Adopté a un gato viejo y terminó devolviéndonos la vida a las dos

No había tenido a aquel gato viejo ni una sola noche cuando el refugio me llamó para preguntarme, muy bajito, si estaba dispuesta a escuchar una carta.

Adopté a Simón un jueves porque estaba cansada de volver a casa y sentir que el piso se me había rendido antes que yo.

Suena dramático, ya lo sé.

Pero si alguna vez has estado en una cocina con poca luz, con cincuenta años, cenando de pie junto al fregadero porque cocinar para una sola persona te pone triste, entonces sabes perfectamente de qué hablo.

Mi piso no estaba mal.

Estaba más o menos limpio. El alquiler estaba pagado. La nevera zumbaba. Las facturas estaban bien colocadas al lado de la cafetera.

Pero allí dentro no había nada vivo aparte de mí.

Y algunos días, sinceramente, tampoco yo hacía un gran papel.

No fui al refugio buscando al gato más viejo de todos.

Me dije que solo iba a mirar.

Eso es lo que se dicen las personas solas justo antes de hacer algo que les cambia la vida.

Estaba en la última jaula de abajo, hecho un ovillo sobre una toalla gris, como un abrigo viejo que alguien hubiera dejado olvidado. Quince años. Una oreja rasgada. El ojo izquierdo algo nublado. El pelo del color de la nieve sucia.

En su ficha ponía que le gustaban los sitios tranquilos y las camas blanditas.

También ponía que llevaba allí mucho tiempo.

Me agaché y levantó la cabeza despacio, como si hasta eso le costara trabajo. Luego se puso en pie, se acercó y apoyó su costado huesudo contra la puerta de la jaula.

No arañó.

No suplicó.

Solo se apoyó.

Como si ya estuviera demasiado cansado para intentar gustarle a nadie.

Me lo llevé a casa en un transportín de cartón que olía a polvo y a mantas viejas. No maulló ni una sola vez en el coche.

Cuando llegamos al piso, abrí el transportín pensando que se escondería en cuanto pudiera.

Pero no.

Salió, miró alrededor y echó a andar por el pasillo como si supiera de sobra dónde estaba el dormitorio.

A mí eso casi me rompió por dentro.

Saltó a la cama con esa torpeza de animal mayor, dio dos vueltas sobre sí mismo y se acomodó junto a mi almohada.

Aquella primera noche dormí mejor de lo que había dormido en meses.

En algún momento antes de amanecer, me desperté y vi que me estaba mirando.

No de una manera rara.

De una manera suave.

Como si solo quisiera asegurarse de que yo seguía allí.

Le puse la mano en el costado y lo noté ronronear, bajo y áspero, como un motor que intenta acordarse de cómo volver a arrancar.

Por primera vez en mucho tiempo, mi piso dejó de parecerme un sitio vacío al que una solo vuelve por costumbre.

A la mañana siguiente estaba preparando café cuando sonó el teléfono.

Era el refugio.

La mujer que me llamó me preguntó:

—¿Qué tal fue la noche?

Miré a Simón, que estaba sentado junto a la puerta del balcón, metido en una franja fina de sol de invierno.

—Bien —dije—. Es perfecto.

Hubo una pausa.

Y luego me dijo:

—Ha vuelto a venir una persona a preguntar por él. No ha pedido su dirección. No ha pedido su número. Solo ha dejado unas cosas, por si usted quiere quedarse con ellas.

Aun así, se me encogió el estómago.

Ha vuelto.

Fue esa expresión la que se me quedó clavada.

—Dice que Simón primero fue de su hermana y después suyo —continuó la mujer—. Lleva meses viniendo a preguntar por él. Ha dejado una carta, una foto antigua y su collar. No tiene por qué escucharlo si no quiere.

Miré a Simón.

Había dejado de mirar al sol y me estaba mirando a mí.

—Léamela —dije.

La carta era corta.

La mujer se llamaba Carmen. Su hermana había criado a Simón desde que era un cachorro. Cuando su hermana enfermó, Carmen le prometió que se lo llevaría a casa y cuidaría de él.

Y lo hizo.

Durante tres años.

Luego su propia vida se fue haciendo más pequeña, de esa manera en que a veces se hacen pequeñas las vidas de la gente mayor. Menos dinero. Menos espacio. Más normas. Menos capacidad para decidir.

En el sitio adonde se mudó le permitían una cama individual, una lámpara, dos cajones y ningún animal.

Escribía que dejar a Simón allí había sido como enterrar a su hermana por segunda vez.

Escribía también que había vuelto a preguntar por él porque no podía soportar la idea de que pensara que lo habían dejado allí a propósito.

Y al final de la carta ponía:

Por favor, no le cambie el nombre. Ya ha perdido demasiadas cosas.

Me quedé en la cocina, sujetando el teléfono con tanta fuerza que me dolía la mano.

Simón se bajó de la ventana, se acercó y me rozó el tobillo una vez.

Solo una.

Nada más.

Pero bastó.

Pregunté si Carmen había dejado algún número.

Sí.

Llamé antes de darme tiempo a arrepentirme.

Su voz sonaba más vieja que la mía, pero no más débil.

Solo gastada por los sitios en los que más aprieta la vida.

Le dije que Simón estaba bien.

Le dije que había dormido en mi cama.

Le dije que se había comido media lata y luego me había mirado como si yo le debiera la otra media.

Ella se rió.

Y después se echó a llorar.

Una semana más tarde vino a casa a tomar un té.

No para llevárselo.

Solo para verlo.

Simón la miró tres segundos, como mucho, y después se le subió al regazo como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía muchísimo tiempo.

Yo podría haberme sentido apartada.

Pero no.

Me quedé allí sentada, viendo cómo aquel gato viejo, con la oreja rasgada y los huesos rígidos, tendía un puente entre una mujer que había perdido demasiado y otra que llevaba demasiado tiempo viviendo como si la soledad fuera lo normal.

Ahora Carmen viene todos los domingos por la tarde.

Yo preparo el té.

Ella le habla a Simón como si siguiera siendo el gato más guapo del mundo.

Y yo hago como que no me doy cuenta de que esos días él parece un poco más joven.

Yo pensaba que estaba rescatando a un gato de quince años que ya no quería nadie.

La verdad es que Simón entró en mi casa y acabó rescatando a dos mujeres que se estaban acostumbrando demasiado a estar solas.

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