Su turno terminó de madrugada, pero lo que hizo por aquel perro abandonado nadie pudo olvidarlo

Su turno terminó a las 2:43 de la madrugada, pero aquel perro temblaba cada vez que ella intentaba marcharse y dejarlo solo.

A las 2:43 de la madrugada, Adriana Salgado ya había terminado.

Había limpiado el último pasillo, vaciado los botes de basura y guardado casi todos los productos en el pequeño cuarto de mantenimiento de la terminal de autobuses.

Solo quería fichar la salida, cambiarse los zapatos y volver a casa.

Entonces escuchó el ruido.

Ras.

Ras.

Ras.

Algo estaba rozando la puerta metálica de servicio que daba a la parte trasera del edificio.

Adriana se quedó quieta con el trapeador todavía en la mano.

Pensó que quizá alguna bolsa había quedado atorada contra la puerta. A esas horas, el estacionamiento estaba casi vacío y solo se escuchaban, a intervalos, los motores de los autobuses que entraban o salían.

Volvió a escuchar el sonido.

Esta vez fue acompañado por un pequeño gemido.

Adriana dejó el trapeador contra la pared.

—¿Hola?

No hubo respuesta.

Claro que no.

Abrió la puerta apenas unos centímetros y asomó la cabeza.

Debajo de una lámpara fluorescente pegada al muro había un perro.

Era joven, de pelo negro, pecho ancho y patas fuertes. Parecía una mezcla de pitbull con alguna otra raza que Adriana no supo reconocer.

Llevaba un collar rojo.

Del collar colgaba un pedazo corto de correa, cortado o roto.

El perro estaba pegado al concreto como si quisiera atravesar la pared.

Adriana abrió un poco más la puerta.

El animal no gruñó.

Tampoco ladró.

Solo levantó los ojos.

Y en ese momento un autobús encendió el motor al otro lado del estacionamiento.

El perro se estremeció de pies a cabeza.

Agachó las orejas, metió la cola entre las patas y se aplastó contra el muro.

Adriana sintió un nudo en el estómago.

—Tranquilo —murmuró—. No voy a tocarte.

El perro no se movió.

Ella había conocido animales asustados antes. De niña, su madre había recogido gatos abandonados más de una vez. Adriana sabía que un animal con miedo podía reaccionar de forma impredecible.

Así que no se acercó.

Solo se quedó observándolo desde la puerta.

A los pocos minutos apareció Julián, el supervisor nocturno, caminando por el pasillo con una carpeta bajo el brazo.

—¿Todavía no te vas?

Adriana señaló hacia afuera.

—Hay un perro.

Julián miró.

—Ya lo vimos en las cámaras.

—¿Desde cuándo está ahí?

—No sé. Tal vez una hora.

Adriana volvió la cabeza de golpe.

—¿Una hora?

—Ya avisaron al servicio municipal. Vendrán cuando tengan una unidad disponible.

—¿Cuándo?

Julián hizo un gesto cansado.

—No me dijeron.

Eran casi las tres de la madrugada.

Adriana miró otra vez al perro.

—¿Y mientras?

—Mientras nada. No podemos meterlo al edificio. Tú ya terminaste tu turno, Adriana. Puedes irte.

Era cierto.

Tenía derecho a marcharse.

Su hija adulta vivía en otra ciudad y Adriana llevaba años viviendo sola en un pequeño departamento de Querétaro. Nadie la esperaba despierto, pero eso no significaba que quisiera pasar la madrugada detrás de una terminal.

Llevaba ocho horas trabajando.

Le dolían las piernas.

Tenía hambre.

Su espalda le recordaba, con cada movimiento, que ya había cumplido cincuenta y cuatro años.

—Está bien —dijo.

Entró al edificio.

Guardó el trapeador.

Se quitó los guantes.

Tomó su bolso.

Y caminó hacia la salida de empleados.

El problema fue que tenía que pasar otra vez cerca de la puerta trasera.

Cuando el perro la vio alejarse, levantó la cabeza.

Adriana dio cinco pasos.

Detrás de ella se escuchó un gemido.

Se detuvo.

Continuó.

Otro gemido.

Adriana cerró los ojos.

—No hagas eso —murmuró sin voltearse.

Dio dos pasos más.

Entonces escuchó las uñas del perro arañando el concreto.

Ras.

Ras.

Ras.

Como si intentara seguirla sin atreverse a abandonar la pared.

Adriana volvió.

El perro estaba de pie ahora.

Temblaba.

Cuando la vio regresar, volvió a sentarse.

Julián apareció en la puerta.

—Adriana.

—Ya sé.

—Puedes irte.

—Ya sé.

—El servicio vendrá.

—Ya sé, Julián.

Él suspiró.

—Entonces, ¿qué haces?

Adriana miró al perro.

—Cinco minutos.

Fue al dispensador de agua del área de empleados y llenó un vaso grande de papel.

Regresó despacio.

No puso el agua junto al perro.

La dejó a unos dos metros.

Luego retrocedió.

El animal miró el vaso.

Después miró a Adriana.

No se acercó.

—Está bien —dijo ella—. A tu ritmo.

Pasaron tres minutos.

Nada.

Cinco.

Nada.

Adriana se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared exterior de la terminal.

Entonces ocurrió algo pequeño.

El perro estiró el cuello.

Olfateó el aire.

Adriana apartó la mirada deliberadamente.

No quería que sintiera que lo estaba vigilando.

Pasó otro autobús y el ruido de los frenos hizo que el perro se encogiera otra vez.

Adriana permaneció inmóvil.

—Mucho ruido, ¿verdad?

El perro parpadeó.

—Yo tampoco soporto este lugar cuando todos empiezan a tocar el claxon al mismo tiempo.

No sabía por qué le hablaba.

Quizá porque el silencio le parecía peor.

Pasaron unos minutos más.

Finalmente, el perro caminó hasta el vaso.

Bebió rápido.

Demasiado rápido.

Levantó la cabeza varias veces, como si esperara que alguien apareciera para quitárselo.

Adriana sintió que algo dentro de ella cambiaba.

No era lástima exactamente.

Era otra cosa.

Era la sensación de estar viendo a alguien pedir permiso incluso para beber agua.

Cuando terminó, el perro retrocedió de nuevo hasta la pared.

Adriana miró la hora.

3:08.

Sus cinco minutos se habían convertido en casi media hora.

Julián asomó desde dentro.

—¿Quieres que te traiga una silla?

Adriana sonrió sin ganas.

—Pensé que querías que me fuera.

—Ya vi que no va a pasar.

Cinco minutos después apareció con una silla de plástico.

Adriana no la utilizó.

Temía que moverla hiciera demasiado ruido.

En cambio, se quitó la chamarra reflectante que usaba durante el trabajo.

La extendió sobre sus piernas.

El perro observó el movimiento.

Adriana tomó una esquina de la chamarra y la dejó caer sobre el suelo, entre ambos.

—No voy a acercarme —le dijo—. Tú decides.

A las 3:22, el perro se movió unos centímetros.

A las 3:31, otros pocos.

A las 3:38, estaba suficientemente cerca para olfatear la chamarra.

Adriana mantuvo las manos sobre las piernas.

No intentó acariciarlo.

No tocó el collar rojo.

No agarró la correa rota.

Nada.

Solo dejó una mano sobre el concreto con la palma hacia abajo.

El perro la olió.

Retrocedió.

Volvió a acercarse.

Su nariz tocó brevemente los dedos de Adriana.

Ella sintió el aire tibio de su respiración.

—Hola —susurró.

El perro se sentó.

Por primera vez desde que lo había visto, dejó de temblar durante unos segundos.

A las cuatro de la madrugada, Julián salió con un café.

—¿Nada todavía?

Adriana negó con la cabeza.

—Dijeron que tienen otras llamadas.

Le ofreció el vaso.

Ella lo aceptó.

—Gracias.

Julián observó al animal.

—No parece agresivo.

—Parece aterrado.

—¿Crees que se escapó?

Adriana miró la correa rota.

—Ojalá.

No quiso decir lo que realmente estaba pensando.

Había algo en la manera en que el perro miraba hacia el estacionamiento cada vez que se escuchaba un vehículo que parecía demasiado específico.

Como si esperara reconocer uno.

Como si todavía creyera que alguien iba a regresar.

A las 4:17, el perro acercó una pata hasta la chamarra.

A las 4:23, puso la otra.

Adriana casi sonrió.

—Eso es.

El animal se tumbó lentamente.

Primero mantuvo cierta distancia.

Después apoyó el hocico sobre el borde de la chamarra.

Adriana se quedó inmóvil.

Sus piernas empezaban a entumecerse.

No importaba.

Veinte minutos después, el perro se arrastró un poco más.

Su cabeza terminó apoyada sobre el muslo de Adriana.

Ella dejó de respirar durante un segundo.

Luego, muy despacio, apoyó la mano sobre su lomo.

El perro cerró los ojos.

Adriana sintió que tenía que tragarse algo antes de poder hablar.

—Ya entendí —susurró—. Solo no querías quedarte solo.

A las cinco, la terminal comenzó a cambiar.

Llegaron los primeros trabajadores del turno de mañana.

Algunos miraron hacia la parte trasera.

Uno quiso acercarse.

Adriana levantó la mano.

—Despacio.

El hombre se detuvo.

—¿Es tuyo?

Adriana miró al perro dormido sobre sus piernas.

—No.

Y después añadió:

—Todavía no sabemos de quién es.

La respuesta le pareció extraña incluso a ella misma.

A las 5:26, Julián salió otra vez.

—Me acaban de llamar. Ya viene alguien.

Adriana asintió.

Debería haberse sentido aliviada.

En cambio, miró al perro y sintió preocupación.

¿Qué ocurriría cuando intentaran llevárselo?

¿Volvería a entrar en pánico?

¿La persona que llegara tendría paciencia?

Sin darse cuenta, empezó a acariciarlo detrás de una oreja.

El perro suspiró.

A las 5:40, Adriana cerró los ojos.

Solo un momento.

Eso creyó.

Cuando volvió a abrirlos, alguien estaba pronunciando su nombre.

—Adriana.

Era Julián.

Ella parpadeó.

La luz ya empezaba a cambiar sobre los edificios cercanos.

—Te dormiste.

Adriana se incorporó.

El perro seguía pegado a ella.

Tenía un brazo alrededor de su cuerpo.

—¿Qué hora es?

—Seis y doce.

—¿Ya llegaron?

Julián señaló hacia un vehículo estacionado a unos metros.

Una mujer bajaba con una manta y una correa especial.

Adriana intentó levantarse.

El perro despertó de inmediato.

Sus músculos se tensaron.

—Tranquilo.

La mujer se aproximó lentamente.

—No voy a acercarme más —dijo—. ¿Ha intentado morder?

—Ni una vez.

—¿Te ha dejado tocar el collar?

—No lo intenté.

La mujer sonrió.

—Hiciste bien.

Se sentó a cierta distancia.

Durante varios minutos, nadie obligó al perro a hacer nada.

Al final, la mujer consiguió colocarle otra correa con cuidado.

—Vamos —dijo suavemente.

El perro no se movió.

La mujer tiró apenas.

Nada.

El perro clavó las patas en el suelo.

Adriana se puso de pie.

El animal la miró.

Ella dio un paso.

El perro dio otro.

La mujer entendió inmediatamente.

—Camina con nosotros.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. 

Scroll al inicio