El domingo en que dejé de odiar al hombre que sostenía la mano de mi mujer, empecé por fin a entender cómo se sigue viviendo.
No ocurrió de golpe.
Ojalá pudiera decir que salí de aquel aparcamiento, me sequé la cara y me volví una persona serena, generosa, casi sabia.
No fue así.
La semana siguiente me pasé los días enfadado con todo.
Con la residencia.
Con la enfermedad.
Con Andrés.
Con Clara.
Y, sobre todo, conmigo.
Me sentía un miserable por pensar ciertas cosas.
A veces, mientras fregaba un plato o hacía la cama, me sorprendía imaginando que Andrés no aparecía aquel domingo.
Y al darme cuenta de lo que estaba pensando, se me revolvía el estómago.
Porque Andrés no me había robado nada.
El ladrón era otra cosa.
Algo sin cara.
Algo que había entrado en casa meses atrás y había ido apagando luces una a una.
Aun así, yo necesitaba enfadarme con alguien que tuviera nombre.
Así que seguí yendo los domingos.
Como siempre.
Con mis galletas a veces.
Con calcetines limpios otras.
Con esa mezcla de costumbre y castigo que uno acepta cuando ya no sabe qué más hacer.
Aquel domingo llovía.
No una lluvia fuerte, de tormenta, sino esa lluvia fina que encharca el ánimo antes que la calle.
Cuando entré, Clara no estaba en la sala común.
Tampoco Andrés.
Durante un segundo pensé que algo había pasado.
Noté ese golpe seco en el pecho que ya conocía demasiado bien.
Fui a buscar a una auxiliar, una mujer joven que llevaba meses tratándonos con una delicadeza que yo no siempre sabía agradecer.
Me dijo que estaban en la sala de música.
—Hoy están más tranquilos allí —me explicó—. Clara ha pasado mala noche.
Fui hasta el pasillo del fondo.
La puerta estaba entreabierta.
Dentro, una radio pequeña sonaba bajito. Una canción antigua. De esas que uno no sabe si recuerda de verdad o solo reconoce porque le suenan a otra época.
Clara estaba en una butaca.
Andrés, a su lado.
Los dos mirando hacia ninguna parte.
Pero no se cogían de la mano.
No se hablaban.
No había esa escena que tanto daño me hacía y a la vez tanto la calmaba.
Solo había dos personas cansadas, sentadas bajo una luz amarilla, mientras afuera llovía.
Me quedé un momento en la puerta.
Entonces Andrés giró la cabeza, me vio y sonrió.
—Ha venido usted —me dijo, como si nos conociéramos de toda la vida.
Me desconcertó tanto que tardé un par de segundos en responder.
—Sí —dije—. Como todos los domingos.
Él asintió despacio.
—Eso está bien. A ella le gusta que venga gente.
No dijo “a mi novia”.
No dijo nada de eso.
Solo miró a Clara con una ternura extraña, muy limpia.
Me acerqué.
Clara llevaba la rebeca azul que yo le había comprado hacía años en un mercadillo de invierno. Le estaba grande ya. Se le escurría un poco por los hombros.
Me agaché para colocársela mejor.
Ella me miró.
Sus ojos pasaron por mi cara como pasan a veces por una fotografía colgada en una pared. Sin detenerse del todo. Sin quedarse.
Pero tampoco con miedo.
—Qué frío traes —murmuró.
No supe si me lo decía a mí o a un recuerdo.
Aun así, sentí algo parecido a un alivio.
Porque durante mucho tiempo el miedo había sido su idioma más constante.
Y ese día no estaba allí.
Me senté enfrente.
La radio siguió sonando unos minutos.
Después Andrés empezó a tararear la canción.
Muy bajito.
Con esa voz rota que tienen algunos hombres mayores, como si las palabras les salieran ya lijadas por los años.
Y entonces pasó algo raro.
Clara levantó la mano y la dejó sobre el brazo de la butaca, buscando a ciegas.
Andrés tardó en darse cuenta.
Fui yo quien se la acercó a la suya.
Él la sostuvo con cuidado.
Clara suspiró.
No fue un gesto grande.
No fue una escena de película.
Pero yo lo vi.
Y por primera vez en muchos meses no sentí solo celos.
Sentí también vergüenza.
Vergüenza de haber reducido todo aquello a una humillación mía, cuando delante de mí había una mujer asustada encontrando calma donde podía.
A partir de ese día empecé a mirar mejor a Andrés.
No al rival que me había inventado.
Al hombre real.
Tenía la costumbre de alisarse la pernera del pantalón cada pocos minutos.
A veces repetía dos veces la misma pregunta y luego se quedaba muy tranquilo aunque nadie se la respondiera.
Le gustaba el flan.
No soportaba que le tocaran el reloj.
Y un martes, porque esa semana fui también entre semana, le oí preguntarle a una auxiliar si su madre ya había salido del colegio.
Su madre debía de llevar muerta medio siglo.
Aquello me dejó clavado en el sitio.
Yo había estado sufriendo como marido.
Él, sin yo querer verlo, también estaba perdido dentro de algo parecido.
No supe qué hacer con esa certeza.
Porque cuando uno lleva mucho tiempo necesitando un enemigo, descubrir que el enemigo también es una víctima no lo arregla todo.
Solo te obliga a sentir cosas más difíciles.
Empecé a ir algún miércoles además del domingo.
Me dije que era por Clara.
Y era verdad.
Pero no toda la verdad.
Había algo más.
La necesidad de entender quién era ese hombre en la vida rota que nos había tocado compartir.
Una tarde lo encontré solo junto a la ventana.
Clara dormía la siesta.
Me senté a su lado sin pensar demasiado.
Él me miró, y por un momento tuve la sensación de que estaba más presente que otras veces.
—Usted viene mucho —me dijo.
—Sí.
Se quedó callado un rato.
Luego señaló hacia el jardín pequeño de la residencia, donde dos palomas caminaban bajo un banco mojado.
—Ella es muy guapa —dijo.
Yo respiré hondo.
—Sí. Lo es.
Asintió, satisfecho.
—Me recuerda a alguien.
No sé por qué, pero aquella frase me cambió algo por dentro.
Porque de pronto entendí que quizá Clara no era para él lo que yo me había imaginado.
Quizá no era una novia nueva en el sentido limpio y cruel que yo había querido darle.
Quizá era una cara tibia dentro de un cuarto lleno de niebla.
Una presencia que le resultaba conocida.
Un lugar donde descansar.
Y quizá él era exactamente eso para ella.
No una traición.
Un refugio.
Unos días después pedí hablar con una auxiliar.
Le pregunté por Andrés.
No por curiosidad malsana.
No ya.
Me contó que tenía una hija que vivía fuera, bastante lejos. Que llamaba cuando podía. Que había venido al principio más a menudo, pero que luego la vida se le había puesto difícil.
No había nada que juzgar en eso.
La gente opina muy fácil desde fuera.
Solo quien ha vivido ciertas cosas sabe lo que cuesta sostenerlas durante años.
—A veces se buscan entre ellos como si se salvaran —me dijo la auxiliar—. No siempre es amor como lo entendemos nosotros. A veces es solo reconocimiento. Compañía. Menos miedo.
Menos miedo.
Me quedé con esas dos palabras todo el día.
Porque al final yo también iba allí por eso.
No para que Clara me eligiera.
No para que la memoria hiciera un milagro.
Iba para asegurarme de que, en medio de todo, seguía teniendo menos miedo.
El siguiente domingo llevé una caja de pastas para los tres.
Por primera vez pensé en tres.
No en Clara y yo.
Ni en Clara y él.
En tres.
Cuando entré, Andrés estaba intentando abrir el envoltorio de un caramelo y no podía.
Me acerqué y se lo abrí.
—Gracias, hombre —me dijo, sonriendo como un niño cansado.
Clara se echó a reír.
Una risa pequeña, pero suya.
Limpia.
Hacía mucho que no la oía así.
Nos sentamos cerca de la ventana.
Andrés se comió dos pastas.
Clara apenas media.
Yo les serví agua en vasos de plástico y, sin saber bien cuándo había pasado, me descubrí acomodando una silla para él con la misma naturalidad con la que llevaba meses acomodándole la bufanda a ella.
Aquello no me hizo menos marido.
Ni menos hombre.
Me hizo otra cosa.
Me hizo más decente.
No todo fue fácil después de eso.
Hubo domingos malos.
Días en que Clara me apartaba la mano.
Días en que Andrés se ponía celoso si yo me sentaba demasiado cerca.
Días en que ninguno de los dos parecía tranquilo y yo salía de allí con el cuerpo derrotado.
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