ADOPTÉ A UNA PERRA VIEJA PARA NO ENVEJECER SOLO… Y CADA MAÑANA ELLA CAVABA LA MISMA TUMBA VACÍA EN MI JARDÍN
El reloj marcaba las 7:12 cuando vi a Mara hundir las patas en la tierra por primera vez.
Yo estaba detrás de la ventana de la cocina, con una taza de café entre las manos. Ella caminó hasta el viejo peral del fondo, dio una vuelta alrededor de un pedazo de tierra desnuda y empezó a cavar.
No buscaba un hueso.
No olfateaba como si hubiera un animal escondido.
Cavaba despacio, con un ritmo extraño, casi exacto.
Primero la pata derecha.
Luego la izquierda.
Seis movimientos.
Una pausa.
Y otros seis.
Cuando el agujero tuvo el tamaño suficiente para que cupiera parte de su cuerpo, Mara dejó de cavar.
Se quedó mirando dentro.
Después se acostó junto al hueco, apoyó el pecho contra la tierra y soltó un gemido tan bajo que casi no pude escucharlo desde la casa.
Abrí la puerta.
—Mara.
La punta rota de su oreja izquierda se movió.
Sabía que yo estaba ahí.
Pero no volteó.
Permaneció junto al agujero varios minutos.
Y entonces hizo algo todavía más raro.
Lo tapó.
Empujó la tierra con las patas y con el hocico hasta dejar el suelo casi como estaba antes.
Eso fue lo que me inquietó.
Los perros cavan para encontrar cosas.
También entierran comida.
Pero Mara parecía abrir una tumba que sabía perfectamente que estaba vacía.
Y después la cerraba.
Lo hizo nuevamente al día siguiente.
A las 7:12.
Y también al tercero.
A la misma hora.
En el mismo lugar.
Yo tenía setenta y ocho años cuando la adopté.
Mi esposa, Elena, había muerto casi dos años antes. Habíamos estado casados más de medio siglo y, después de perderla, descubrí que una casa puede seguir teniendo muebles, fotografías y platos en los armarios y, aun así, sentirse completamente vacía.
Mis hijos vivían lejos.
Me llamaban.
Pero una voz por teléfono no se sienta frente a ti durante la cena.
No escucha tus pasos de madrugada.
No hace que dejes de mirar una silla vacía.
Por eso terminé en un refugio municipal de animales en las afueras de Puebla.
Yo no buscaba un cachorro.
A mi edad, no quería un animal que necesitara correr cinco kilómetros al día.
Pedí conocer al perro que nadie quería.
Una trabajadora me llevó hasta el último espacio de una larga fila.
Allí estaba Mara.
Era una mezcla de pastor alemán, de unos siete años, con el lomo oscuro, patas color café y unos ojos ámbar algo nublados.
No ladró cuando me acerqué.
Se quedó pegada a la pared.
Yo me senté afuera de la reja.
Después de unos minutos, Mara avanzó, olfateó mis zapatos y apoyó lentamente la cabeza sobre mi rodilla.
Permaneció así casi veinte minutos.
No necesitaba más.
—Me la llevo —dije.
Su expediente era extraño.
Solo decía que su antigua dueña ya no podía cuidarla.
Nada más.
Había llegado al refugio después de que aquella mujer sufriera un problema de salud y tuviera que mudarse a una residencia de cuidados.
En una de las hojas decía que Mara estaba esterilizada.
Pero el veterinario del refugio había descubierto que no era cierto.
Además, tenía una cicatriz ancha en el abdomen.
Parecía haber pasado por una cirugía de emergencia años atrás.
Nadie sabía por qué.
Mara llevaba más de dos meses esperando una familia.
Durante ese tiempo había mostrado otra costumbre curiosa.
Recogía hojas secas del patio.
Las llevaba hasta su espacio.
Y las acomodaba una al lado de otra.
Cuando llegó a mi casa, ignoró la cama nueva que había comprado para ella.
Prefirió dormir en el suelo del pasillo.
Siempre mirando hacia la puerta trasera.
La primera mañana pidió salir poco después de las siete.
Cuatro minutos más tarde había encontrado el peral.
Y a las 7:12 comenzó a cavar.
Durante la primera semana traté de convencerme de que existía una explicación sencilla.
Tal vez había un ratón bajo tierra.
Tal vez olía las raíces.
Tal vez algún animal había enterrado comida allí.
Puse un pedazo de pollo en otro extremo del jardín.
Mara lo encontró inmediatamente.
Se lo comió.
Y volvió al agujero.
Un día cubrí el sitio con una carretilla volteada.
Mara no intentó moverla.
Simplemente se acostó a su lado.
Esperó casi una hora.
Cuando retiré la carretilla, comenzó a cavar antes de que yo pudiera llegar nuevamente a la casa.
Otra mañana mojé la tierra.
Pensé que, si existía algún túnel debajo, el agua lo revelaría.
No ocurrió nada.
Mara esperó hasta que el lodo estuvo blando y abrió el mismo agujero.
Se acostó junto a él hasta mancharse todo el pecho.
Al noveno día perdí la paciencia.
Tomé una pala.
Cavé casi un metro.
Encontré raíces.
Piedras.
Un clavo oxidado.
Nada más.
Mara me observó desde la sombra.
Cuando terminé, se acercó.
Entró en el agujero demasiado grande que yo había hecho y se acomodó dentro.
Entonces lloró.
Una vez.
Después otra.
Conté siete gemidos.
Exactamente siete.
Luego salió y empezó a empujar la tierra nuevamente.
No sé por qué, pero terminé ayudándola.
Esa noche instalé una pequeña cámara en el patio.
Al día siguiente revisé la grabación.
A las 7:04 Mara ya estaba cerca del árbol.
Miró el suelo.
Miró hacia la cerca.
Esperó.
Cuando llegaron las 7:12, comenzó.
Pero la cámara mostró algo que yo nunca había visto desde la ventana.
Antes de tapar el agujero, Mara tocaba el fondo con el hocico.
Siete veces.
No en el mismo punto.
Una vez a la izquierda.
Luego un poco más a la derecha.
Otra.
Y otra.
Hasta completar siete pequeños espacios formando una curva.
Después se acostaba alrededor de ellos.
Como si estuviera rodeando algo con su cuerpo.
Miré el video tres veces.
Luego cinco.
Un perro no sabe contar como una persona.
Eso me repetía.
Pero Mara hacía siete marcas.
Siete.
Todos los días.
Y después lloraba.
También siete veces.
Empecé a tomar notas.
Hora de salida.
Hora de inicio.
Profundidad.
Ruidos.
Interrupciones.
Nada cambiaba el ritual.
Un camión podía pasar por la calle.
Mara se detenía.
Luego continuaba.
Un gato podía cruzar detrás de la cerca.
No le importaba.
Si yo abría la puerta diez minutos antes, esperaba.
No tenía reloj.
Pero a las 7:12 bajaba los escalones.
Un día puso una hoja seca dentro del agujero.
No la enterró.
La dejó junto a una de las siete marcas mientras permanecía acostada.
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