El perro tuerto que siguió ofreciendo su vieja pelota hasta que alguien decidió quedarse

Vi a un perro tuerto ser rechazado once veces en menos de dos minutos. Lo peor fue verlo buscar la misma pelota para la persona número doce.

Se llamaba Rulo.

Yo tenía 58 años cuando apareció aquel video en mi teléfono. Estaba sentado en la mesa de mi cocina, terminando un café ya frío después de un día entero reparando lavadoras y refrigeradores.

Me llamo Octavio Ceballos y vivo en Querétaro. Desde hace más de treinta años arreglo aparatos domésticos. Si una secadora deja de calentar, una lavadora empieza a tirar agua o un refrigerador hace un ruido raro, alguien termina llamándome.

Aquella noche, sin embargo, no tenía ganas de arreglar nada.

Solo estaba pasando videos cuando apareció Rulo.

Era un perro mestizo de unos seis años, de tamaño mediano, pelo café claro y áspero. Le faltaba el ojo izquierdo. La herida ya había sanado y apenas se notaba una pequeña cicatriz.

Pero eso no fue lo que me llamó la atención.

Fue la pelota.

Una vieja pelota de tenis, casi gris, mordida y abierta de un lado.

El video era una recopilación de personas que habían ido al refugio buscando un perro.

Una familia se acercaba a la jaula de Rulo.

Él se levantaba de inmediato, corría al fondo, recogía la pelota y se la llevaba.

Un niño le acariciaba la cabeza.

Rulo movía la cola como loco.

Después, la familia caminaba unos metros y escogía otro perro.

El video cambiaba.

Llegaba una pareja.

Rulo buscaba la misma pelota.

Ellos sonreían, le hablaban bonito y seguían adelante.

Otra familia.

Otra vez la pelota.

Otra vez esa cola moviéndose.

Otro perro se iba a casa.

Rulo se quedaba.

Vi el video tres veces.

No me dolía que le faltara un ojo.

Me dolía que siguiera intentándolo.

Cada persona nueva parecía darle exactamente la misma esperanza.

“Tal vez ahora sí.”

Yo conocía demasiado bien esa sensación.

Crecí con un hermano mayor que siempre fue más fácil de querer.

No lo digo con coraje. Era la verdad.

Él hacía amigos rápido, tenía tema de conversación y sabía hacer reír a mi papá. Cuando había una salida o algo divertido, muchas veces pensaban primero en él.

Yo era el que sabía arreglar cosas.

Si una bicicleta se descomponía, me buscaban.

Si una puerta no cerraba, yo la arreglaba.

Con los años, eso se convirtió en mi trabajo y, de alguna manera, también en mi lugar dentro de la familia.

El útil.

El confiable.

El que siempre podía ayudar.

Después de mi divorcio, esa sensación se hizo más fuerte.

Me llamaban para mover un mueble.

Para revisar una bomba de agua.

Para ver por qué un refrigerador no enfriaba.

Nadie me trataba mal.

Eso era lo complicado.

Simplemente había días en que me preguntaba cómo sería que alguien me llamara sin necesitar nada.

Después de tantos años, aprendí a decir:

“No pasa nada.”

Y seguía con mi vida.

Hasta que vi a Rulo con esa pelota.

Al día siguiente fui al refugio.

Durante todo el camino me repetí que solo iba a conocerlo.

Nada más.

Una trabajadora llamada Mariana me llevó hasta donde estaba.

Rulo estaba acostado sobre una cobija vieja.

Me miró con su único ojo.

Yo esperé.

En el video, corría por la pelota apenas veía a alguien.

Conmigo no lo hizo.

No sé por qué, pero sentí una pequeña decepción.

Mariana se dio cuenta.

“Antes lo hacía con todos”, me dijo. “Últimamente ya no siempre.”

“¿Lleva mucho tiempo aquí?”

Ella asintió.

“Bastante.”

Me senté en el piso frente a él.

No le chiflé.

No golpeé mis piernas para llamarlo.

No intenté convencerlo de que yo era diferente.

Simplemente me quedé ahí.

Pasaron unos minutos.

Entonces Rulo se levantó.

Caminó lentamente hasta el fondo.

Regresó con aquella pelota en el hocico.

Sentí un nudo en la garganta.

Se acercó, pero se detuvo como a un metro de mí.

No soltó la pelota.

Solo me miró.

Como si primero quisiera saber si yo también iba a irme.

“Sí, compañero”, murmuré. “Te entiendo.”

Entonces Mariana me contó algo.

Después de que una familia escogía otro perro y salía del lugar, Rulo a veces se quedaba cerca de la entrada.

Si alguien regresaba porque había olvidado una chamarra o necesitaba recoger algún papel, Rulo corría otra vez por su pelota.

Pensaba que habían vuelto por él.

Bajé la mirada.

Eso me pegó donde no esperaba.

Porque yo también había pasado años inventando razones para no sentirme rechazado.

Tal vez la próxima vez me invitan.

Tal vez estaban ocupados.

Tal vez después se acuerdan de mí.

Me puse de pie.

Y por unos segundos pensé en irme.

Pensé en mi trabajo.

En los gastos.

En que vivía solo.

En que nunca había cuidado un perro yo solo.

Caminé dos pasos hacia la salida.

Rulo no ladró.

No trató de seguirme.

Regresó a su cobija, dejó la pelota entre sus patas y se acostó.

Eso fue lo que me hizo detenerme.

No parecía triste.

Parecía acostumbrado.

Como si ya supiera cómo terminaban esas visitas.

Me volteé hacia Mariana.

“¿Alguien está haciendo el trámite para llevárselo?”

“No.”

“¿Alguien dijo que iba a regresar?”

Mariana negó con la cabeza.

Miré a Rulo.

“Entonces quiero adoptarlo.”

Los primeros días en casa no fueron como en una película.

Rulo todavía desconfiaba de las cosas buenas.

Cada vez que yo agarraba las llaves, corría por su pelota.

Si me ponía la chamarra para salir a trabajar, aparecía junto a la puerta con ella en el hocico.

Una tarde salí menos de un minuto por una herramienta que había dejado en la camioneta.

Cuando regresé, Rulo estaba detrás de la puerta.

Con la pelota.

Me agaché junto a él.

“Ya no tienes que hacer eso, viejo. Voy a regresar.”

Tardó meses en creerme.

Hasta que una noche llegué del trabajo y lo encontré dormido en la sala.

Abrió su único ojo.

Me vio.

Y volvió a cerrar el ojo.

No buscó la pelota.

Me quedé parado junto a la puerta sonriendo como tonto.

Porque entendí lo que acababa de pasar.

Por fin confiaba en que yo iba a volver.

Ahora Rulo duerme cerca de mi banco de trabajo mientras reparo cosas.

Yo hablo con él más de lo que me gustaría admitir.

A él no le importa si puedo arreglar una lavadora.

No necesita que sea útil para alegrarse cuando llego.

Y todavía conserva aquella pelota vieja.

Le compré varias nuevas.

No le interesan demasiado.

Prefiere la gastada.

A veces la deja sobre mis piernas y espera.

Entonces la lanzo por el pasillo y él corre detrás de ella.

La diferencia es que ahora esa pelota ya no significa:

“Por favor, escógeme.”

Ahora solo significa:

“¿Jugamos?”

Meses después, Mariana me preguntó qué había visto en Rulo para decidir llevármelo.

Podía haberle contado toda mi vida.

No lo hice.

Miré al perro dormido junto a mis pies y pensé en aquella pelota vieja pasando de visita en visita.

Entonces le dije:

“No quería que tuviera que llevarle esa pelota a una persona más.”

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