SE BURLARON DE LA MUJER DE LA SUDADERA… HASTA QUE EL AVIÓN QUEDÓ SIN PILOTO Y ELLA SE LEVANTÓ
—¿De verdad dejan entrar así vestida en clase ejecutiva?
La pregunta cruzó el pasillo con suficiente fuerza para que varias personas la escucharan.
Ana Molina no respondió.
Se limitó a subir la capucha de su sudadera gris, apoyar la cabeza contra la ventanilla y cerrar los ojos.
El vuelo nocturno acababa de despegar de Madrid rumbo a Ciudad de México. En la cabina ejecutiva, los pasajeros acomodaban sus portátiles, pedían bebidas y hablaban de reuniones, propiedades y negocios.
Ana parecía fuera de lugar.
Llevaba unos pantalones vaqueros desteñidos, una sudadera vieja con los puños gastados y unas zapatillas deportivas marcadas por muchos kilómetros.
No llevaba maquillaje.
Su cabello oscuro estaba recogido sin cuidado y algunos mechones le caían sobre el rostro.
Debajo del asiento había guardado una mochila pequeña, remendada en dos esquinas.
A su lado viajaba Lucía, una niña de siete años con dos coletas y una mochila llena de dibujos.
Su madre, Teresa, rondaba los cuarenta y vestía con una elegancia discreta. Desde que Ana se había sentado junto a ellas, Teresa la observaba de reojo.
No parecía enfadada.
Más bien incómoda.
Como si intentara averiguar qué hacía aquella mujer en un asiento tan caro.
Lucía coloreaba un caballo cuando su vaso de agua se inclinó de golpe.
El líquido cayó sobre la bandeja y empapó la manga de Ana.
—¡Mamá! —exclamó la niña.
Teresa tomó varias servilletas.
—Perdón, de verdad. Ha sido un accidente.
Ana se quitó uno de los auriculares baratos que llevaba colgados al cuello.
—No pasa nada.
Sonrió a la niña.
—Además, ya estaba vieja.
Lucía miró la manga mojada y luego el rostro de Ana.
—Gracias por no enfadarte.
—Los accidentes ocurren —contestó ella.
Teresa terminó de secar la bandeja.
Su disculpa había sido correcta, pero rápida. Antes de regresar a su asiento, volvió a examinar la ropa de Ana.
Al otro lado del pasillo, Arturo Rivas cerró la carpeta que estaba revisando.
Era un hombre de unos cincuenta años, con un traje oscuro hecho a medida y un reloj de lujo.
Viajaba con Pablo, un compañero más joven que no dejaba de mirar su teléfono.
Arturo inclinó la cabeza hacia Ana.
—Parece más una persona que duerme en una estación que una pasajera de clase ejecutiva.
Pablo soltó una carcajada.
—Seguro compró el asiento con puntos.
—O se equivocó de puerta.
Ambos rieron.
No hablaron en voz baja.
Querían que ella los oyera.
Ana mantuvo los ojos cerrados.
Sin embargo, su mano bajó hasta la mochila y apretó la correa durante unos segundos.
Lucía dejó el lápiz sobre la mesa.
—Mamá, esos señores se están riendo de ella.
Teresa le habló al oído.
—No mires.
—Pero ella no les ha hecho nada.
Teresa no encontró una respuesta.
Un tripulante de cabina llamado Javier se acercó para recoger el vaso vacío.
Era joven, impecable y llevaba una sonrisa ensayada.
Al ver la sudadera de Ana y sus auriculares baratos, dudó un instante.
—¿Está segura de que este es su asiento, señora?
Ana abrió los ojos.
—Doce C.
Javier comprobó la pantalla que llevaba en la mano.
—Sí. Correcto.
Su sonrisa regresó, aunque algo había cambiado en ella.
—¿Desea tomar algo?
—Agua, por favor.
—¿Solo agua?
—Solo agua.
Javier continuó por el pasillo.
Dos filas más adelante viajaba Clara Vega, una mujer conocida en redes sociales por mostrar restaurantes caros, hoteles y viajes.
Estaba sentada junto a Marcos León, fundador de una empresa tecnológica.
Clara giró ligeramente el rostro para mirar a Ana.
—Seguro la compañía vendió el asiento a última hora.
Marcos bebió un sorbo de vino.
—Deberían mantener ciertas normas. La gente paga por una experiencia.
—Mira sus zapatillas.
—Parece que ha atravesado una guerra con ellas.
Clara soltó una risa breve.
La mujer que viajaba delante de Ana también se volvió.
Llevaba unos pendientes brillantes y una chaqueta roja.
—Tal vez sea parte de algún programa de ayuda —comentó a su acompañante—. Una de esas campañas para quedar bien.
—Eso explicaría la mochila.
Las miradas se multiplicaron.
No eran miradas de curiosidad.
Eran miradas que colocaban a Ana en una categoría inferior sin conocer su nombre, su pasado ni el motivo por el que viajaba.
Lucía continuó observándola.
Ana había vuelto a cerrar los ojos, pero no dormía.
Sus dedos golpeaban suavemente el reposabrazos.
Uno, dos, tres.
Pausa.
Uno, dos, tres.
Parecía contar algo.
Tal vez segundos.
Tal vez respiraciones.
Tal vez pasos de un procedimiento aprendido hacía muchos años.
Lucía se inclinó hacia ella.
—¿Te dan miedo los aviones?
Ana abrió un ojo.
—No.
—Entonces, ¿por qué cuentas?
—Me ayuda a pensar.
—¿En qué piensas?
Ana miró la oscuridad al otro lado de la ventanilla.
—En cosas que es mejor hacer con calma.
Teresa llamó a su hija.
—Lucía, deja descansar a la señora.
—No me molesta —dijo Ana.
La niña volvió a su dibujo.
En la mochila de Ana había un pequeño parche cosido a mano.
Mostraba dos alas cruzadas por una espada.
Estaba descolorido y parcialmente cubierto por una costura.
Nadie en la cabina pareció reconocerlo.
Tampoco vieron el pequeño avión metálico que colgaba de una cremallera.
Ana lo tocó con el pulgar y lo ocultó dentro de un bolsillo.
El avión continuó ganando altura.
La iluminación se redujo y los pasajeros comenzaron a instalarse para pasar la noche.
Arturo abrió su portátil.
Pablo pidió otra copa.
Clara tomó una fotografía intentando mostrar el interior elegante de la cabina sin incluir a Ana en la imagen.
Marcos se quitó los zapatos y colocó los pies sobre el reposapiés.
Una abogada llamada Sonia García revisaba unos documentos dos filas más atrás.
Después de observar a Ana, habló con su asistente.
—Probablemente sea una empleada joven a la que su jefe le regaló el billete.
—Tiene suerte —respondió la asistente.
—La suerte no compra educación.
Ana oyó la frase.
No dijo nada.
Sacó de su mochila una hoja doblada y amarillenta.
La abrió apenas unos centímetros.
Había una fotografía dentro.
Se distinguían dos personas jóvenes frente a un avión de combate.
Ana llevaba un uniforme de vuelo y sonreía.
A su lado, un hombre alto la abrazaba por los hombros.
En la parte inferior de la fotografía había una frase escrita a mano:
“Siempre serás mi compañera de vuelo”.
Ana cerró el papel de inmediato.
Lo guardó en el bolsillo interior de la sudadera y apoyó la mano sobre él.
El avión entró en una zona de turbulencias.
El primer golpe hizo vibrar las bandejas.
Varias copas se derramaron.
Clara agarró el brazo de Marcos.
Arturo levantó la vista del portátil.
El segundo movimiento fue más fuerte.
Un compartimento superior se abrió unos centímetros antes de volver a cerrarse.
Javier apareció por el pasillo.
—Por favor, permanezcan sentados y abróchense los cinturones.
Ana ya tenía el suyo colocado.
Miró hacia el techo.
Luego hacia la ventanilla.
Después observó el movimiento de las alas.
Su respiración no cambió.
—¿Va a pasar algo? —preguntó Lucía.
—El avión solo está atravesando aire inestable —respondió Ana—. Imagina una carretera con algunos baches.
La niña asintió.
Teresa miró a Ana con sorpresa.
—¿Viaja mucho?
—Antes.
—¿Por trabajo?
Ana tardó unos segundos en contestar.
—Sí.
La turbulencia disminuyó.
Arturo volvió a trabajar.
—Mucho drama por unos cuantos movimientos —dijo, aunque su rostro seguía pálido.
El hombre que viajaba a su lado se inclinó hacia el pasillo.
—Tal vez nuestra amiga de la sudadera pueda arreglarlo. Parece experta en todo.
Varias personas rieron.
Ana volvió a mirar por la ventanilla.
Lucía frunció el ceño.
—Son muy desagradables.
—A veces la gente habla para sentirse más importante —dijo Ana.
—¿Y no te duele?
Ana la miró.
—Que algo duela no significa que debas dejar que te controle.
Teresa bajó la mirada.
Aquellas palabras parecieron incomodarla más que la ropa vieja.
La cabina recuperó poco a poco su ritmo.
Pasó casi una hora.
Algunos pasajeros dormían.
Otros veían películas o revisaban mensajes.
Ana permanecía inmóvil, con la cabeza apoyada contra la pared.
Entonces el sistema de comunicación emitió un chasquido.
La voz que salió por los altavoces no era tranquila.
—Atención, señoras y señores. Necesitamos asistencia médica inmediata. También solicitamos la presencia de cualquier piloto con experiencia a bordo.
La cabina quedó en silencio.
Nadie respiró con normalidad durante varios segundos.
La voz continuó.
—Repito. Si hay algún médico o piloto entre los pasajeros, por favor, pulse el botón de llamada.
Las conversaciones estallaron al mismo tiempo.
—¿Qué significa eso?
—¿Qué ha pasado?
—¿Por qué necesitan un piloto?
—¿Dónde está el capitán?
Arturo cerró el portátil de golpe.
—Esto no puede estar ocurriendo.
Clara dejó caer su teléfono.
Marcos intentó mirar hacia la cabina de mando.
Teresa rodeó a Lucía con ambos brazos.
—Todo está bien, cariño.
Pero su voz temblaba.
Javier avanzó por el pasillo con el rostro sin color.
—¿Hay algún médico? ¿Algún piloto comercial, militar o privado? Por favor, necesitamos ayuda.
Un médico que viajaba en la última fila se levantó.
Otro tripulante lo acompañó rápidamente hacia la parte delantera.
—¿Y un piloto? —preguntó Javier—. ¿Hay algún piloto?
Nadie respondió.
Un hombre dijo que había tomado clases de vuelo hacía veinte años, pero nunca había conseguido la licencia.
Otro aseguró que utilizaba simuladores en casa.
Javier negó con la cabeza.
—Necesitamos experiencia real.
La nariz del avión bajó ligeramente.
No fue una caída brusca, pero todos la sintieron.
Varias personas gritaron.
Los vasos se deslizaron sobre las mesas.
Javier se sujetó a un asiento.
—¡Por favor, mantengan la calma!
Ana abrió los ojos.
Retiró la capucha de su cabeza.
Se inclinó, tomó la mochila y la colocó sobre sus rodillas.
Sacó la fotografía doblada.
La miró durante un segundo.
Después la guardó en el bolsillo de su pantalón.
Se quitó el cinturón.
Arturo la vio levantarse.
—No puede ser.
Pablo soltó una risa nerviosa.
—¿Adónde cree que va?
Ana se colgó la mochila de un hombro.
Clara se volvió desde su asiento.
—Señorita, siéntese. No es momento para llamar la atención.
—Seguramente quiere ofrecerles agua —añadió Marcos.
Algunos pasajeros rieron, pero esta vez la risa sonaba quebrada.
El miedo había sustituido a la seguridad que mostraban minutos antes.
Un hombre con una camisa clara se levantó y bloqueó el pasillo.
Había bebido demasiado.
—Vuelve a tu asiento —ordenó—. Ya tenemos suficientes problemas.
Ana se detuvo frente a él.
No parecía enfadada.
Tampoco asustada.
Simplemente lo miró.
El hombre sostuvo su mirada durante unos segundos.
Luego se apartó sin saber por qué.
Ana continuó avanzando.
Sonia, la abogada, se quitó las gafas.
—¿De verdad van a dejar que esa mujer se acerque a la cabina?
—Tal vez crea que esto es una película —respondió su asistente.
Javier levantó una mano.
—Señora, necesitamos a una persona cualificada.
Ana se detuvo frente a él.
—Volé cazas supersónicos durante once años.
Javier parpadeó.
Nadie habló.
Ana señaló la puerta de la cabina.
—Lléveme con el copiloto.
El silencio se volvió tan profundo que se escuchaba el zumbido del sistema de ventilación.
Arturo bajó lentamente la copa que sostenía.
Clara dejó de grabar.
Marcos abrió la boca, pero no encontró palabras.
Desde una fila trasera se levantó Julián, un hombre de setenta años con una antigua insignia cosida en la chaqueta.
Había trabajado toda su vida como técnico de aviación militar.
Miró el parche de la mochila de Ana.
Su rostro cambió.
—Esas alas no se compran en una tienda —dijo—. Se ganan.
Javier observó nuevamente a Ana.
—¿Tiene licencia civil?
—La tuve. También fui instructora de vuelo y realicé pruebas con aeronaves de transporte.
El avión volvió a inclinarse.
Esta vez varios pasajeros gritaron.
Javier tomó una decisión.
—Sígame.
Cuando Ana avanzó, el pasillo se abrió.
Lucía levantó la mano para despedirse.
—¡Yo te creo!
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