Encontró un cachorro atrapado dentro de una garrafa, pero lo que descubrió después fue todavía más terrible

Durante once minutos cortamos una garrafa para salvar a un cachorro… hasta descubrir quién lo había dejado allí

Durante once minutos cortamos una garrafa para salvar a un cachorro atrapado dentro. Cuando dejó de llorar, pensé que habíamos llegado demasiado tarde.

La garrafa estaba tirada de lado junto a una carretera a las afueras de León, Guanajuato.

El plástico azul, opaco y rayado, apenas dejaba ver lo que había dentro. Por una pequeña zona transparente alcancé a distinguir un cuerpo color canela doblado de una forma imposible.

También vi una patita blanca.

Se movió una vez.

Después, nada.

—¿Me escuchas? —pregunté, agachándome junto al recipiente.

No hubo respuesta.

Me llamo Tomás Reyes. Tenía 44 años y llevaba más de quince trabajando como repartidor de suministros para restaurantes.

Aquella tarde iba con retraso.

Un minuto antes estaba pensando en cajas, facturas y en la llamada que seguramente recibiría por no llegar a tiempo.

Al siguiente minuto, todo eso había dejado de importar.

Dentro de aquella garrafa había un cachorro.

Y apenas respiraba.

Una mujer que conducía detrás de mí también se detuvo. Se llamaba Rosa Martínez, tenía 38 años y trabajaba como enfermera en una clínica privada.

Sacó un pequeño botiquín de su coche y se arrodilló a mi lado.

—No lo saques a la fuerza —me dijo—. Podríamos lastimarlo más.

Asentí.

La abertura de la garrafa parecía haber sido ensanchada, pero seguía siendo demasiado estrecha para los hombros del cachorro. Había bordes de plástico doblados hacia dentro.

Cada vez que intentaba respirar, su pecho rozaba uno de ellos.

Rosa llamó al servicio local de protección animal.

Nos dijeron que ya enviaban ayuda, pero que debíamos vigilar su respiración.

Yo miré otra vez al cachorro.

Un ojo permanecía cerrado.

Su hocico estaba apoyado contra el plástico.

—No creo que pueda esperar mucho —dije.

Rosa sacó unas tijeras resistentes de su botiquín.

—Hazlo despacio. Yo voy a separar el plástico de su cuerpo.

Mis manos temblaban.

No por miedo a cortarme.

Por miedo a equivocarme.

Había tenido una perra llamada Luna durante catorce años. Murió un año y medio antes, después de meses de enfermedad.

Desde entonces, su vieja correa roja seguía guardada en la guantera de mi camioneta.

Nunca fui capaz de tirarla.

Aquella tarde la saqué.

La pasé alrededor de la garrafa para evitar que rodara mientras trabajábamos.

Rosa levantó con cuidado una parte del plástico.

Yo empecé a cortar.

El recipiente crujió con un sonido seco.

Entonces el cachorro abrió un ojo.

Durante medio segundo me miró directamente.

Era marrón oscuro, con un pequeño círculo color ámbar alrededor de la pupila.

Luego volvió a cerrarlo.

—Quédate conmigo —le dije.

Sonó casi como una orden.

Era exactamente lo mismo que le decía a Luna cuando estaba enferma.

Seguimos trabajando.

Cortábamos unos centímetros y parábamos.

Rosa comprobaba que el cachorro seguía respirando.

Después continuábamos.

De pronto vimos una pequeña nube en el interior del plástico.

Su respiración había empañado la pared.

Esperamos otra.

No apareció.

Rosa metió dos dedos cerca de su mandíbula.

—Tiene pulso.

—¿Respira?

Rosa negó lentamente.

—Muy poco.

Nos quedaba un último tramo.

Sostuve el cuerpo del cachorro con una mano mientras Rosa separaba el plástico.

La garrafa finalmente se abrió.

El cachorro quedó libre.

Era mucho más pequeño de lo que había imaginado.

Tendría unas siete semanas.

Pelaje color canela, hocico blanco, una oreja doblada y cuatro dedos blancos en la pata delantera izquierda.

Su pecho subía y bajaba con movimientos rápidos y pequeños.

Rosa limpió suavemente su boca.

Yo envolví sus patas con una toalla fresca mientras intentábamos mantenerlo tranquilo.

Cuando lo llevamos hacia mi camioneta, hizo un pequeño ruido.

Luego levantó la cabeza apenas unos centímetros.

La correa roja de Luna seguía enrollada alrededor de mi muñeca.

El cachorro acercó el hocico.

La olió.

La tocó con la nariz.

Y volvió a dejar caer la cabeza.

En la clínica veterinaria lo recibieron de inmediato.

Una asistente nos preguntó si el perro pertenecía a alguno de los dos.

—No —respondí.

Pero seguía apretando la vieja correa entre los dedos.

La veterinaria, la doctora Mariana Salgado, salió unos cuarenta minutos después.

Nos explicó que el cachorro estaba muy deshidratado, agotado y con dificultades para respirar.

Luego colocó sobre una mesa los restos de la garrafa.

—Hay algo que no tiene sentido —dijo.

Señaló la abertura.

Los hombros del cachorro eran más anchos.

—No parece que haya entrado solo.

Sentí un nudo en el estómago.

Al otro lado de la carretera había un pequeño negocio de productos agrícolas. Una cámara exterior apuntaba parcialmente hacia el lugar donde encontramos la garrafa.

El personal de protección animal pidió revisar las grabaciones.

Y allí apareció una respuesta que ninguno de nosotros quería encontrar.

Horas antes, un vehículo oscuro se había detenido cerca del camino.

Una persona bajó.

Llevaba la garrafa entre los brazos.

La dejó en el suelo.

Volvió al vehículo.

Y se marchó.

En la grabación no se distinguía claramente el interior.

Pero después de que la persona se alejaba, la garrafa se movía.

El cachorro ya estaba dentro.

La clínica lo registró temporalmente como “cachorro encontrado en carretera”.

No tenía collar.

No tenía identificación.

No había nada que permitiera saber de dónde venía.

La doctora calculó que pesaba menos de tres kilos.

Tenía tres características muy fáciles de reconocer: los cuatro dedos blancos, una pequeña mancha color canela oscuro dentro de la oreja doblada y una línea blanca bajo el mentón.

Lo dejaron bajo observación.

Yo me quedé frente al cristal.

Rosa tuvo que regresar a su trabajo.

Antes de irse miró la correa roja que yo todavía llevaba conmigo.

—Te detuviste por algo —dijo.

—Me detuve porque lo escuché.

Rosa miró hacia la sala.

—Otros también pasaron por ahí.

No supe qué responder.

Me dieron un formulario.

En la parte donde preguntaban mi relación con el animal, marqué:

“Persona que lo encontró”.

Me quedé mirando esas palabras.

Durante años yo había organizado mis fines de semana alrededor de Luna.

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