A la mañana siguiente, Rufino seguía pegado a mi pierna, y yo entendí que la noche anterior no había sido un accidente.
Me desperté casi sin atreverme a moverme.
Tenía la espalda torcida, la pierna dormida y el cuello fatal por haber pasado media noche en una postura ridícula. Pero lo primero que hice fue mirar hacia abajo.
Ahí seguía.
Hecho una bola tibia, con el hocico casi escondido contra mi pantalón, respirando hondo como si llevara toda la vida durmiendo en aquel sofá viejo.
Me quedé quieto un momento más.
No quería romper aquello demasiado deprisa. Había algo en la forma en que dormía, tan entregado, tan rendido al descanso, que daba la impresión de estar recuperando sueño atrasado de meses. O de años.
Al final debí de mover un pie, porque abrió un ojo.
Solo uno.
Me miró con esa cara seria de gato mayor, como si todavía no tuviera del todo claro quién era yo ni qué normas regían aquella casa. Pero no salió corriendo. No se apartó. Ni siquiera se tensó.
Solo levantó un poco la cabeza, parpadeó y volvió a bajarla.
Eso me hizo sonreír yo solo, ahí, como un idiota.
Hacía mucho tiempo que no me despertaba con algo vivo confiando en quedarse.
Esperé un rato más antes de levantarme. Cuando por fin lo hice, Rufino tardó unos segundos en incorporarse. Se estiró despacio, con esa rigidez prudente de los cuerpos que ya no son jóvenes, y bajó del sofá con menos elegancia todavía que la noche anterior.
Cayó algo torcido, se recolocó, y me siguió hasta la cocina.
No pegado a mí.
Pero sí detrás.
A una distancia de seguridad que no era miedo del todo. Más bien parecía la distancia de quien quiere comprobar si de verdad vas donde parece que vas.
Le puse agua limpia y algo de comida.
Esta vez no me miró tanto antes de empezar. Seguía comiendo con cautela, haciendo pausas raras, levantando la cabeza entre bocado y bocado como si esperara que alguien apareciera a quitárselo. Pero había un cambio pequeño.
No era pánico.
Era costumbre.
Y las costumbres, pensé, tardan más en desaparecer que el hambre.
Yo me preparé café y me quedé apoyado en la encimera, observándolo sin que se notara demasiado. El salón seguía siendo el mismo. La lámpara seguía parpadeando de vez en cuando. La casa seguía teniendo ese aire modesto y un poco cansado de siempre.
Pero ya no parecía vacía.
Era una cosa mínima. Un cuenco en el suelo. Un gato viejo caminando despacio por el pasillo. El sonido de sus uñas tocando el suelo al girar la esquina.
Y aun así, lo cambiaba todo.
Ese primer día no hice gran cosa.
Tenía algunas cosas pendientes, compré un arenero, una manta suave y un cepillo que me pareció menos amenazante que los otros, y volví a casa con una prisa absurda, como si llevara allí a un niño pequeño en vez de a un gato viejo que probablemente estaría mejor sin mis nervios.
Cuando abrí la puerta, lo primero que pensé fue que no lo veía.
Y se me encogió el estómago.
Lo llamé una vez.
—Rufino.
Nada.
Dejé la bolsa en el suelo y volví a llamarlo, esta vez más bajo, como si hablar fuerte pudiera empeorarlo todo.
Entonces salió despacio de debajo de la mesa del salón.
No parecía asustado. Solo alerta. Como si todavía no supiera del todo si las puertas que se cierran significan abandono o simplemente que uno vuelve más tarde.
Se acercó un poco, olfateó la bolsa y luego me olfateó a mí.
Yo no sé explicarlo bien, pero aquello me dolió.
Porque comprendí que no estaba comprobando qué había comprado. Estaba comprobando si era yo. Si de verdad había vuelto.
Me agaché y le dije:
—Sí, soy yo. Ya estoy aquí.
No sé si lo entendió.
Pero se rozó una vez contra mi pantalón y luego se fue hacia la cocina como si el asunto quedara resuelto.
La primera vez que lo cepillé fue esa misma tarde.
No mucho. Dos pasadas. Tres como mucho.
Se dejó hacer con una dignidad cansada que me partió el alma. Debajo del pelo áspero había más de lo que se veía a simple vista: nudos viejos, una piel demasiado fina en algunas zonas, una cicatriz pequeña cerca del hombro, como una raya blanca enterrada entre el pelaje apagado.
Cuando el cepillo llegó a un punto sensible, giró la cabeza hacia mí.
No me bufó. No me arañó.
Solo me miró.
Fue peor.
Aquella mirada no decía “me haces daño”. Decía “por favor, no me falles también tú”.
Le pedí perdón en voz baja y seguí con más cuidado.
A partir de ahí empezamos a aprendernos.
Yo aprendí que le gustaba dormir con una pata tocándome, aunque fuera apenas un roce. Que no le hacía ninguna gracia que me encerrara en el baño y se quedaba fuera, en silencio, esperando. Que al oír el ascensor del edificio levantaba la cabeza de golpe, como si el cuerpo aún no distinguiera bien entre peligro y rutina.
Y aprendí otra cosa.
La lluvia lo ponía nervioso.
La primera noche que llovió fuerte estaba en el sofá leyendo, con la tele apagada, cuando oí aquel chaparrón contra las ventanas. No era una tormenta terrible, solo agua cayendo con ganas, arrastrando el ruido del tráfico y ese eco húmedo que sube desde la calle.
Rufino, que dormitaba a mi lado, se incorporó de golpe.
Se quedó completamente quieto.
Luego bajó del sofá y se metió debajo de la mesa baja del salón, pegado a la pared.
No quiso comida. No quiso que lo tocara.
Solo se quedó ahí, con los ojos abiertos y las orejas vueltas hacia el cristal, como si cada golpe de agua le recordara algo que yo no podía arreglar.
Me senté en el suelo, no demasiado cerca.
No intenté sacarlo. No intenté convencerlo de nada. Solo me quedé con él.
Al cabo de un rato empecé a hablar.
Le conté tonterías. Que la lámpara seguía igual de mal. Que un vecino del tercero volvía a arrastrar la silla a unas horas indecentes. Que yo tampoco había sido nunca gran cosa llevando las cosas solo.
No estaba diciendo nada importante.
Pero quizá no era eso lo que hacía falta.
A veces, cuando uno ha pasado demasiado tiempo sobreviviendo, lo importante no es que le resuelvan la vida. Es notar que alguien se queda.
La lluvia tardó en aflojar.
Yo llevaba ya bastante tiempo sentado en el suelo cuando vi que Rufino movía una pata. Luego la otra. Después asomó un poco la cabeza.
No salió del todo hasta que el ruido en la calle bajó.
Y cuando lo hizo, no se fue al otro extremo de la casa. Vino hacia mí. Muy despacio. Con prudencia. Con esa forma tan suya de avanzar como si cada paso tuviera memoria.
Se apoyó contra mi rodilla y se quedó ahí.
Aquella noche no durmió pegado a mi pierna en el sofá.
Durmió encima de la manta nueva, con el cuerpo tocando mi zapatilla.
Supongo que, para algunos, eso parecerá poca cosa.
Para mí fue muchísimo.
Los días empezaron a coger forma.
Yo me levantaba. Le ponía comida. Abría un poco la ventana de la cocina para que entrara aire sin que se quedara frío todo el piso. Me preparaba café. Y, mientras hacía cualquier cosa, él aparecía.
A veces en la puerta de la cocina.
A veces en mitad del pasillo.
A veces en el respaldo del sofá, observándome con esa cara de señor mayor al que la vida ha vuelto desconfiado, pero no del todo cerrado.
Había momentos que me enternecían de una manera casi ridícula.
La primera vez que usó el arenero y luego vino al salón con aspecto satisfecho, como si hubiera cumplido una obligación importante. La primera vez que se quedó dormido panza arriba, apenas un poco, no del todo, pero lo suficiente para enseñar una rendición mínima.
La primera vez que oí un ronroneo.
Ni siquiera fue un ronroneo limpio. Más bien un motor viejo arrancando a trompicones. Algo bajito, indeciso, como si su propio cuerpo hubiera olvidado cómo se hacía eso.
Yo estaba acariciándole el lomo, justo donde ya sabía que no le molestaba, y de pronto noté aquella vibración.
Me quedé tan quieto que se cortó.
Luego seguí.
Y volvió.
No le dije nada. Pero se me llenaron los ojos de agua como a un tonto.
A la semana siguiente lo llevé a revisión.
Nada dramático. Era algo que había que hacer, y punto.
Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia.






