La perra ya estaba a salvo, pero volvió al coche hundido y nadie entendía qué intentaba rescatar

La perra ya estaba fuera del vehículo cuando se soltó de mis brazos y volvió a lanzarse por la ventana rota, directo al agua.

Por un segundo pensé que el miedo la había desorientado.

Me equivoqué.

Yo tenía una mano agarrada al borde de la camioneta y la otra sujetando la cuerda que me unía a seis voluntarios en tierra. El vehículo estaba atrapado contra una barrera metálica, en una zona inundada a las afueras de Villahermosa, y la corriente lo golpeaba con tanta fuerza que se movía varios centímetros cada vez.

La Golden Retriever había pasado quién sabe cuánto tiempo dentro.

Cuando rompí la ventanilla trasera, salió con los ojos muy abiertos, temblando y casi sin fuerzas.

Podría haberse dejado llevar hacia nosotros.

En cambio, apoyó las patas contra mi chaleco, se impulsó y regresó al interior.

—¡Está volviendo! —gritó Mateo desde la cuerda de apoyo.

—Ya lo veo.

Metí medio cuerpo por la ventana.

La perra apareció con un conejo de peluche entre los dientes.

Durante un instante pensé que había regresado por su juguete.

Lo soltó.

Luego ladró hacia el piso del asiento trasero y hundió otra vez la cabeza bajo el agua.

Entonces vi la silla para bebé.

La base seguía enganchada al asiento.

Vacía.

Sentí un golpe en el estómago.

—Hay una silla infantil —grité hacia la orilla—. Voy a revisar.

La perra volvió a salir con una manta rosa.

Tiró de ella con fuerza.

La tela se tensó bajo el agua.

Y algo oscuro apareció en el espacio donde deberían haber estado los pies de un pasajero.

No era una bolsa.

Era el asa de un portabebés.

La base había quedado fija al asiento después del impacto, pero la parte desmontable había caído al piso.

Dentro había una niña.

Seguía sujeta por los cinturones.

Una pañalera flotaba encima y ocultaba casi todo el portabebés bajo el agua turbia.

Hasta ese momento, ninguno de nosotros había visto a la bebé.

La perra sí sabía dónde estaba.

Me incliné más.

Mis dedos alcanzaron el asa, pero una cinta torcida mantenía atrapado el portabebés.

La camioneta volvió a moverse.

Escuché cómo la estructura metálica contra la que estaba apoyada comenzaba a crujir.

—¡Ramón, tenemos que salir! —gritó Rafael desde tierra.

—¡Hay una bebé!

Nadie volvió a decirme que saliera.

La perra mordió la manta y tiró en dirección contraria. Ese movimiento dejó visible la cinta que bloqueaba el portabebés.

Con una herramienta de emergencia logré liberarla.

Tiré del asa.

No se movió.

El portabebés estaba parcialmente lleno de agua y pesaba mucho más de lo esperado.

Volví a intentarlo.

Esta vez subió unos centímetros.

La niña tenía la cabeza inclinada hacia un lado.

Los ojos cerrados.

No la vi moverse.

La perra metió el hocico bajo la manta y la apartó de su cara.

Ahí la vi completa por primera vez.

Era muy pequeña.

No tendría ni un año.

—¡Mateo!

Él avanzó sujeto a su propia cuerda.

El portabebés chocó contra el marco de la ventana. El ángulo no permitía sacarlo.

Entonces la perra se colocó junto a mi brazo y agarró una correa suelta con los dientes.

Tiró.

Yo levanté el asa.

Entre los dos conseguimos girarlo.

Mateo lo recibió contra su pecho.

—¡Ya la tengo!

En tierra comenzaron a tirar de su cuerda.

Solo entonces la perra permitió que yo pasara un brazo por debajo de su cuerpo.

Salimos juntos.

Detrás de nosotros, la camioneta giró.

La ventana por la que acabábamos de entrar quedó casi completamente bajo el agua.

Cuando llegamos a la parte firme, Mateo colocó el portabebés en el suelo.

Saqué a la niña.

Respiraba de manera irregular, apenas perceptible.

Habíamos recibido capacitación básica para emergencias y comenzamos las maniobras de auxilio mientras llegaba el personal especializado.

La perra cayó junto a mis rodillas.

Estaba agotada.

Aun así, mantuvo el hocico a pocos centímetros de uno de los calcetines rosas de la bebé.

Después de varios momentos que parecieron eternos, la niña tosió.

Fue un sonido débil.

La perra levantó inmediatamente la cabeza.

La niña tosió otra vez.

Nunca olvidaré aquello.

Yo todavía no sabía cómo se llamaba la bebé.

Tampoco sabía que la perra se llamaba Canela.

Mucho menos sabía que, en algún lugar corriente abajo, dos padres creían haber perdido a las dos.

La niña se llamaba Lucía Herrera.

Tenía ocho meses.

Sus padres, Carlos y Elena, vivían en una colonia cercana con ella y Canela, una Golden Retriever de seis años que Elena había adoptado antes de conocer a Carlos.

Aquella mañana, el agua comenzó a entrar al estacionamiento de su edificio.

Carlos decidió llevar a la familia a casa de un familiar que vivía en una zona más elevada.

Era un trayecto corto.

No llegaron.

En una avenida parcialmente inundada, Carlos vio vehículos avanzando lentamente y creyó que todavía podían pasar.

La profundidad cambió de repente.

La camioneta perdió contacto con el pavimento.

La parte trasera comenzó a flotar.

Luego una corriente lateral la hizo girar hasta golpear una barrera.

El impacto dañó el sistema que sujetaba el portabebés.

El agua empezó a entrar por las puertas.

Carlos trató de abrir la puerta trasera para sacar a Lucía, pero la presión exterior se lo impidió.

Elena se desabrochó para llegar desde el otro lado.

Otro golpe rompió parte del cristal delantero y el interior comenzó a llenarse con más rapidez.

Carlos consiguió abrir una salida.

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