El gato que siguió esperando en la ventana y me devolvió a casa

El día que dejé de llevarle el correo al porche de un anciano, su gato viejo siguió esperándome en la ventana, como si yo también lo hubiera dejado a él.

Durante once años hice la misma ruta de reparto por la zona este de la ciudad.

Las mismas aceras agrietadas. Los mismos buzones abollados. Las mismas pequeñas costumbres que casi nadie ve… hasta que desaparecen.

La casa de don Manuel era una de esas costumbres.

Una casita clara, con la pintura ya gastada, dos escalones vencidos en la entrada y una ventana delantera detrás de la que casi siempre estaban los mismos ojos.

No los de don Manuel.

Los del gato.

Era un gato naranja, grande, con una oreja rasgada y esa cara de estar decepcionado con el mundo entero. Todas las mañanas se sentaba allí, tieso detrás del cristal, como si la casa fuera suya y media calle también. Don Manuel se reía y decía:

—No le haga caso a Simón. Él cree que vigila todo el barrio.

Yo le daba el correo, y Simón me miraba como si llegara tarde, incluso cuando no era así.

Era lo de siempre.

Don Manuel vivía solo. Su mujer había muerto años antes de que yo lo conociera. Nunca supe bien si tenía hijos. Desde luego, yo no vi aparecer a nadie por allí. Era educado, callado, de esos hombres mayores que te agradecen las cosas con una inclinación de cabeza en vez de con muchas palabras.

Algunos días me daba la impresión de que yo era la primera persona con la que hablaba.

Y más de una vez pensé que seguramente también sería la última.

Así que, cuando podía, me quedaba un minuto más.

Comentaba el tiempo. Me quejaba de las rodillas. Le dejaba contarme cómo Simón había abierto una vez un armario de la cocina para robar una barra de pan entera.

Nada importante.

Solo lo justo para recordarle a un hombre que seguía estando ahí.

Hasta que un lunes el buzón estaba lleno.

Eso pasa. La gente se va unos días. La gente se despista.

Para el miércoles había folletos atascados y un sobre acolchado medio salido. Las cortinas estaban echadas. Simón no estaba en la ventana.

Me quedé allí más tiempo del que debía, con un montón de cartas en la mano y una sensación fría cruzándome el pecho.

El jueves por la tarde me enteré por una mujer que vivía dos casas más abajo.

Don Manuel había muerto en su sillón.

Muerte natural, me dijo en voz baja. Creían que había sido el fin de semana anterior.

No recuerdo mucho más de aquella conversación. Solo el sonido de mis pasos volviendo a la furgoneta. Solo el peso absurdo de la publicidad en la cartera. Solo aquella ventana vacía.

Me dije lo que se diría cualquiera.

Don Manuel era un vecino de mi ruta. Simón era un gato. La vida sigue.

Pero el viernes le pregunté a la vecina si sabía qué había pasado con él.

—¿Con el gato? —me dijo—. Se lo llevó la protectora.

Asentí como si aquello estuviera bien.

Luego me fui a mi piso, calenté una sopa y me senté en la mesa de la cocina con la televisión en silencio. La casa estaba demasiado callada, y yo no dejaba de imaginarme a aquel gato naranja en la ventana, esperando a un hombre que ya no iba a volver.

El domingo por la mañana ya iba en coche camino del refugio.

Me dije que solo quería echar un vistazo.

Era mentira, aunque todavía no lo supiera del todo.

Una chica joven en recepción buscó la ficha de Simón y me miró con esa expresión que pone la gente al ver un mueble viejo abandonado en la acera.

—Es un gato mayor —me dijo—. Desde que llegó está muy apagado. Apenas come.

Le pregunté si podía verlo.

Me llevó por un pasillo lleno de perros ladrando y gatos nerviosos, y se paró delante de una jaula al fondo.

Durante un segundo, casi no lo reconocí.

Simón parecía más pequeño. Tenía el pelo apagado. Los hombros vencidos. Ya no estaba erguido y serio, como cuando se sentaba en la ventana de casa. Estaba acurrucado en una esquina sobre una manta, como si intentara ocupar el menor espacio posible en el mundo.

La chica me dijo:

—Normalmente no le hace caso a nadie.

Me acerqué.

Simón levantó la cabeza.

Me miró durante un segundo largo.

Luego se levantó, vino directo hacia la reja y pegó la cara a los barrotes.

No maulló. No montó ningún espectáculo.

Solo me miró.

Como diciendo: Ya era hora. Has tardado bastante.

Ojalá pudiera decir que aguanté el tipo.

No fue así.

Algo dentro de mí se abrió de golpe allí mismo, en aquel pasillo del refugio.

A lo mejor era la pena por don Manuel. A lo mejor la culpa. O quizá era simplemente darme cuenta de que, en todos esos años, yo nunca había pensado que aquel gato se fijara en mí tanto como yo me había fijado en él.

Pero sí.

De entre toda la gente del mundo, yo era alguien conocido para él.

La chica suavizó la voz.

—A veces los animales mayores llevan muy mal los cambios.

Yo asentí, pero no era solo eso.

No era un cambio sin más.

Era una pérdida.

Y de eso yo sabía algo.

Llevaba ocho años divorciado. Mi hija vivía en otra comunidad. Hablábamos, sí, pero menos de lo que deberíamos. Mi piso estaba limpio, en silencio, y solo de una forma que había dejado de admitir en voz alta. Por la tarde no me esperaba nadie. Por la mañana no había nadie que notara de verdad si yo salía o no.

Miré a Simón y pensé: tú también, ¿eh?

Pregunté qué tenía que firmar.

La chica parpadeó.

—¿Quiere adoptarlo?

Me reí con lágrimas en los ojos.

—Señorita, yo creo que el que me ha adoptado es él.

La primera noche en casa, Simón se escondió tres horas debajo del sofá. Pensé que quizá me había equivocado. Que ser una cara conocida dentro de una jaula no era lo mismo que pertenecer a una casa nueva.

Pero sobre las nueve salió, saltó a la silla junto a la ventana y se quedó allí sentado, en la oscuridad.

Esperando.

Se me cerró la garganta.

Durante un segundo pensé que seguía esperando a don Manuel.

Entonces me levanté para echar la llave, y Simón se giró, bajó de la silla y me siguió hasta la cocina. Allí se rozó una vez contra mi pierna, despacio, con seguridad, como si acabara de tomar una decisión.

De eso hace ya seis meses.

Y ahora, cada tarde cuando vuelvo a casa, hay un gato naranja sentado en mi ventana.

No porque siga atrapado en el pasado.

No porque haya olvidado al primer hombre al que quiso.

Sino porque, después de tanta pérdida, decidió volver a querer.

Y, la verdad, yo también.

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