Sobreviví a un brutal accidente de moto, pero lo que una enfermera me susurró en urgencias me dejó completamente sin palabras.
—No intente moverse. Tiene varias lesiones, pero está fuera de peligro.
Abrí los ojos y lo primero que vi fue una lámpara blanca sobre mi cabeza. Después llegaron el dolor, el sonido constante de los monitores y una sensación de presión en el pecho cada vez que respiraba.
Intenté levantar la mano izquierda.
No pude.
Tenía el brazo vendado desde la muñeca hasta casi el hombro. Me dolían las costillas y sentía la cabeza pesada, como si alguien hubiera llenado mi cráneo de arena.
—¿Dónde estoy? —pregunté.
—En urgencias. Tuvo un accidente de motocicleta.
Entonces recordé.
El ruido de los neumáticos.
El golpe seco.
La motocicleta deslizándose por el pavimento mojado.
Y después, nada.
Me llamo Mauricio Ríos. Tenía 44 años y vivía solo en Querétaro. Aquella tarde regresaba a casa después de una reunión de trabajo cuando perdí el control en una curva de la carretera.
No iba a una velocidad absurda. No estaba haciendo nada extraño.
Simplemente fue uno de esos segundos que pueden cambiar una vida entera.
Un automóvil frenó delante de mí. Yo reaccioné demasiado tarde.
Después del impacto, según me contaron, un conductor se detuvo y llamó a emergencias. Yo no recordaba nada de aquello.
Lo único que sabía era que seguía respirando.
A un lado de la cama había una bolsa transparente con mis pertenencias.
Mi cartera.
Mis llaves.
Un reloj con el cristal roto.
Y, encima de una pequeña mesa, mi casco.
Tenía una grieta enorme en un costado.
Me quedé mirándolo demasiado tiempo.
No hacía falta que nadie me explicara lo que significaba.
Unos centímetros.
Un movimiento diferente de la cabeza.
Un golpe un poco más fuerte.
Y probablemente yo no estaría mirando aquel casco.
Sentí un escalofrío.
Una enfermera entró y revisó el monitor.
—¿Hay alguien a quien podamos avisar? —preguntó.
La pregunta parecía sencilla.
Para mí no lo era.
—No —respondí.
Ella levantó la mirada.
—¿Ningún familiar?
Negué lentamente.
Mis padres habían muerto con pocos años de diferencia. Mi padre primero, después mi madre.
Yo había estado casado, pero mi matrimonio terminó hacía seis años.
No tuvimos hijos.
Después del divorcio, poco a poco me fui alejando de amigos, primos y antiguos compañeros. No hubo una gran pelea con nadie.
Fue algo más silencioso.
Un mensaje que dejé para después.
Una comida a la que no asistí.
Un cumpleaños que olvidé.
Una llamada que no devolví.
Cuando uno vive así durante suficiente tiempo, llega un día en que descubre que ya no tiene a quién llamar.
Durante años me convencí de que no importaba.
Tenía un buen empleo como gerente de operaciones en una empresa mediana. Ganaba bien. Había comprado un departamento cómodo, podía salir a comer donde quisiera y cambiar de motocicleta cuando se me antojara.
En el trabajo todos me conocían.
Todos me respetaban.
Pero aquella tarde, acostado en una cama de urgencias, comprendí algo bastante incómodo.
Si hubiera muerto en esa carretera, quizá la primera persona en preocuparse porque yo no aparecía habría sido mi asistente al día siguiente.
Ese pensamiento me dolió casi tanto como las costillas.
Cerré los ojos.
No sé cuánto tiempo pasó antes de escuchar que alguien corría la cortina.
—Señor Ríos, necesito revisar su presión y ver cómo está respondiendo al medicamento.
La voz hizo que abriera los ojos.
Una mujer vestida con uniforme azul oscuro se acercó a mi cama.
Llevaba el cabello oscuro recogido, algunas canas cerca de las sienes y unas pequeñas líneas alrededor de los ojos que aparecían cuando sonreía.
Tendría unos cuarenta y tantos.
Miró mi expediente.
Después miró mi rostro.
Y se quedó quieta.
Fue apenas un segundo.
Tal vez menos.
Pero lo noté.
La expresión profesional desapareció de su cara y fue reemplazada por algo parecido a la sorpresa.
—¿Mauricio? —preguntó.
Mi corazón dio un salto.
Aquella voz.
Aquellos ojos.
Había algo ahí que conocía.
La observé tratando de encontrar una respuesta entre recuerdos que llevaban más de veinte años guardados.
Ella recuperó la compostura y revisó el vendaje de mi brazo.
—¿Le duele aquí?
—Sí.
—¿Y aquí?
—Un poco menos.
Intenté concentrarme en lo que estaba haciendo, pero no podía dejar de mirar su cara.
Ella también me observaba de vez en cuando.
Finalmente acomodó la sábana sobre mi hombro y se inclinó ligeramente hacia mí.
Habló casi en un susurro.
—¿De verdad no te acuerdas de mí?
Esa frase me golpeó más fuerte que el accidente.
La miré otra vez.
Y entonces la memoria llegó de golpe.
Un salón de preparatoria.
Pupitres de madera.
Una muchacha sentada cerca de una ventana.
Libros apilados sobre la mesa.
Una sonrisa tímida.
—Elena —dije.
Ella sonrió.
—Hola, Mauricio.
Me quedé sin saber qué decir.
Elena Vargas.
Durante los últimos dos años de preparatoria, había sido la persona que más ocupaba mis pensamientos.
Nunca fuimos novios.
Ni siquiera podía decir que habíamos sido grandes amigos.
Pero yo estaba completamente enamorado de ella.
Elena era diferente a casi todos nosotros.
Mientras los demás tratábamos de impresionar, llamar la atención o aparentar que sabíamos lo que haríamos con nuestras vidas, ella parecía tranquila.
Ayudaba a algunos compañeros con tareas.
Participaba en actividades de la escuela.
A veces se quedaba después de clases para ordenar libros de la pequeña biblioteca.
Nunca hablaba mal de nadie.
Eso me gustaba de ella.
Bueno, eso y su sonrisa.
Yo buscaba cualquier pretexto para sentarme cerca.
Le pedía apuntes que realmente no necesitaba.
Le preguntaba cosas que ya sabía.
Una vez fingí que no entendía un ejercicio de matemáticas solo para que me lo explicara.
Ella pasó casi veinte minutos ayudándome.
Yo no escuché ni la mitad.
Estaba demasiado ocupado intentando que no se notara que me gustaba.
Cuando faltaban unas semanas para graduarnos, decidí hacer algo que, en aquel momento, me pareció valiente.
Escribí una carta.
No era una gran declaración.
Solo tres páginas escritas a mano.
Le decía que me gustaba desde hacía mucho tiempo, que probablemente yo no le interesaba de la misma manera y que no quería incomodarla.
También escribí algo que todavía recordaba:
“Si no te lo digo ahora, quizá pase muchos años preguntándome qué habría ocurrido.”
La ironía no se me escapaba.
Pasé varios días llevando aquella carta dentro de mi mochila.
Cada mañana pensaba entregársela.
Cada tarde regresaba a casa con la carta todavía conmigo.
El último día de clases reuní el valor suficiente.
La dejé dentro del casillero de Elena.
Luego me asusté.
Mi padre acababa de aceptar un empleo en otra ciudad y nuestra familia tenía que mudarse inmediatamente después de la graduación.
Me convencí de que Elena leería la carta ese mismo día y que, si sentía algo parecido, encontraría la manera de hablar conmigo durante la ceremonia.
No sucedió.
La graduación terminó.
Mi familia y yo partimos dos días después.
Durante semanas revisé el teléfono esperando alguna llamada.
Nada.
En aquella época no teníamos las mismas facilidades para mantener contacto que existen ahora. Mi número cambió después de la mudanza. También cambió nuestra dirección.
Poco a poco asumí que ella había leído mi carta y que simplemente no sentía lo mismo.
Fue doloroso.
Pero tenía diecinueve años.
La vida siguió.
Estudié.
Empecé a trabajar.
Me mudé otra vez.
Conocí a otras personas.
Me casé.
Y Elena se convirtió en una de esas historias que uno guarda en algún rincón de la memoria.
La persona que tal vez pudo ser algo.
El camino que nunca tomaste.
Y ahora estaba ahí.
Frente a mí.
Revisando una vía intravenosa en un hospital de Querétaro.
—No puedo creerlo —murmuré.
—Yo tampoco —dijo ella.
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Veinticinco años, más o menos.
Solté una pequeña risa.
Fue un error.
Mis costillas protestaron de inmediato.
—No me hagas reír.
Elena sonrió.
—Entonces será mejor que no recuerde algunas cosas de la preparatoria.
Antes de que pudiera responder, alguien la llamó desde el pasillo.
Su expresión volvió a ser profesional.
—Tengo que irme. Descansa.
Se dirigió hacia la cortina.
—Elena.
Se detuvo.
—¿Sí?
—Me alegra verte.
Su sonrisa cambió.
Fue más pequeña.
Más sincera.
—A mí también, Mauricio.
Durante las siguientes horas me realizaron estudios y confirmaron que, aunque estaba bastante golpeado, había tenido suerte.
Una fractura en el brazo.
Dos costillas fisuradas.
Golpes por todo el cuerpo.
Nada que pusiera mi vida en peligro.
Tendría que permanecer internado para observación.
Aquella noche dormí poco.
Cada vez que despertaba, pensaba en Elena.
No de una manera romántica al principio.
Era más bien incredulidad.
Entre millones de personas, después de un cuarto de siglo sin verla, había tenido que sufrir un accidente para volver a encontrarla.
A la mañana siguiente apareció durante su turno.
—¿Cómo amaneciste?
—Como si me hubiera atropellado un camión.
—Fue una motocicleta contra un automóvil.
—Gracias por la precisión.
Ella soltó una risa.
Y por primera vez desde el accidente sentí que mi habitación dejaba de parecer tan fría.
Elena nunca cruzó los límites de su trabajo.
Me atendía igual que habría atendido a cualquier otro paciente.
Pero cuando tenía un minuto libre, hablábamos.
Al principio fueron recuerdos pequeños.
Un maestro que pronunciaba mal nuestros apellidos.
Una compañera que llevaba enormes carpetas llenas de fotografías.
La vez que la escuela organizó un baile y casi nadie sabía bailar.
—Tú pasaste toda la noche junto a la mesa de los refrescos —dijo Elena.
—Porque estaba esperando que alguien me invitara.
—Los hombres también podían invitar.
—A los diecinueve años yo no entendía conceptos tan avanzados.
Ella negó con la cabeza.
—Siempre fuiste tímido.
—Solo contigo.
Aquello produjo un breve silencio.
Elena miró el monitor.
Yo miré mis manos.
Por un momento ambos volvimos a ser dos adolescentes que no sabían cómo decir lo que pensaban.
En mi segundo día internado le pregunté qué había sido de su vida.
Elena tardó un poco en responder.
—No fue exactamente como la imaginaba.
Después de terminar la preparatoria, su padre enfermó gravemente.
La familia vivía en una colonia modesta y el dinero apenas alcanzaba.
Elena quería estudiar enfermería, pero durante un tiempo tuvo que trabajar mientras estudiaba.
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