Un niño sin hogar preguntó si Santa sabría que se habían mudado, y un desconocido cambió sus vidas esa misma noche
—Mamá, ¿ese señor es del trabajo?
Mariana apretó a su hijo contra ella y miró al hombre que acababa de detenerse frente a los escalones donde estaban sentados.
—No, Mateo. No lo conocemos.
Alejandro Herrera levantó una mano y mantuvo cierta distancia.
—Perdón por acercarme así. Trabajo en el edificio de al lado. Los vi aquí con las maletas y solo quería saber si necesitan ayuda.
—Estamos bien, gracias —respondió Mariana demasiado rápido.
Alejandro miró las dos bolsas grandes, una pequeña maleta y la mochila infantil junto a ellos.
No parecían estar bien.
Mateo, que tenía cinco años y abrazaba un oso de peluche gastado, no entendía de orgullo ni de excusas.
—Estamos aquí porque ya no tenemos casa —dijo.
Mariana cerró los ojos durante un segundo.
—Mateo…
—Pero mamá dice que es una aventura —añadió el niño—. Mañana vamos a encontrar otro lugar.
Alejandro sintió un golpe extraño en el pecho.
Tenía 43 años y dirigía un despacho de consultoría financiera en Querétaro. Había pasado años aprendiendo a no involucrarse en problemas ajenos.
Aquella Nochebuena había salido tarde de la oficina.
Sus empleados se habían ido horas antes para reunirse con sus familias. Él se había quedado revisando documentos que podían esperar perfectamente hasta después de Navidad.
La verdad era más sencilla.
No tenía ninguna prisa por volver a casa.
Sus padres vivían lejos. Su hermano había formado su propia familia en otra ciudad. Su última relación seria había terminado tres años atrás porque, según ella, Alejandro siempre encontraba una reunión, un cliente o un informe más importante.
Desde entonces había convertido el trabajo en una excusa perfecta para no admitir que estaba solo.
Pero aquel niño estaba sentado en la entrada de un edificio vacío en Nochebuena.
Y sonreía.
Mateo levantó la cara hacia Alejandro.
—Señor, ¿usted conoce a Santa?
La pregunta tomó a Alejandro desprevenido.
—No personalmente.
Mateo pareció decepcionado.
—¿Pero puede mandarle un mensaje?
Mariana se llevó una mano a la frente.
—Mateo, por favor.
—Es importante, mamá.
El niño volvió a mirar a Alejandro.
—¿Puede decirle que nos mudamos? Ya no vivimos en el departamento de antes. Me preocupa que Santa vaya allá y no nos encuentre.
Alejandro no supo qué responder inmediatamente.
Mateo apretó el oso contra su pecho.
—Mamá dice que Santa sabe muchas cosas, pero nos mudamos hoy. Tal vez todavía no le avisaron.
Mariana giró el rostro.
Alejandro alcanzó a ver cómo se limpiaba rápidamente una lágrima.
Aquella sencilla preocupación infantil consiguió algo que años de conversaciones incómodas y noches silenciosas no habían conseguido.
Hizo que Alejandro dejara de pensar en sí mismo.
Se agachó hasta quedar a la altura del niño.
—Creo que podemos solucionar lo de Santa.
Mateo abrió mucho los ojos.
—¿En serio?
—En serio. Pero primero necesito una cosa.
—¿Qué?
Alejandro señaló las bolsas.
—Que tú y tu mamá me permitan invitarlos a cenar. Hay un restaurante familiar a unas calles de aquí. Podemos comer algo y pensar con calma qué hacer.
Mariana negó con la cabeza.
—No es necesario.
—No dije que fuera necesario.
Ella lo miró.
—No aceptamos caridad.
Alejandro conocía aquel tono.
Él también había utilizado el orgullo como armadura durante años.
—Entonces no lo llame caridad. Llámelo cena de Nochebuena entre tres personas que, por diferentes razones, no tienen otro sitio donde estar.
Mariana guardó silencio.
Mateo tiró suavemente de su manga.
—Mamá, tengo hambre.
Aquello terminó la discusión.
—Solo la cena —dijo Mariana.
—Solo la cena —aceptó Alejandro.
Se presentó mientras recogía una de las bolsas.
—Alejandro Herrera.
—Mariana Torres.
—Y yo soy Mateo Torres —anunció el niño—. Tengo cinco años y medio.
—Ese medio año es importante —respondió Alejandro.
—Muchísimo.
Por primera vez, Mariana sonrió de verdad.
El restaurante estaba lleno de familias que hablaban alrededor de mesas largas. Había adornos navideños sencillos, música suave y niños impacientes por volver a casa.
Alejandro pidió chocolate caliente para Mateo y dejó que Mariana eligiera la comida.
Ella pidió algo económico.
Alejandro añadió platos para compartir sin hacer comentarios sobre el precio.
Mateo empezó a comer en cuanto la comida llegó.
Alejandro observó la velocidad con la que el pequeño terminaba cada bocado y sospechó que aquella no había sido una jornada de comidas regulares.
Mariana lo notó mirándolo.
—Desayunó bien —dijo.
Era una explicación que nadie había pedido.
Alejandro decidió no incomodarla.
Esperó hasta que Mateo estuviera entretenido dibujando en una hoja que les había dado una empleada del restaurante.
Entonces preguntó en voz baja:
—¿Qué pasó?
Mariana sostuvo su taza con ambas manos.
Durante unos segundos pareció debatirse entre contarle la verdad o construir otra excusa.
Ganó el cansancio.
—Hasta la semana pasada trabajaba como auxiliar contable en una empresa inmobiliaria grande.
—¿Cuánto tiempo llevabas ahí?
—Tres años.
Había sido un empleo normal, explicó. No ganaba demasiado, pero le permitía pagar un pequeño departamento, la escuela de Mateo, comida y transporte.
Nunca sobraba mucho.
Pero alcanzaba.
—La semana pasada nos reunieron a varios —continuó—. Dijeron que estaban reduciendo gastos. Mi puesto desapareció.
—¿Te dieron algún apoyo?
—Dos semanas de sueldo.
Mariana soltó una pequeña risa sin humor.
—Suena a mucho cuando no tienes un hijo.
Había utilizado casi todo para cerrar las cuentas pendientes y pagar una pequeña bodega donde dejó algunas pertenencias.
El contrato de su departamento terminaba en diciembre y, sin empleo ni dinero para renovar, había tenido que entregar las llaves.
—Pensé que encontraría trabajo rápido —dijo—. Sé llevar cuentas, facturación, nóminas, archivos. No soy una especialista extraordinaria, pero trabajo bien.
—¿Has enviado solicitudes?
—Muchas.
Era Navidad.
En varios lugares le habían dicho que volviera después de Año Nuevo.
Mariana también había llamado a distintos lugares de alojamiento temporal, pero las opciones disponibles aquella noche estaban saturadas.
—Yo solo necesitaba encontrar dónde pasar unos días —explicó—. Después podría seguir buscando empleo.
Miró hacia Mateo.
—Intento que él no se dé cuenta de lo grave que es.
Mateo seguía dibujando tranquilamente.
—Le dije que estábamos empezando una aventura.
Alejandro bajó la vista.
—Y él te creyó.
—Tiene cinco años. Confía en mí.
Aquellas cuatro palabras sonaron más dolorosas que cualquier otra cosa que Mariana hubiera contado.
—¿Tienes familia cerca?
Ella negó.
Sus padres habían fallecido cuando era muy joven. No tenía hermanos. El padre de Mateo se había marchado antes del nacimiento del niño y nunca había formado parte de su vida.
Durante cinco años habían sido ellos dos.
—Nunca habíamos estado así —dijo Mariana—. Nunca.
Alejandro asintió.
No intentó darle una solución inmediata. Tampoco pronunció frases vacías sobre que todo estaría bien.
Simplemente escuchó.
Cuando terminaron de cenar, Mateo bostezaba.
Alejandro miró a Mariana.
—Tengo una propuesta para esta noche.
Ella se puso inmediatamente a la defensiva.
—Alejandro…
—Tengo dos habitaciones de invitados en mi departamento.
Mariana quedó inmóvil.
Alejandro habló rápidamente.
—Habitaciones separadas. Ambas tienen puerta y cerradura. Tú eliges cuál usar. Yo duermo al otro lado del departamento. No espero absolutamente nada.
—No puedo irme a casa de un desconocido.
—Lo entiendo.
—Tengo un hijo.
—También lo entiendo.
Alejandro sacó una tarjeta de su cartera y la puso sobre la mesa.
—Ahí está mi nombre profesional y el teléfono de mi oficina. Puedes llamar a quien quieras antes de decidir. Incluso puedes enviar mi información y la dirección a alguien de confianza.
Mariana observó la tarjeta.
—¿Por qué haces esto?
Alejandro miró a Mateo.
El pequeño estaba intentando mantener abiertos los ojos mientras abrazaba su oso.
—Porque tu hijo está preocupado por si Santa sabe que cambió de domicilio.
A Mariana se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No quiero deberte nada.
—No me debes nada.
—Mañana me voy.
—Mañana veremos qué opciones tienes. Si quieres marcharte temprano, te llevo donde necesites.
Mariana permaneció callada.
Alejandro pudo ver exactamente el momento en que su orgullo perdió contra algo más fuerte.
El amor por su hijo.
—Una noche —dijo.
—Una noche.
El departamento de Alejandro ocupaba una planta alta de un edificio moderno cerca del centro de Querétaro.
Cuando entraron, Mateo se quedó mirando todo.
No era una casa exageradamente ostentosa, pero sí mucho más grande que cualquier lugar donde él hubiera vivido.
—¿Vives aquí solo?
—Sí.
—¿Todo esto es tuyo?
—Sí.
Mateo frunció el ceño.
—Debe ser aburrido.
Mariana dejó escapar una risa que intentó ocultar.
Alejandro también.
—A veces.
El niño caminó hasta la sala y vio un pequeño árbol de Navidad que una persona encargada de la limpieza había decorado días atrás.
—¡Tienes árbol!
—Eso parece.
—¿No lo pusiste tú?
Alejandro lo observó.
—No.
Mateo miró a su madre como si acabara de descubrir algo terrible.
—Mamá, este señor necesita aprender Navidad.
Aquella vez Mariana se rio de verdad.
Alejandro les mostró las habitaciones.
Mariana eligió la que tenía dos camas individuales para dormir junto a Mateo.
—Hay toallas limpias —explicó Alejandro—. Si necesitan algo, estaré en mi habitación.
Mateo descubrió después el televisor de la sala.
—¿Podemos ver una película de Navidad?
—Mateo, ya es tarde —dijo Mariana.
Alejandro se encogió de hombros.
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