto en toda la tarde. Que por la mañana sí. Que había barrido la puerta y regado las macetas.

Que luego, ya no.

No me gusta meterme donde no me llaman.

Pero tampoco me gusta mirar hacia otro lado cuando algo huele mal.

Llamé a emergencias.

Lo expliqué como pude, con esa sensación absurda de estar exagerando y, a la vez, de llegar tarde. Dijeron que mandarían a alguien.

Los minutos que siguieron fueron larguísimos.

Ramón se quedó inmóvil junto a la puerta, empapándose sin moverse un centímetro.

Yo intenté parecer tranquilo.

No lo estaba.

Cuando por fin llegaron y entraron, yo ya tenía el corazón tan arriba que me molestaba hasta respirar.

No voy a dar detalles porque no hacen falta.

Solo diré que Carmen estaba en el suelo de la cocina.

Consciente, pero muy mareada.

Se había caído al levantarse de la silla y no había conseguido incorporarse ni llegar al teléfono.

Dijeron que, dentro de lo malo, habíamos tenido suerte.

Yo pensé otra cosa.

Pensé que no había sido suerte.

Pensé que Ramón llevaba un rato avisando.

Aquella noche no dormí bien.

Volví a casa con el transportín vacío, porque el muy sinvergüenza se había negado a separarse de la manta de Carmen y tuve que recogerlo más tarde, cuando una vecina me ayudó. Llegué a mi salón, me senté en el sofá y me quedé mirando la nota del cajón, que había sacado casi sin pensar.

SU GATO ME DEBE.

La leí tres veces.

Y por primera vez no me hizo gracia.

Me hizo un nudo en la garganta.

A la mañana siguiente fui al hospital con una bolsa de aseo, una rebeca, sus gafas y el cargador del móvil. No me lo había pedido nadie. Pero alguien tenía que hacerlo.

Carmen me vio entrar y me dijo:

“Has traído media casa.”

Yo le contesté:

“Peor fue lo suyo con el atún.”

Se rió.

Y ahí supe que seguía siendo ella.

Tenía un golpe feo en la cadera, una muñeca vendada y un susto que no le cabía bien en la cara. Aun así, intentó quitarle importancia a todo. Que si había sido una tontería. Que si estaba bien. Que si no hacía falta tanto revuelo.

La gente de cierta edad pide perdón hasta por ponerse mala.

Eso también debería darnos vergüenza a los demás.

Me senté a su lado y estuvimos un rato sin hablar demasiado.

A veces la compañía buena consiste justo en eso.

En no obligar al otro a rellenar el silencio.

Antes de irme, me preguntó por Ramón.

Le enseñé una foto que le había hecho esa mañana, tumbado en mi cama como si la noche de hospital la hubiera pasado él.

La miró un buen rato.

“Dale un premio de mi parte.”

“Eso va contra todas sus normas educativas.”

“Pues que no lo sepa.”

Los días siguientes fueron una especie de ida y vuelta entre mi casa, el trabajo y el hospital.

No era cómodo.

No era práctico.

Pero tampoco me parecía una carga.

Eso fue lo que más me sorprendió.

Que algo pudiera alterar tanto mi rutina y, aun así, hacerme sentir que estaba donde tenía que estar.

La hija de Carmen llegó al segundo día.

Se llamaba Laura.

Venía de otra ciudad, con cara de culpa, la maleta mal cerrada y el móvil sonando cada cinco minutos. Era amable, educada, rápida al hablar. De esas personas que parecen vivir siempre con media cabeza en otra parte.

Me dio las gracias tantas veces que acabó poniéndome incómodo.

“De verdad, no sé qué habría pasado si usted no llega a estar pendiente.”

Yo miré a Ramón, que me esperaba en casa ajeno a todo, y dije la verdad:

“No fui yo solo.”

Laura sonrió por educación.

Se notaba que pensaba que yo intentaba ser humilde.

No insistí.

Hay cosas que, si no has vivido, suenan ridículas.

Carmen estuvo ingresada casi una semana.

Cuando por fin pudo volver a casa, Laura tomó una decisión que, en teoría, tenía toda la lógica del mundo.

Y en la práctica nos dejó a todos torcidos.

Quería llevársela con ella.

“No para siempre”, dijo la primera vez que lo habló delante de mí. “Solo una temporada. Hasta que se recupere. Allí puedo estar pendiente.”

Carmen apretó los labios.

Yo me concentré mucho en remover un café que ya tenía el azúcar deshecho.

“Además”, siguió Laura, “estar sola aquí ya no es buena idea.”

Sola.

La palabra se quedó en el aire como algo sucio.

Carmen no contestó enseguida.

Miró por la ventana.

Miró su salón.

Miró a Ramón, que en ese momento dormía en su butaca sin sospechar que estaban discutiendo, indirectamente, una parte importante de su agenda.

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