Los soldados se burlaron de su tarjeta negra, hasta que una llamada reveló quién mandaba realmente en la base

Los soldados se burlaron de su tarjeta negra… hasta que la mujer esposada tomó el control de toda la base.

—Quítenle las esposas ahora mismo.

La orden salió del teléfono rojo con tanta fuerza que el capitán Sergio Paredes se quedó inmóvil, todavía con el auricular pegado a la oreja.

Frente a él, sentada en una silla metálica, Elena Navarro levantó la mirada.

Tenía las muñecas marcadas por las esposas, la chaqueta manchada de barro y una pequeña herida en el labio. Sin embargo, no parecía asustada.

Parecía cansada.

Cansada de esperar a que alguien entendiera quién era.

Todo había comenzado menos de una hora antes, cuando Elena llegó caminando a la entrada de la Base de Sierra Clara, situada entre colinas, lejos de las ciudades.

Llevaba unos pantalones sencillos, una chaqueta vieja y unas zapatillas gastadas. Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta sin mucho cuidado.

No llevaba uniforme.

No llevaba medallas.

No llevaba equipaje, salvo una bolsa de lona y una tarjeta negra sin nombre, sin fotografía y sin número visible.

En el centro de la tarjeta había un pequeño triángulo plateado que parecía emitir una luz muy tenue.

El soldado encargado de la entrada, Iván Molina, la miró de arriba abajo.

—¿Se ha perdido?

Elena negó con la cabeza.

—Vengo por orden del Mando Central.

Iván soltó una carcajada.

A su lado, el cabo Darío Fuentes dejó de revisar unos documentos y se acercó.

—¿Con esa ropa?

Elena sacó la tarjeta negra.

—Mi autorización está aquí.

Iván la tomó entre dos dedos, como si fuera un envoltorio viejo.

—No tiene código de barras.

—Tampoco tiene número —añadió Darío—. ¿La sacaste de una caja de galletas?

Los dos se rieron.

Elena no respondió.

Se limitó a mantener la espalda recta mientras varios soldados se acercaban para ver qué ocurría.

La sargento Lucía Ríos salió de la garita con un vaso de café en la mano.

—¿Qué pasa aquí?

Iván le mostró la tarjeta.

—Dice que viene del Mando Central.

Lucía examinó el triángulo.

—Esto parece un juguete.

—Pásenla por el lector —dijo Elena.

La sargento arqueó una ceja.

—¿Estás dando órdenes?

—Estoy intentando evitarles un problema.

Aquella respuesta provocó nuevas risas.

Iván llevó la tarjeta hasta el lector del puesto de control.

—Veamos qué dice la tarjeta mágica.

La acercó al sensor.

Durante un segundo, no ocurrió nada.

Entonces todas las pantallas se apagaron.

Las barreras de entrada se cerraron de golpe. Las luces de emergencia se encendieron y una alarma grave resonó por los altavoces.

Una voz electrónica llenó la garita.

—Autorización especial reconocida. Nivel Zeta. Bienvenida, comandante Elena Navarro.

Nadie se movió.

Iván miró la tarjeta.

Darío miró el lector.

Lucía dejó el vaso de café sobre la mesa.

—Debe de ser un fallo —murmuró.

El técnico del puesto, un joven llamado Marcos Vidal, corrió hacia el panel.

—Nunca había visto este color en el sistema.

La pantalla principal brillaba con una luz morada.

—Reinícialo —ordenó Lucía.

Marcos pulsó varias teclas.

No ocurrió nada.

La misma voz volvió a sonar.

—Acceso prioritario. Autoridad operativa confirmada.

Iván recuperó la sonrisa, aunque ya no parecía tan seguro.

—Buen truco.

Sacó la tarjeta del lector y se la lanzó a Elena.

La tarjeta golpeó su chaqueta y cayó sobre la grava.

—Recógela, princesa.

Elena bajó la mirada.

Se agachó despacio, limpió el polvo de la tarjeta y la guardó en el bolsillo.

Después miró directamente a Iván.

—¿Ya terminaste?

El tono fue tranquilo.

Eso fue lo que más le molestó al soldado.

No había miedo en aquella mujer. Tampoco necesidad de demostrar nada.

Iván dio un paso hacia ella.

—No me hables así.

—Entonces deja de comportarte como un niño.

Las risas desaparecieron.

Antes de que Iván pudiera responder, el capitán Sergio Paredes salió de la garita.

Era un hombre de cuarenta y tantos años, de uniforme impecable y carácter conocido por todos. Cuando aparecía, hasta los soldados más ruidosos bajaban la voz.

—¿Quién ha bloqueado el sistema?

Lucía señaló a Elena.

—Ella, mi capitán. Llegó con una tarjeta extraña. Dice tener una autorización especial.

Paredes observó a Elena con desprecio.

—¿Quién eres?

—Elena Navarro.

—Eso ya lo he oído. Quiero saber qué haces aquí.

—Tengo órdenes de presentarme en el centro de operaciones.

—Nadie entra en mi base sin que yo lo autorice.

—Esta base no es suya.

Algunos soldados contuvieron la respiración.

El rostro de Paredes se puso rojo.

—¿Cómo has dicho?

—He dicho que esta base pertenece al mando que la dirige, no al oficial que ocupa temporalmente la entrada.

El capitán avanzó hasta quedar muy cerca de ella.

—Has manipulado nuestros sistemas.

—No. Su lector reconoció mi autorización.

—Esposadla.

Elena no opuso resistencia cuando Lucía le sujetó un brazo y Darío el otro.

Las esposas se cerraron alrededor de sus muñecas.

—Tengo autorización de nivel especial —repitió Elena.

Paredes se inclinó hacia ella.

—Aquí nadie habla si yo no lo permito.

La condujeron por el camino central de la base.

Su bolsa de lona quedó en el suelo junto a la entrada.

Varios soldados que descansaban cerca de los dormitorios la vieron pasar.

Uno de ellos, Raúl Montes, comenzó a reír.

—¡Mirad! ¡Han detenido a la agente secreta!

Sus compañeros se acercaron.

Raúl recogió la bolsa de Elena.

—¿Qué llevas aquí? ¿Armas invisibles?

La abrió.

Dentro solo había un cuaderno gastado, un bolígrafo, una fotografía doblada y una muda de ropa.

—Vaya espía —dijo—. Ni siquiera tiene equipaje de verdad.

Lanzó la bolsa a un charco.

El cuaderno cayó fuera y quedó cubierto de barro.

Elena se detuvo.

—Siga caminando —ordenó Lucía.

Pero Elena continuó mirando a Raúl.

—Esa bolsa vale más que todo lo que acabas de decir.

Raúl soltó una carcajada.

—¿Me estás amenazando?

—No. Solo estoy describiendo la situación.

La empujaron hacia una pequeña sala de retención.

Las paredes eran de cemento. Había una mesa, una silla metálica y una bombilla que parpadeaba.

Elena se sentó con las manos esposadas detrás de la espalda.

El capitán Paredes permaneció junto a la puerta mientras Marcos intentaba recuperar el sistema desde una terminal.

—Encuentra su identidad —ordenó el capitán.

Marcos escribió el nombre.

La pantalla se congeló.

Volvió a intentarlo.

Apareció una advertencia.

ARCHIVO RESTRINGIDO.

—No puedo abrirlo.

—Usa mi autorización.

—Ya la he usado.

—Pues utiliza la del coronel.

Marcos negó lentamente.

—Tampoco sirve.

Paredes miró a Elena.

—¿Quién te dio esa tarjeta?

Ella permaneció en silencio.

—Te he hecho una pregunta.

—Y yo ya le dije que venía por orden del Mando Central.

Lucía se apoyó en la pared.

—Seguro que la robó.

Elena giró la cabeza hacia ella.

—¿De verdad crees que una autorización así puede ser robada y utilizada por cualquiera?

Lucía dejó de sonreír.

En ese momento sonó el teléfono rojo de la mesa.

Todos miraron el aparato.

Era una línea reservada para comunicaciones de máxima prioridad. Casi nadie la había oído sonar.

Paredes levantó el auricular.

—Capitán Paredes.

Su expresión cambió de inmediato.

—Sí, señor.

La voz del otro lado era tan fuerte que los demás pudieron escucharla.

—¿Acaba usted de detener a la comandante Elena Navarro?

Paredes miró a la mujer esposada.

—Señor, recibimos una alerta en el sistema y…

—No le he preguntado qué recibió. Le he preguntado si la ha esposado.

—Sí, señor.

—Quítenle las esposas ahora mismo.

Paredes tragó saliva.

—No conocíamos su identidad.

—Navarro es la última operativa con vida de la misión Ojo de Dragón. Su autorización está por encima de cualquier permiso ordinario de esa base.

El silencio se hizo insoportable.

—Señor, puedo explicarlo.

—Explíqueselo a ella. Y rece para que todavía necesite su cooperación.

La llamada terminó.

Paredes sostuvo el auricular durante unos segundos antes de dejarlo en su sitio.

Lucía se acercó a Elena.

Sus manos temblaban mientras buscaba la llave.

Cuando las esposas se abrieron, Elena llevó los brazos hacia delante y se frotó las muñecas.

—Comandante —dijo Paredes—, nosotros no sabíamos…

—No necesito una disculpa.

El capitán cerró la boca.

—Necesito acceso al centro de operaciones, un equipo técnico y todos los registros de la misión Ojo de Dragón.

—Sí, comandante.

—Y quiero mi bolsa.

Lucía bajó la mirada.

—Está fuera.

Elena salió de la sala.

Los soldados que se habían reído de ella permanecían junto al camino.

Raúl ya había recogido la bolsa del charco. La sostenía con ambas manos.

—Señora…

Elena se la quitó sin responder.

El cuaderno estaba mojado. Algunas páginas se habían pegado y la tinta comenzaba a correrse.

Lo guardó con cuidado.

Al pasar por la entrada, Iván intentó mirarla a los ojos.

No pudo.

Elena continuó caminando.

La puerta del centro de operaciones estaba a pocos minutos, pero antes de llegar un oficial de suministros se interpuso en su camino.

Se llamaba Tomás Garrido. Llevaba una carpeta bajo el brazo y una expresión de permanente superioridad.

Había escuchado rumores sobre la mujer de la tarjeta.

—Así que tú eres la que ha provocado todo este escándalo.

Elena no se detuvo.

—Apártese.

Tomás le bloqueó el paso.

—En esta base seguimos procedimientos.

—Entonces empiece por respetarlos.

Él vio la tarjeta negra enganchada en su chaqueta y se la arrancó.

—¿Por esto están todos tan nerviosos?

La levantó para que los soldados cercanos pudieran verla.

—Parece una ficha de guardarropa.

Algunos rieron con inseguridad.

Tomás lanzó la tarjeta a una papelera.

—Aquí nadie consigue respeto con un juguete.

Elena miró la papelera.

—Recójala.

—¿Perdón?

—Ha oído perfectamente.

Tomás sonrió.

—No recibo órdenes de una civil.

Elena dio un paso hacia él.

—Recójala.

La sonrisa del oficial comenzó a desaparecer.

El capitán Paredes apareció corriendo desde el otro lado del pasillo.

—¡Garrido!

Tomás se volvió.

—Mi capitán, yo solo…

—Saque esa tarjeta de la papelera.

—Pero…

—Ahora.

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