Ramón desapareció tres días y volvió con la deuda de toda una calle

Mi gato desapareció durante tres días y volvió a casa con una cuenta escrita a mano, como si se hubiera fiado media calle.

Ramón estaba sentado delante de mi puerta como si no hubiera pasado nada.

Tres días fuera.

Ni rastro.

Ni vergüenza.

Ni una explicación.

Solo mi gato naranja, enorme y tranquilo, lamiéndose una pata como si hubiera pasado el fin de semana en un balneario, con un papel doblado atado al collar con una cinta azul.

Al principio pensé que se había hecho daño.

Luego le quité el papel.

Ponía:

SU GATO ME DEBE:

8 sobres de atún

2 cuencos de pollo guisado

1 loncha de pavo

y media hamburguesita de salmón que me sacó solo con mirarme.

Abajo del todo, con una letra temblorosa, venía una dirección, a dos calles de mi casa.

Me quedé en la puerta, en calcetines, mirando a Ramón.

Ramón me miró a mí como diciendo que aquello, claramente, ya era asunto mío.

Vivo en un barrio pequeño, de esos donde todo el mundo saluda, pero casi nadie se para. Las persianas suben y bajan, los paquetes aparecen en los portales, se oyen coches entrar y salir de los garajes, y cada uno sigue con su vida sin meterse demasiado en la de los demás.

Por lo visto, Ramón había hecho más vida social en el barrio que yo.

Se coló en casa por mi lado y fue directo a la cocina, como si no acabara de volver de tres días comiendo por ahí a costa de otros.

Yo fui detrás con la nota en la mano.

“¿Ocho sobres de atún?”, le dije.

Saltó a la encimera y maulló delante de su cuenco vacío.

Aquel gato tenía la tranquilidad de alguien que no había pagado una factura en su vida.

Tengo que aclarar una cosa.

Ramón no pasaba hambre.

Ramón no estaba descuidado.

Ramón pesaba casi diez kilos y era, básicamente, pelo, morro y exigencias. Tenía buena comida, agua fresca, premios, una camita caliente en invierno y, seguramente, mejor seguimiento veterinario que yo médico.

Y aun así se había ido de casa y había conseguido que otra persona lo mantuviera encantada.

A mediodía ya me daba demasiada vergüenza como para no ir.

Metí a Ramón en el transportín, más que nada para que al menos estuviera presente ante las consecuencias de sus actos, y me fui a la dirección del papel.

Era una casa pequeña, clara, con una silla junto a la puerta y varias macetas que habían vivido tiempos mejores.

Me abrió una mujer mayor antes de que me diera tiempo a llamar por segunda vez.

Miró directamente al transportín.

“Ah, ya está aquí”, dijo, y sonrió tan deprisa que me descolocó. “El pequeño caradura.”

Le enseñé la nota.

“Venía a pagar la deuda.”

Ella se rió bajito.

“Uy, no. Eso era más bien una broma.”

Dentro de su casa olía a café y a ropa limpia. Nada especial. Solo una casa sencilla, recogida, en silencio. De ese silencio que pesa un poco más de la cuenta.

Ramón empezó a protestar dentro del transportín en cuanto ella se apartó.

“Ábrale, hombre”, me dijo. “Si ya conoce la casa.”

Ya conoce la casa.

No era precisamente la frase que yo esperaba oír.

Abrí el transportín y aquel traidor fue directo a su butaca, saltó, dio dos vueltas sobre sí mismo y se dejó caer como si llevara años sentado allí.

Se llamaba Carmen.

Vivía sola. Su marido había muerto dos años antes. Su hija vivía en otra ciudad. Me dijo que la gente del barrio era maja, pero que todo el mundo iba siempre con prisa.

Con prisa.

Lo dijo dos veces.

Ramón había aparecido por primera vez cuatro días antes, a la hora de cenar, maullando en la puerta de atrás como si fuera un gato abandonado en una película.

“Al principio pensé que se había perdido”, me dijo. “Luego le di una cucharadita de atún y me miró como si le hubiera arreglado la vida.”

Me eché a reír.

Ella también.

Y justo después se le humedecieron un poco los ojos.

“Al día siguiente volvió”, dijo. “A la misma hora. Se sentaba conmigo en la puerta mientras yo cenaba. Al tercer día, en cuanto abrí, entró solo.”

Miré a Ramón.

Ya estaba dormido en su butaca.

Como si todo aquello llevara tiempo formando parte de su rutina.

“Yo ya sabía que me estaba tomando el pelo”, dijo Carmen. “Tonta no soy.”

Se quedó callada un momento.

Volvió a mirarlo y dijo más bajito:

“Pero era bonito tener a alguien esperándome.”

Aquella frase me cayó encima con más fuerza de la que esperaba.

Yo había ido dispuesto a disculparme por un gato glotón.

Y me encontré en la casa de una mujer que se sabía de memoria sus horarios de visita porque le estaban devolviendo forma a las tardes.

Aun así, saqué la cartera.

Ella me apartó la mano enseguida.

“No. Déjelo.”

“De verdad, por lo menos eso tendré que pagárselo.”

Sonrió.

“Pues venga un día a tomar café. Y tráigase al gorroncillo.”

Y eso hicimos.

No todos los días. Pero sí bastantes.

A veces yo llevaba algo de la panadería. A veces Carmen le daba a Ramón un solo premio y le soltaba un discurso sobre los límites, que él ignoraba con una dignidad admirable. A veces simplemente nos sentábamos en la puerta a hablar de cosas pequeñas.

Del tiempo.

De la espalda.

De canciones antiguas.

De lo raro que es vivir rodeado de gente y pasarte días enteros sin oír tu nombre en voz alta.

Ramón siguió haciendo sus viajes de una casa a otra, orgulloso, como si fuera el dueño del barrio.

Nunca enmarqué aquella nota, aunque lo pensé.

La guardé en el cajón de la cocina.

Porque la verdad es que Ramón no volvió a casa con una cuenta.

Volvió con la prueba de que no siempre es comida lo que le falta a alguien.

Y por todo lo que me costó en sobres, gasolina y orgullo, aquel gato les dio a dos personas algo que valía bastante más:

un motivo para llamar dos veces a la misma puerta.

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