Si en la primera parte aprendí a querer a Niebla a un metro de distancia, en la segunda aprendí algo más difícil: qué hacer cuando la vida, de golpe, te obliga a acercarte. Porque el cariño tranquilo funciona… hasta que una puerta se queda mal cerrada y el mundo se mete en tu casa sin pedir permiso.
El primer aviso llegó un viernes, a finales de otoño, cuando el edificio empezó a sonar distinto. No eran los ruidos habituales de vecinos y ascensores, sino golpes sordos, arrastres, voces en el rellano. Una reforma en el piso de arriba, me dijo el portero con esa resignación de quien ya lo ha vivido.
A Niebla no le hizo falta que nadie se lo explicara. En cuanto retumbó el primer taladro, desapareció como si se hubiera apagado una luz. Lo busqué con la mirada y solo vi una sombra deslizándose hacia el dormitorio, pegada a la pared, como si el aire también pudiera hacerle daño.
Antes yo habría ido detrás, habría abierto armarios, habría intentado “tranquilizarlo” a mi manera. Esa palabra, tranquilizar, a veces significa otra cosa: tranquilizarme yo. Aquella vez no hice nada, solo bajé el volumen del mundo lo que pude, cerré puertas suaves, y dejé que el ruido pasara como pasa la tormenta.
Durante dos días, la casa volvió a ser aquella guerra fría del principio, pero sin agresividad. Niebla se movía de noche, comía poco, bebía lo justo, y el resto del tiempo era ausencia.
Yo me repetía que era temporal, que no había retroceso, solo miedo. Me lo decía como me digo a mí mismo que un fallo en una base de datos no es el fin del mundo, solo un problema más que pide paciencia.
El lunes por la mañana, a las siete y media, sonó el timbre.
Yo estaba medio dormido, con el café aún sin hacer, y abrí sin pensar demasiado. En el rellano había un hombre con una caja de herramientas, y detrás, otro con un rollo de plástico. Olían a polvo y prisa.
—Somos los de la tubería. Hay una fuga y nos dicen que viene de su baño.
Fue una frase simple, pero en mi cabeza se encendió una alarma. Una fuga. Gente entrando. Ruido dentro. Puertas abiertas. El tipo de caos que a Niebla le costaba un mundo perdonar.
—Un momento —dije—. Déjenme guardar al gato.
No sabía ni dónde estaba.
Recorrí el piso en silencio rápido, sin abrir armarios a lo bruto, sin levantar mantas como quien levanta trampas. Al final lo vi: detrás de la lavadora, encajado en un hueco mínimo, con los ojos amarillos como dos señales de tráfico en la oscuridad. No bufó, no atacó, solo me miró con esa fijeza que no era desafío, era cálculo.
Me agaché despacio, a distancia, y respiré hondo. “No lo invadas”, me recordé. Pero también: “No puedo dejar la puerta abierta con extraños entrando y saliendo.”
—Niebla… voy a hacer algo que no te va a gustar —susurré—. Lo siento.
No intenté meter la mano. Fui al armario del pasillo y traje el transportín, ese mismo que al principio era una palabra fea. Lo dejé en el suelo, abierto, y me senté a un metro, como siempre. Ni más cerca, ni más lejos.
Los hombres esperaban fuera, impacientes, hablando por teléfono. Yo, en el suelo del baño, le hablé al gato como se habla a alguien que entiende más de lo que parece.
—No voy a tocarte. Te lo juro. Solo necesito que estés aquí dentro un rato, para que nadie te asuste.
Niebla parpadeó una vez, lento, y luego apartó la mirada. No era un sí, pero tampoco era un no.
Puse dentro del transportín una manta vieja que ya olía a casa, a nuestro olor mezclado, y alejé la mano como si la manta quemara. Me quedé quieto. Esperé.
Los minutos se estiraron. El ruido del rellano era un martillo en mi nuca. Yo no quería fallar, no otra vez, no por prisa. Y entonces Niebla salió de su hueco como una sombra que se rinde, caminó despacio, olió la manta, olió el aire, y se metió dentro.
No me miró. No me “perdonó” con un gesto bonito. Solo eligió lo menos malo. Y para mí, en ese momento, fue un milagro.
Cerré la puerta del transportín con cuidado, sin golpe, y solo entonces abrí a los hombres.
Trabajaron una hora larga. Cortaron el agua, hicieron ruido, se quejaron del estado de las tuberías como si el edificio tuviera culpa. Yo asentía, ofrecía un vaso de agua, hacía de adulto responsable con una calma que no sentía. Todo el tiempo, en el salón, el transportín estaba junto a mí como una caja con un corazón dentro.
Cuando por fin se fueron, el piso quedó en ese silencio raro que dejan las cosas rotas cuando se arreglan. Me acerqué al transportín y me senté en el suelo, sin abrirlo aún. No quería que pensara que “hacer caso” significaba perder control.
—Gracias —le dije, y me sorprendió lo serio que sonó.
Abrí la puerta y me aparté.
Niebla tardó en salir. Primero asomó la cabeza, luego una pata, luego el cuerpo entero, tenso como un alambre. Caminó dos pasos y se detuvo. Me miró una vez, una sola, y se fue a su sitio. Pero esa noche, por primera vez en semanas, se sentó en el otro extremo del sofá mientras yo cenaba.
Como si me estuviera diciendo: “Has hecho lo que tenías que hacer… y no me has traicionado.”
Esa sensación me duró poco, porque la vida tiene un talento especial para elegir el peor momento.
Al día siguiente volví tarde del trabajo. Fue uno de esos días de reuniones interminables y tareas urgentes que nadie agradece, un día de “hay que resolverlo ya” como si todo se fuese a hundir si no respondes al instante. Yo volvía con la mente llena de números y la espalda rígida, pensando solo en ducharme y callar el mundo.
En el rellano me crucé con una vecina que apenas conocía. Me miró con cara de susto.
—Oye… ¿tú tienes un gato gris?
El corazón se me bajó al estómago.
—Sí. ¿Por qué?
—He visto uno bajando las escaleras. Se ha metido entre las plantas del portal y ha salido corriendo cuando he querido acercarme.
No recuerdo ni cómo abrí la puerta. Entré, dejé la mochila, miré el sofá, miré el pasillo. Silencio. El cuenco estaba casi lleno. El piso estaba demasiado quieto.
La puerta. La maldita puerta. Por la mañana, con los de la tubería, con el ir y venir… ¿habría quedado mal cerrada? ¿Habría aprovechado un segundo?
Me quedé quieto en el salón, como se queda uno cuando teme gritar y que el grito lo confirme. Y entonces, desde la calle, llegó un sonido pequeño, apenas audible, como una pregunta.
Un maullido corto.
Bajé las escaleras sin correr, aunque el cuerpo me pedía correr. No quería entrar en pánico y convertir el portal en una cacería. Recordé a Niebla en la jaula 42, de espaldas al mundo. Recordé lo que significaba invadir.
En el portal olía a humedad y a lejía. En una esquina, entre dos macetas grandes, vi la sombra gris. Niebla estaba encogido, pegado a la pared, los ojos enormes. No se movía, pero su cuerpo temblaba.
Había gente entrando y saliendo, un niño con una pelota, un señor con bolsas. Cada paso era una amenaza.
Me agaché a unos metros, lo suficiente para que me viera, lo suficiente para no atraparlo. Me senté en el suelo frío como si fuera lo más natural del mundo sentarse en un portal a esas horas.
—Estoy aquí —dije, en voz baja.
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