Ana giró ligeramente la cabeza.
Durante un instante, sonrió.
Luego siguió caminando.
Al llegar a la cabina, el médico estaba arrodillado junto al capitán.
El hombre permanecía inconsciente, con la camisa abierta y varios sensores colocados sobre el pecho.
El copiloto se llamaba Raúl.
Tendría poco más de treinta años.
Tenía una herida en la frente y sostenía los controles con una sola mano. La otra estaba apoyada contra su pecho.
—El capitán se desplomó —explicó entre respiraciones cortas—. Durante la turbulencia me golpeé el hombro. Apenas puedo mover el brazo.
Una alarma sonó.
Raúl miró los instrumentos.
—El piloto automático está fallando de forma intermitente. Tenemos una tormenta delante y debemos desviarnos, pero no puedo hacerlo solo.
Entonces vio a Ana.
Su mirada recorrió la sudadera, los vaqueros y las zapatillas gastadas.
—¿Ella es la piloto?
—Dice que fue piloto militar e instructora —respondió Javier.
Raúl frunció el ceño.
—Necesito alguien que conozca una aeronave comercial.
Ana se acercó al panel.
Observó las pantallas, los indicadores y la posición de los mandos.
—Este modelo comparte sistemas con dos transportes en los que trabajé como instructora.
Raúl no parecía convencido.
—Eso no significa que pueda aterrizarlo.
Ana señaló un indicador.
—El sistema hidráulico secundario está perdiendo presión.
Raúl miró la pantalla.
Su expresión cambió.
No lo había visto.
Ana señaló otro dato.
—Y estamos entrando demasiado rápido en la zona de tormenta.
Raúl guardó silencio.
—Siéntese —dijo finalmente.
Ana dejó la mochila detrás del asiento y ocupó el lugar del capitán.
Sus manos se movieron por los controles sin vacilar.
No buscaba botones.
Sabía dónde estaban.
Comprobó la velocidad, la altitud, el combustible, el rumbo, los sistemas hidráulicos y el estado del piloto automático.
—Necesito que mantengas la comunicación con control —dijo a Raúl—. Yo estabilizaré el avión.
Raúl la miró.
—¿Cómo se llama?
—Ana Molina.
—¿Rango anterior?
Ana dudó.
—Comandante.
La respuesta hizo que Javier levantara la vista.
Ana desconectó el piloto automático justo cuando el sistema emitía otra alarma.
El avión respondió con un movimiento brusco.
En la cabina de pasajeros se escucharon gritos.
Ana sostuvo los mandos con firmeza.
Su rostro permanecía tranquilo, pero su respiración se hizo más lenta.
Uno, dos, tres.
Pausa.
Uno, dos, tres.
Raúl la observó.
—Estaba contando antes de entrar.
—Es una costumbre.
—¿De dónde?
Ana no respondió.
Ajustó el rumbo y redujo la velocidad.
El avión comenzó a estabilizarse.
Raúl se colocó los auriculares.
—Control, solicitamos desvío inmediato. Capitán incapacitado. Copiloto lesionado. Tenemos una piloto cualificada prestando asistencia.
La radio respondió con instrucciones.
Ana tomó el micrófono.
—Control, aquí Víbora Nocturna Doce. Solicito un corredor de emergencia y descenso prioritario.
Raúl giró la cabeza.
—¿Qué ha dicho?
La radio quedó en silencio.
Un segundo.
Dos segundos.
Cinco.
Entonces una voz masculina regresó por el altavoz.
—Repita su identificación.
Ana apretó el micrófono.
—Víbora Nocturna Doce.
Hubo otra pausa.
—Eso es imposible —respondió el controlador—. Esa piloto fue declarada fallecida hace cinco años.
Raúl se quedó inmóvil.
Javier abrió los ojos.
El médico que atendía al capitán levantó la cabeza.
En la cabina de pasajeros, algunas personas habían escuchado la conversación a través de la puerta abierta.
La noticia se extendió en susurros.
—Han dicho que estaba muerta.
—¿Quién es esa mujer?
—¿Por qué usaría ese nombre?
Julián se puso de pie.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Víbora Nocturna Doce —murmuró—. Recuerdo ese distintivo.
El hombre sentado junto a él lo miró.
—¿Quién era?
—Una de las mejores pilotos de su generación. Su avión cayó durante una misión de evacuación. Encontraron restos, pero nunca el cuerpo.
—¿Y cómo puede estar aquí?
Julián negó lentamente.
—Eso quisiera saber yo.
Ana ignoró las reacciones.
—Control, la identificación es correcta. Podemos aclararlo en tierra. Ahora necesito un desvío seguro.
El controlador recuperó la calma.
—Recibido. Aeropuerto alternativo preparado. Equipos de emergencia en posición.
Una masa roja ocupaba gran parte de la pantalla meteorológica.
Raúl respiró con dificultad.
—La tormenta ha crecido. No podemos atravesarla.
—Tampoco podemos regresar —respondió Ana—. El sistema hidráulico está empeorando.
—Hay un espacio al oeste.
—Es demasiado estrecho.
—Es lo único que tenemos.
Ana estudió el radar.
Recordó otra pantalla.
Otra noche.
Otra cabina.
Cinco años antes, volaba junto a su esposo, Daniel, en una misión de evacuación sobre una zona montañosa.
Su aeronave había recibido el impacto de fragmentos durante una explosión.
Daniel volaba detrás de ella.
—Sigue, Ana —le había dicho por radio—. Yo te cubro.
—No pienso dejarte.
—Lleva a esas personas a casa.
La señal se cortó.
La explosión iluminó el cielo.
Ana consiguió aterrizar lejos de la base, herida y sin comunicaciones. Permaneció semanas aislada en una clínica rural mientras todos la daban por muerta.
Cuando logró regresar, Daniel ya había sido enterrado.
La misión estaba cerrada.
Su nombre figuraba entre los fallecidos.
Ana no quiso ceremonias, entrevistas ni medallas.
Dejó el servicio.
Desapareció de la vida pública.
Vendió casi todo lo que tenía y comenzó a trabajar reparando avionetas en pequeños aeródromos.
Solo conservó una fotografía, el anillo de Daniel y el pequeño avión metálico de su mochila.
La voz de Raúl la devolvió al presente.
—Ana, necesitamos decidir ahora.
Ella observó nuevamente la tormenta.
—Entraremos por el borde oeste.
—Control dice que la ventana es mínima.
—Entonces no desperdiciaremos ni un segundo.
En la cabina de pasajeros, el avión volvió a sacudirse.
Las luces parpadearon.
Clara apretó el cinturón.
—Esto no está funcionando.
Arturo se levantó a medias.
—¡Quiero hablar con el copiloto!
Javier salió de la cabina y bloqueó el pasillo.
—Siéntese.
—Esa mujer puede estar mintiendo.
—Está estabilizando el avión.
—No sabemos quién es.
Julián levantó la voz desde atrás.
—Sabemos que acaba de evitar que perdiéramos miles de metros de altura.
Arturo lo miró con desprecio.
—¿Y usted cómo puede saberlo?
—Porque trabajé cuarenta años alrededor de aviones. Y porque conozco la diferencia entre una persona que presume y una persona que sabe lo que hace.
Clara levantó el teléfono.
—La gente tiene derecho a saber quién está pilotando.
—La gente tiene derecho a no interferir —respondió Javier.
Sonia se puso de pie.
—Yo pagué una cantidad considerable por este billete. Exijo garantías.
Lucía miró a su madre.
—Mamá, ¿por qué hablan del dinero ahora?
Teresa no pudo contestar.
La niña continuó:
—El dinero no puede pilotar el avión.
Varias personas la escucharon.
Nadie respondió.
El avión se inclinó hacia la izquierda.
La tormenta apareció al otro lado de las ventanillas como una pared oscura.
Los relámpagos iluminaban las nubes desde dentro.
Ana sujetó los mandos.
—Raúl, confirma altitud mínima.
—Confirmada.
—Potencia.
—Estable.
—Presión hidráulica.
—Bajando.
—Avísame si cruza el límite.
El avión entró en la primera capa de nubes.
La cabina comenzó a vibrar.
Un carro de servicio golpeó una pared en la parte trasera.
Los pasajeros gritaron.
Arturo se agarró al asiento.
—¡Esto es una locura! ¡No pienso morir por culpa de una desconocida!
Clara lloraba mientras sostenía el teléfono.
—Tal vez deberían dejar que el copiloto se encargue.
Julián cerró los ojos.
—El copiloto está herido.
—¿Y ella qué es? —gritó Sonia—. ¿Un fantasma?
Lucía respondió desde su asiento.
—Es la persona que está intentando salvarnos.
La voz de la niña fue pequeña.
Pero todos la oyeron.
En la cabina de mando, una alarma comenzó a sonar.
—Presión hidráulica por debajo del límite —anunció Raúl.
Ana redujo la potencia y corrigió el rumbo.
El avión descendió más de lo previsto.
Raúl intentó ayudar con el brazo lesionado y lanzó un gemido.
—No lo fuerces —ordenó Ana.
—No puedes hacerlo sola.
—Ya lo hice antes.
Raúl la miró.
—¿En combate?
Ana mantuvo la vista al frente.
—Con gente esperando volver a casa.
Un relámpago iluminó toda la cabina.
La pantalla principal parpadeó.
Durante dos segundos, una parte de los instrumentos quedó negra.
Raúl dejó escapar una maldición.
Ana no reaccionó.
Pasó a los indicadores secundarios y mantuvo el rumbo manualmente.
Sus labios se movían.
—Uno, dos, tres.
Pausa.
—Uno, dos, tres.
Raúl comprendió que no era miedo.
Era un procedimiento.
Una forma de mantener la mente ordenada mientras todo alrededor se convertía en caos.
—Hay una corriente descendente —advirtió.
—La siento.
—Estamos perdiendo altura.
—Más potencia.
—La presión no aguantará.
—Solo necesito seis segundos.
El avión tembló con violencia.
Varias máscaras de oxígeno se soltaron por error en una fila.
Los pasajeros lloraban, rezaban o se abrazaban.
Teresa cubrió la cabeza de Lucía con los brazos.
—No tengas miedo.
—No tengo miedo de ella —respondió la niña—. Tengo miedo de que no la dejen trabajar.
Javier permanecía junto a la puerta.
Arturo intentó avanzar.
—Apártese.
—Vuelva a su asiento.
—Soy una persona importante. Tengo una reunión mañana y responsabilidades que atender.
Javier lo miró con incredulidad.
—En este momento todos somos iguales, señor.
Arturo se quedó sin palabras.
Dentro de la cabina, Ana contó los segundos.
—Cuatro.
El avión seguía descendiendo.
—Cinco.
Raúl miró la altitud.
—Ana…
—Seis.
Ana cambió el ángulo, redujo una palanca y aprovechó una corriente lateral.
El avión dejó de caer.
La nariz subió lentamente.
Las vibraciones comenzaron a disminuir.
En la pantalla apareció una franja estrecha sin tormenta.
—Ahí está —dijo Ana.
Raúl no apartaba los ojos de ella.
—Encontraste el corredor.
—Todavía no hemos salido.
Durante los siguientes minutos, Ana guio el avión entre dos masas de nubes.
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