Una perra volvió seis veces a la inundación por sus cachorros, pero el séptimo viaje casi terminó con ella

La perra volvió seis veces al agua por sus cachorros, pero en el séptimo viaje ya no podía más

La perra ya había sacado a cinco cachorros de la inundación cuando escuchó otro gemido y regresó al agua casi sin fuerzas.

Todavía recuerdo cómo le temblaban las patas.

No parecía simplemente cansada.

Parecía terminada.

Su cuerpo amarillo y blanco estaba empapado de lodo. Detrás de ella, el agua café avanzaba con fuerza por un camino rural de la sierra de Puebla, arrastrando ramas, láminas y pedazos de madera.

Y ella llevaba un cachorro entre los dientes.

Yo tenía 57 años entonces.

Me llamo Rogelio Mendoza. Soy un hombre grande, de cabeza rapada, barba gris y brazos llenos de tatuajes. Desde hacía años salía los fines de semana con un pequeño grupo de motociclistas voluntarios.

No éramos ninguna organización.

Éramos simplemente amigos que cargábamos nuestras motos y camionetas con agua, comida, cobijas, medicamentos básicos y alimento para animales cuando alguna comunidad cercana sufría una emergencia.

Aquella mañana regresábamos de entregar víveres cuando Teresa, de 49 años, levantó el brazo y señaló hacia una hondonada inundada junto al camino.

Pensé que había visto una cabra atrapada.

Entonces vi a la perra.

Salió del agua arrastrándose.

Dio tres pasos sobre el barro y dejó al cachorro junto a unas pacas viejas.

El pequeño soltó un chillido.

Ella bajó la cabeza y lo tocó con la nariz, como si necesitara comprobar que todavía respiraba.

Fue entonces cuando vimos a los demás.

Había cinco cachorros juntos sobre un costal mojado.

Uno era café con el hocico blanco.

Otro amarillo claro.

Había uno manchado, otro completamente oscuro y una cachorrita tan pequeña que cabía entre mis dos manos.

Todos temblaban.

Todos estaban vivos.

Teresa los contó.

—Cinco.

Yo asentí.

Y entonces escuchamos otro sonido.

Un gemido débil venía del otro lado del agua, cerca de un pequeño cobertizo que estaba parcialmente cubierto por la corriente.

La madre lo escuchó también.

Levantó la cabeza.

Miró hacia el cobertizo.

Y algo cambió en su cuerpo.

Un segundo antes apenas podía mantenerse de pie.

Ahora intentaba volver al agua.

—No —dije.

Ella avanzó.

Las patas delanteras se doblaron.

Cayó de rodillas.

Se levantó otra vez.

Uno de mis compañeros corrió por una cuerda que llevábamos para emergencias. Teresa llamó a los servicios de auxilio. Otro hombre sacó cobijas y toallas de una caja.

Pero la perra no esperó.

Entró otra vez.

La corriente la empujó de lado.

Su cabeza desapareció por un instante.

Volvió a salir.

Siguió nadando.

Cada movimiento era más lento.

Cuando llegó a unas tablas acumuladas junto al cobertizo, vimos al último cachorro.

Ella lo tomó suavemente por el cuello.

Durante un segundo pensé que conseguiría volver sola.

Entonces giró.

La corriente la golpeó.

El cachorro seguía por encima del agua, firmemente sujeto entre sus dientes.

Pero la cabeza de la madre comenzó a hundirse.

Me quité las botas.

Uno de mis amigos me sujetó del brazo.

—Rogelio, está muy fuerte.

Miré a la perra.

—Y yo no voy a quedarme aquí viendo cómo se ahoga.

Me até la cuerda alrededor de la cintura y entré.

El agua me golpeó el pecho como una pared.

La perra estaba a unos metros.

Cuando me vio, trató de alejarse.

Eso fue casi lo peor.

Estaba a punto de ahogarse y aun así parecía creer que mantenerse lejos de una persona era más seguro que aceptar ayuda.

Era demasiado delgada para estar amamantando.

Las costillas se marcaban bajo el pelo.

Las patas estaban cubiertas de lodo.

Sus ojos tenían esa expresión que uno reconoce de inmediato en algunos animales abandonados.

No pedía nada.

Parecía haber aprendido hacía tiempo que pedir no servía.

—Tranquila, mamá —le dije—. No voy a quitarte a tu cachorro.

Nadó dos veces más.

Luego su cuerpo se inclinó.

Me lancé hacia ella.

Pasé un brazo por debajo de su pecho y con la otra mano sostuve al cachorro sin intentar arrancárselo de la boca.

Ella se tensó.

Después dejó de luchar.

No porque confiara completamente en mí.

Simplemente ya no le quedaban fuerzas.

—Tú los cargaste —le dije—. Ahora deja que yo te cargue a ti.

Grité hacia la orilla.

—¡Jalen!

La cuerda se tensó.

Mis compañeros comenzaron a tirar.

La corriente golpeaba mi espalda y mi cara.

En un momento las patas traseras de la perra quedaron debajo del agua.

Pero no soltó al cachorro.

Ni una sola vez.

Cuando finalmente tocamos tierra, Teresa bajó por el barro con una cobija.

Uno de los hombres quiso tomar al cachorro.

La madre no lo soltó.

Esperó hasta poner las cuatro patas sobre suelo firme.

Entonces miró alrededor.

Sus ojos encontraron a los otros cinco.

Solo entonces abrió la boca.

El sexto cachorro cayó suavemente sobre la cobija.

La perra se acercó a ellos.

Los olió uno por uno.

Primero el café.

Después el amarillo.

Luego el negro.

El manchado.

La más pequeña.

Finalmente, el cachorro que acababa de sacar del agua.

Los revisó otra vez.

Solo después de comprobar que los seis estaban allí permitió que su cuerpo se rindiera.

Cayó de costado.

Nosotros también contamos seis.

Pero para ella contar parecía significar algo distinto.

Era una madre asegurándose de que el mundo no hubiera olvidado a ninguno.

Decidimos llamarla Luna.

No porque el nombre tuviera algo especial.

Fue Teresa quien lo dijo mientras secaba su cabeza.

—Después de todo lo que ha pasado, esta perrita merece un nombre bonito.

Cuando llegaron los rescatistas del municipio, Luna continuaba pendiente de cada cachorro.

Una mujer del equipo veterinario examinó sus encías y su respiración.

—Está muy deshidratada y demasiado delgada —dijo—. Los pequeños tienen frío, pero reaccionan. Tenemos que llevarlos a una clínica.

Cuando intentó tomar al primero, Luna gruñó.

No fue un gruñido agresivo.

Fue la advertencia de una madre que acababa de enfrentarse a una inundación y no estaba dispuesta a entregar fácilmente lo que había salvado.

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