Cada domingo veía a mi esposa olvidar mi nombre y elegir otra mano

Cada domingo iba a ver a mi mujer a la residencia y la veía enamorarse de otro hombre delante de mí.

La primera vez que lo entendí, me quedé parado en la puerta unos segundos, como si el cuerpo hubiera sabido antes que yo que algo se había roto.

Clara estaba sentada junto a la ventana de la sala común. La espalda un poco encorvada, las manos quietas sobre el regazo. A su lado estaba Andrés, con su chaqueta de punto marrón y sus movimientos lentos. Le sujetaba la mano como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Y ella le sonreía.

Esa sonrisa yo la conocía bien. Era la que me dedicaba cuando volvía los domingos por la mañana con una bolsa de bollos. La que me ponía cuando entraba en casa muerto de frío porque, como siempre, me había dejado la bufanda.

Durante casi treinta años, esa sonrisa había sido mía.

Aquel día ya no lo era.

Me llamo Pedro, tengo cincuenta y cuatro años, y Clara fue mi mujer mucho antes de que la enfermedad empezara a llevársela poco a poco.

Al principio parecía poca cosa. Perdía las llaves. Confundía nombres. Se quedaba quieta en medio del pasillo con cara de querer decir algo importante, pero sin saber qué.

Al principio quitábamos hierro al asunto.

Decíamos que era cansancio. Estrés. La edad. Las cosas que uno dice cuando todavía no se atreve a nombrar el miedo.

Luego vino lo demás.

Una mañana de noviembre la encontraron en la calle sin abrigo, a dos manzanas de casa. Estaba buscando a su madre. Su madre llevaba once años muerta.

Otra noche me despertó el olor a gas. En la cocina, el fuego estaba abierto pero sin llama. Clara dormía profundamente.

Desde aquella noche dejé de dormir de verdad.

Vivía con el oído atento. A sus pasos. A las puertas. A los ruidos pequeños de la casa. Incluso el silencio me daba miedo, porque a veces era el silencio lo que avisaba de que algo iba mal.

Quise tenerla conmigo todo el tiempo posible. Quien no ha pasado por algo así habla muy deprisa. Dice que hay que pedir ayuda antes, que uno solo no puede con todo. Y es verdad. Pero cuando la persona que estás perdiendo es aquella con la que has levantado una vida entera, pedir ayuda se parece primero a una traición.

Luego llega un día en que ya no eliges.

Clara se perdió dos veces en el mismo mes. La segunda vez me la trajeron al amanecer. Llevaba aún las zapatillas de casa y lloraba diciendo que su marido la había dejado sola.

Dos semanas después entró en una residencia.

Le coloqué sus rebecas en el armario pequeño. Puse sus fotos sobre una balda. Dejé su crema de manos en el baño, al lado del cepillo de dientes. Yo fingía que le estaba preparando un sitio conocido, aunque en el fondo sabía que pronto no iba a reconocer ya nada.

Al principio todavía me reconocía a veces.

No siempre como marido. Pero sí como alguien que le daba calma. Alguien cuya presencia le hacía bien. Yo me agarraba a eso como uno se agarra a lo poco que queda cuando todo lo demás se está hundiendo.

Luego apareció Andrés.

Era un hombre callado, de ojos claros y voz suave. De esos que al principio casi ni ves. Un día una auxiliar me explicó que Clara buscaba su compañía todo el rato. Si él no estaba, se ponía nerviosa. Si los separaban, lloraba. A veces ni siquiera quería comer. Una tarde se pasó varios minutos golpeando con las manos una puerta de cristal hasta que la devolvieron con él.

Yo escuchaba aquello y sentía que me estaban hablando de la vida de otra persona.

Unos días más tarde me pidieron hablar conmigo.

Pensé que sería por medicación, por ropa, por algún papel más. Pero no. Me hablaron de Clara y de Andrés.

Me explicaron con mucho cuidado que ese vínculo la tranquilizaba. Que dormía mejor. Que estaba más serena. Menos asustada. Que romper esa cercanía la alteraba más.

Luego me pusieron una hoja delante.

Una autorización.

Me quedé mirando mi nombre abajo, en el sitio donde tenía que firmar, y en la cabeza solo me daba vueltas una frase.

Es mi mujer.

No la suya.

La mía.

Me avergoncé de lo que sentí. Celos. Rabia. Una necesidad casi infantil de decir que no, de recuperar algo que llevaba meses escapándoseme de las manos.

Pensé en nuestra vida. En los veranos junto al mar. En los domingos de sofá. En las discusiones tontas en el supermercado. En su manera de doblar los paños de cocina demasiado bien. En todas esas cosas pequeñas que habían hecho de nosotros un matrimonio de verdad.

Pero en aquel momento, ¿qué estaba defendiendo de verdad?

¿A ella?

¿O el lugar que yo había tenido en su memoria?

Pensé en sus miedos. En sus ojos perdidos. En sus noches agitadas. En aquella forma que tenía ahora de buscar un sitio seguro sin llegar a encontrarlo nunca.

Y firmé.

Desde entonces voy a verla todos los domingos.

A veces llevo galletas. A veces calcetines limpios. A veces no llevo nada. Solo voy yo. Clara muchas veces me mira con amabilidad, como se mira a alguien que te resulta familiar pero del que ya no recuerdas el nombre.

Hace dos semanas estaba sentado enfrente de ellos, en la mesita junto a la ventana. Clara había apoyado la cabeza en el hombro de Andrés. Parecía tranquila. Eso ya era raro.

Andrés me miró con una sonrisa llena de orgullo y me dijo:

—Es mi novia. ¿A que es guapa?

Recuerdo perfectamente que sonreí.

Incluso asentí.

Después le coloqué bien la bufanda a Clara porque se le estaba cayendo del hombro. Lo hice como lo había hecho toda la vida, sin pensarlo. Ella levantó los ojos hacia mí con una mirada dulce, educada, vacía. Ni una señal de reconocimiento. Nada.

Me quedé allí unos minutos más.

Luego salí.

En el aparcamiento ni siquiera fui capaz de llegar hasta el coche. Tuve que doblarme entre dos vehículos porque iba a vomitar.

No de rabia.

Ni de asco.

De dolor.

Porque en aquel momento entendí del todo que Clara ya no iba a volver. Seguían ahí su cara, su voz, algunos gestos. Pero la mujer que sabía quién era yo, la que conocía nuestra historia, esa ya no estaba.

El domingo siguiente volví igualmente.

Ya no voy para que se acuerde de mí.

Voy para ver que, al menos, ya no lleva encima todo aquel miedo.

Quizá querer a alguien, al final, no sea retenerlo a toda costa.

Quizá sea apartarse cuando ya no eres tú la persona que le da paz.

Mi mujer ya no sabe quién soy.

Pero yo todavía sé quién es ella.

Y, de momento, eso tendrá que bastar.

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