La última promesa de Antonia y el gato que encontró un nuevo hogar

Dos días después de la muerte de mi vecina, encontré a su gato frente a mi puerta. En el transportín había una nota que me obligó a sentarme.

Nico estaba acurrucado dentro de un transportín viejo, apoyado contra una toalla desteñida.

A su lado había una bolsa de tela con pienso, dos latas de comida y un ovillo de lana roja.

No maullaba.

Solo me miraba a través de la rejilla.

Alrededor del cuello llevaba la pequeña bufanda verde que Antonia le había tejido el invierno anterior.

En el asa del transportín había una nota pegada con cinta adhesiva.

Mi nombre estaba escrito con la letra temblorosa de Antonia.

Dentro solo había una frase:

«Perdóname por dejarte lo único que no podía llevarme conmigo».

Tuve que sentarme en el escalón de la entrada.

Antonia había vivido en la casa de al lado durante casi ocho años.

Tenía setenta y nueve años, era viuda y tan menuda que, cuando regresaba del mercado con las bolsas llenas, parecía que una ráfaga de viento podía empujarla de un lado al otro de la acera.

Hablaba bajito.

Cuando nos encontrábamos junto al portal o frente a los buzones, solía quedarse allí incluso después de que la conversación ya había terminado.

—¿Y tus gatos? ¿Cómo están? —me preguntaba casi siempre.

Yo le respondía.

Pero normalmente lo hacía demasiado rápido.

Trabajaba desde casa. Tenía entregas pendientes, facturas que pagar y tres gatos de los que ocuparme.

Siempre había algo que me parecía más urgente que quedarme otros cinco minutos hablando con Antonia.

Aquella mañana lo entendí.

En realidad, no estaba preguntando por mis gatos.

Me estaba pidiendo que no me marchara todavía.

Nico no siempre había vivido con ella.

El invierno anterior, durante una semana especialmente fría, Antonia lo encontró escondido debajo de su coche.

Estaba flaco, sucio y temblaba de pies a cabeza.

Ella se lo envolvió dentro del abrigo y lo llevó a casa.

Días después me contó lo ocurrido mientras tomábamos un café en su cocina.

—Él no eligió mi casa —me dijo—. Solo entró por la única puerta que se abrió.

Yo sonreí.

Después olvidé aquella frase.

Ahora no podía dejar de pensar en ella.

Metí el transportín en casa.

Mis tres gatos se quedaron inmóviles en el pasillo, observando al recién llegado.

Uno de ellos bufó.

Otro se escondió detrás de la puerta de la cocina.

Nico siguió pegado al fondo del transportín.

Abrí la rejilla, dejé cerca un cuenco con agua y un poco de comida, y me senté en el suelo.

—Aquí estás a salvo —le dije.

No se movió.

Aquella tarde llamé a un refugio de animales de la zona.

Me dijeron que podía llevarlo a la mañana siguiente.

Mi casa ya estaba bastante llena.

Uno de mis gatos necesitaba medicación todos los días.

Otro no soportaba a ningún animal nuevo.

Y yo tenía que contar cada gasto para llegar tranquila a fin de mes.

Tener cuatro gatos no era razonable.

Me lo repetí durante toda la tarde.

Nico no salió del transportín hasta que ya había anochecido.

No tocó la comida.

Fue directamente hacia la puerta de entrada y se sentó delante de ella.

Cada vez que las luces de un coche pasaban por la ventana, levantaba las orejas.

Cada vez que una puerta se cerraba en la calle, se ponía de pie.

Estaba esperando a Antonia.

Poco antes de medianoche, escuché un ruido dentro de la bolsa.

Nico intentaba sacar algo que había quedado escondido debajo de la toalla.

Metí la mano y encontré una pequeña grabadora.

Cuando pulsé el botón, la voz de Antonia llenó el salón.

Sonaba débil y cansada.

Pero era ella.

—Nico, si un día no vuelvo a casa, no pienses que te abandoné porque quise hacerlo.

Hubo un largo silencio.

Después continuó:

—Quizá tengas que ir a la casa de al lado. Ella siempre dice que ya tiene demasiados gatos, pero en las noches frías deja comida fuera cuando cree que nadie la está mirando.

Me tapé la boca con una mano.

Antonia lo sabía.

Había visto los cuencos que yo dejaba junto al garaje cuando las temperaturas bajaban demasiado.

También se había fijado en la caja con mantas viejas que colocaba bajo el techo para que los gatos callejeros pudieran protegerse de la lluvia y del frío.

Había visto algo bueno en mí.

Algo que yo insistía en llamar una molestia más.

Entonces Antonia dijo una última cosa:

—No tengas miedo, pequeño. A veces el amor solo cambia de dirección.

Empecé a llorar con tanta fuerza que tuve que detener la grabación.

Por primera vez, Nico se alejó de la puerta.

Se acercó despacio y apoyó la nariz contra mi rodilla.

A la mañana siguiente, volví a colocar el transportín junto a la entrada.

Seguía diciéndome que iba a llevarlo al refugio.

Nico entró sin resistirse.

Aquello me dolió más que si me hubiera arañado.

Se acurrucó alrededor de la bufanda verde de Antonia y agachó la cabeza.

Parecía haber aprendido a no preguntar adónde lo llevaban.

Extendí la mano hacia la rejilla.

Entonces recordé las palabras de Antonia.

La única puerta que se había abierto.

Así que retiré por completo la puerta del transportín.

Fui a la cocina, saqué un cuarto cuenco del armario y lo puse junto a los otros tres.

Nico pasó casi todo el día escondido debajo de la mesa.

No se volvió feliz de repente.

Tampoco olvidó a Antonia.

Durante varias noches siguió durmiendo junto a la puerta de entrada.

Cada vez que escuchaba pasos en la acera, levantaba la cabeza.

Pero poco a poco, el cuarto cuenco comenzó a quedarse vacío.

Una semana después, lo encontré dormido en el viejo sillón que había junto a la ventana.

Era el mismo sillón en el que Antonia se sentaba cuando venía a tomar café conmigo.

Siempre traía unas galletas envueltas en una servilleta, aunque yo le dijera que no hacía falta.

Saqué su nota del cajón y le di la vuelta.

En la parte de atrás escribí:

«La nueva casa de Nico es la de al lado. Todavía te echa de menos. Yo también».

Mucha gente piensa que rescatar a un animal significa darle comida, calor y un lugar donde dormir.

A veces también significa proteger el último pedazo de amor que una persona dejó atrás.

No siempre podemos elegir cómo empieza una historia.

Pero a veces alguien abre una puerta.

Y la historia puede continuar.

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