Su turno terminó de madrugada, pero lo que hizo por aquel perro abandonado nadie pudo olvidarlo

Así lo hizo.

Atravesaron juntos la parte trasera del estacionamiento.

Cuando llegaron al vehículo, Adriana se detuvo.

El perro también.

—Está bien —dijo ella—. Sube.

No subió.

Adriana se acercó al vehículo.

El perro la siguió.

Solo entonces aceptó entrar.

Antes de que cerraran la puerta, Adriana puso una mano sobre la reja.

El perro apoyó el hocico al otro lado.

—¿Qué va a pasar con él?

—Primero lo revisarán —respondió la mujer—. Intentaremos localizar a su familia. Si tiene identificación o chip, será más sencillo.

—¿Y si no tiene?

—Habrá que esperar el periodo correspondiente.

Adriana asintió.

El vehículo se alejó.

Ella permaneció allí hasta perderlo de vista.

Después volvió al edificio para recoger su bolso.

Julián la miró.

—Son las seis y media.

—Sí.

—Tu turno terminó hace casi cuatro horas.

—También lo sé.

—Vete a dormir.

Adriana empezó a caminar hacia la salida.

—Adriana.

Se volvió.

Julián señaló la cámara instalada sobre la puerta.

—Todo quedó grabado.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Tú, sentada ahí toda la madrugada.

—Perfecto. Ahora todos podrán verme dormida en el suelo.

Julián se rio.

—Más o menos.

Adriana volvió a casa y durmió menos de cinco horas.

A las doce y media ya estaba despierta.

Lo primero que pensó no fue en el trabajo.

Fue en el perro.

Tomó el teléfono.

Después de varias llamadas consiguió saber dónde lo habían llevado.

No tenía chip.

No llevaba placa.

Nadie había reportado un perro con sus características.

Adriana sintió una mezcla de alivio y tristeza que no supo explicar.

Alivio porque nadie iba a aparecer de inmediato para separarlos.

Tristeza porque eso también podía significar que nadie lo estaba buscando.

Esa tarde llegó temprano a trabajar.

Julián la vio entrar.

—No me digas.

—¿Qué?

—Fuiste a verlo.

Adriana dejó su bolso.

—Sí.

—Claro que fuiste.

El perro estaba en un espacio limpio y tranquilo cuando Adriana llegó.

Al principio permaneció tumbado en una esquina.

Entonces escuchó su voz.

—Hola.

Levantó la cabeza.

Adriana nunca olvidaría lo que ocurrió después.

El perro se incorporó de golpe.

Su cola golpeó dos veces contra el suelo.

Después corrió hasta la puerta.

No ladró.

No saltó.

Solo pegó todo el cuerpo contra la reja.

Adriana se agachó.

—¿Me recuerdas?

El perro lamió sus dedos.

—Supongo que sí.

Una trabajadora se acercó.

—¿Estabas con él cuando lo encontraron?

—Sí.

—Desde que llegó casi no ha reaccionado así con nadie.

Adriana sonrió.

—Tal vez piensa que le debo otro vaso de agua.

La mujer revisó unos papeles.

—Seguiremos intentando localizar a quien lo tenía.

Adriana asintió.

Era lo correcto.

Si alguien lo amaba y lo estaba buscando desesperadamente, debía volver a casa.

Eso se repitió a sí misma.

Esa noche, durante el trabajo, encontró varios pelos negros pegados a su chamarra reflectante.

No los quitó.

Al día siguiente volvió.

Y al siguiente.

Y al siguiente.

Cada vez, el perro ya parecía saber a qué hora llegaría.

Una trabajadora llegó a bromear diciendo que podían ajustar el reloj según el momento en que él empezaba a mirar hacia la puerta.

Adriana terminó poniéndole un nombre provisional.

—No puedo seguir diciendo “el perro” —explicó.

—¿Cómo quieres llamarlo?

Adriana pensó unos segundos.

—Bruno.

El animal levantó una oreja.

—¿Ves? Le gusta.

Durante los días siguientes, Adriana empezó a conocerlo de verdad.

Bruno no temía a todas las personas.

Temía a los ruidos repentinos.

Especialmente a los motores grandes.

Si escuchaba uno, se agachaba.

Si una puerta metálica se cerraba con fuerza, buscaba inmediatamente un rincón.

Pero cuando todo estaba tranquilo, aparecía otro perro.

Uno curioso.

Torpe.

Cariñoso.

Descubrieron que le encantaban las pelotas de goma.

También tenía la costumbre de sentarse sobre los pies de Adriana.

No junto a ellos.

Encima.

—Pesas más de lo que crees —le decía ella.

Bruno respondía apoyando la cabeza contra su pierna.

Al sexto día, todavía nadie había reclamado al perro.

Al octavo, tampoco.

Al décimo, una trabajadora le hizo a Adriana una pregunta que ella llevaba días evitando.

—Si nadie aparece, ¿qué harás?

Adriana guardó silencio.

Haz clic en el botón de abajo para leer la siguiente parte de la historia. 

Scroll al inicio