Un perro quedó enterrado hasta el cuello, pero lo que intentaba salvar bajo el barro sorprendió a todos

Un perro quedó enterrado en el lodo por salvar a su compañero, y lo que encontraron debajo dejó a todos en silencio.

Lo primero que vi no fue un perro.

Fueron dos orejas.

Eran las 10:18 de la mañana cuando recorría el camino de servicio que rodeaba una presa casi seca, a las afueras de Hermosillo, Sonora. Entre las placas de tierra agrietada, dos puntas oscuras se movieron apenas unos centímetros.

Detuve la camioneta y bajé.

Había dado menos de diez pasos cuando mi bota izquierda rompió la capa dura del suelo. Debajo seguía habiendo barro húmedo y espeso.

Entonces entendí que aquellas orejas no estaban detrás de una piedra.

Estaban saliendo de la tierra.

Avancé con mucho cuidado, distribuyendo mi peso para no hundirme. A unos treinta metros distinguí la cabeza de un pastor alemán mestizo.

Todo lo demás estaba enterrado.

El barro se había secado alrededor de su cuello y sus hombros como si fuera cemento. El hocico descansaba bajo una grieta estrecha que permitía que entrara un poco de aire.

—Tranquilo, amigo. Ya te vi.

Las orejas se movieron cuando escuchó mi voz.

El resto del cuerpo no reaccionó.

Pedí apoyo de emergencias, personal de protección animal y atención veterinaria. Luego me arrastré los últimos metros porque caminar de pie era demasiado peligroso.

Cuanto más me acercaba, peor se veía.

Había varias capas de barro endurecido alrededor de su cabeza. Tenía polvo dentro de las grietas y moscas caminando sobre una oreja.

Ni siquiera tenía fuerzas para espantarlas.

Usamos agua para ablandar la tierra y herramientas pequeñas para abrir espacio alrededor de su cabeza. Cada movimiento tenía que ser lento.

Si rompíamos la placa equivocada, podíamos lastimarlo o cerrar el pequeño hueco por donde respiraba.

Tardamos más de una hora en descubrir sus hombros.

Entonces apareció un collar de cuero marrón.

La placa metálica estaba rayada y cubierta de barro, pero todavía podían leerse un apellido y parte de una dirección de Hermosillo.

Cuando liberamos sus patas delanteras, todos nos quedamos mirando.

Las uñas estaban partidas.

La piel alrededor de los dedos estaba lastimada.

Y debajo de las uñas había una tierra mucho más oscura que la que rodeaba su cuerpo.

Ese perro había estado cavando.

Al principio pensamos que había intentado escapar.

Nos equivocamos.

Cuando por fin logramos sacarlo, lo colocamos sobre una lona. Le ofrecimos agua.

No quiso beber.

Giró la cabeza hacia el agujero.

Después intentó levantarse.

—No puedes volver ahí —le dije.

El perro apenas podía sostenerse, pero comenzó a arrastrarse hacia el barro.

Lo sujetamos.

Él insistió.

Finalmente lo dejamos avanzar unos centímetros.

Entonces levantó una pata temblorosa y arañó una zona agrietada junto al lugar donde lo habíamos encontrado.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Uno de los rescatistas se agachó y acercó la oreja al suelo.

Su expresión cambió.

—Hay algo ahí abajo.

Comenzamos a retirar la tierra.

Primero apareció pelo dorado.

Después una pata.

Y finalmente vimos el cuerpo de otro perro.

Era un mestizo de retriever, mayor, completamente inmóvil, enterrado de lado varios metros dentro de aquella zona blanda.

Su cara estaba dentro de una pequeña bolsa de aire.

Una bolsa que no parecía natural.

Había marcas de uñas alrededor.

El pastor alemán la había cavado.

El segundo perro seguía vivo.

Apenas.

Su pulso aparecía en intervalos largos y débiles.

El pastor se dejó caer junto al agujero y apoyó la cabeza sobre la tierra.

Fue entonces cuando comprendimos lo que había ocurrido.

Había tenido oportunidad de marcharse.

Había encontrado suelo más firme.

Pero regresó.

Y siguió cavando para que su compañero pudiera respirar hasta que él también quedó atrapado.

Mi nombre es Daniel Rivas.

Tenía 42 años y llevaba trece trabajando como agente cuando encontré a aquellos dos perros.

Había atendido accidentes, personas perdidas y animales abandonados.

Nunca había visto algo parecido.

Después los llamamos Rayo y Toby.

Rayo era el pastor alemán mestizo. Tenía unos siete años, el lomo negro, las patas color canela y una oreja que se inclinaba ligeramente hacia dentro.

Pesaba mucho menos de lo que debería.

Toby era el mayor.

Tendría unos diez años. Su pelo era crema, sus ojos color miel y sufría artritis en las patas traseras.

Los dos llevaban collares casi idénticos.

Y en ambos aparecía el mismo nombre:

Ernesto Salgado.

La dirección también era la misma.

Mientras seguíamos cavando alrededor de Toby, Rayo no apartó la mirada.

Tardamos otras dos horas.

El hueco alrededor del hocico de Toby era apenas del tamaño de un plato. Cada movimiento podía derrumbarlo.

En lugar de tirar de él desde arriba, abrimos una zanja alrededor.

Usamos agua, cuñas de plástico y finalmente nuestras propias manos.

Cuando tocamos su hombro, Toby no reaccionó.

Pero su corazón seguía latiendo.

Eso bastó para continuar.

A las 2:16 de la tarde conseguimos sacarlo.

Toby respiró una vez.

Y dejó de hacerlo.

Una veterinaria que acompañaba al equipo comenzó las maniobras de emergencia mientras otra persona limpiaba el barro de su boca y colocaba oxígeno.

Rayo intentó levantarse.

Lo sujeté por los hombros.

—Déjalos trabajar.

Me miró.

Después volvió a mirar a Toby.

Pasaron segundos que parecieron minutos.

Entonces Toby tomó aire por sí mismo.

Fue una respiración pequeña, casi un suspiro.

Pero estaba vivo.

Rayo dejó caer la cabeza sobre mi brazo.

Los llevaron a una clínica veterinaria de urgencias.

Mi turno ya había terminado.

Aun así, fui detrás de ellos.

Toby estaba en estado crítico. La deshidratación había afectado sus riñones y la presión del barro había empeorado su cadera.

Nadie podía asegurar que volvería a caminar normalmente.

Rayo también necesitaba tratamiento.

Pero había un problema.

No aceptaba estar lejos de Toby.

El personal colocó sus espacios uno junto al otro.

Rayo se acostó pegado a la separación.

Toby permanecía inconsciente al otro lado.

Horas después, Toby movió una pata.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. 

Scroll al inicio