Cuando el amor da náuseas: aprender a respirar junto al final de Lucía

El jueves, dos días después de aquella lágrima, Lucía me llamó por mi nombre completo, como cuando quería que yo dejara de hacerme el fuerte. Yo estaba en la cocina, calentando el caldo que habían dejado los vecinos, y el olor del dormitorio parecía colarse hasta allí como un recordatorio. Me quedé quieto, con la cuchara en el aire, como si me hubieran tocado el hombro desde muy lejos.

—Javier Morales… ven.

Entré despacio, con esa prudencia absurda de quien cree que las paredes también se rompen. Lucía tenía los ojos abiertos, húmedos pero limpios, sin reproche, y la boca dibujaba una firmeza nueva. Me señaló el borde de la cama articulada, como si me invitara a un sitio que ya no era solo hospital.

—No quiero que me cuides hoy —dijo—. Quiero que estés.

Me senté, y mi cuerpo hizo lo de siempre: contener la respiración, preparar una salida rápida, buscar un gesto “seguro” para no meterme en el barro de lo íntimo. Ella lo notó al instante, porque Lucía siempre me ha leído como se lee un libro gastado, con las esquinas dobladas.

—Ayer te oí en el baño —susurró—. No por el grifo, Javier. Por el silencio que te quedaba después.

Se me cerró la garganta con una vergüenza caliente. No había acusación en su tono, solo una tristeza vieja, cansada, como la de quien ya no tiene fuerzas para pedir lo obvio.

—Lucía… yo…

—No me digas “lo siento” como quien pone una tirita —me cortó—. Dime la verdad, aunque sea fea. Solo una vez, Javier. Antes de que se nos acabe el tiempo de verdad.

La verdad se me subió como náusea, pero esta vez no venía del estómago. Venía del miedo, del asco que me daba ser así, del papel que yo mismo había aprendido a interpretar.

—Contengo la respiración —admití al fin—. A veces. Cuando te abrazo. No porque no te quiera… Te quiero. Te quiero tanto que me rompe. Pero… mi cuerpo… No sé cómo decirlo sin herirte.

Lucía tragó saliva, y por un instante vi a la Lucía de antes, la que no evitaba las conversaciones difíciles, la que ponía el dedo justo donde dolía para que, de una vez, dejara de supurar.

—¿Es por el olor? —preguntó muy bajo.

Asentí, y al decir que sí sentí que me desnudaba de una manera más cruel que cualquier confesión. Ella cerró los ojos un segundo, como si aquel “sí” le pesara en el pecho, y luego los abrió de nuevo, despacio, con una dignidad que me dejó sin defensa.

—Yo también lo huelo, Javier. No creas que no. Me despierto y me huelo a mí misma, y hay días que me dan ganas de desaparecer para no obligarte a mirar esto. Pero no quiero irme pensando que mi marido… se alejaba por instinto.

Me ardieron los ojos. Quise tocarle la mano y, al mismo tiempo, algo dentro de mí dijo cuidado, cuidado, cuidado, como si el amor fuera una estancia llena de cables pelados.

—No te apartes hoy —me pidió—. Si tienes que respirar por la boca, hazlo. Si tienes que llorar, llora. Pero no me vuelvas a besar como a una niña.

Nos quedamos así un rato, mirándonos sin hacer nada, y ese “sin hacer” fue lo más difícil. Yo estaba acostumbrado a moverme, a ordenar, a limpiar, a cambiar, a ajustar almohadas, a evitar la escena verdadera. Estar era un verbo que me daba miedo porque no tenía manual.

Al mediodía vinieron las enfermeras. La de siempre, Marta, me miró una fracción de segundo más de lo habitual, como si me viera por debajo del disfraz. Yo le dije que todo bien, que Lucía había dormido algo, que la medicación en orden, y ella no me creyó ni un poquito.

Cuando terminó, se quedó un momento en el pasillo conmigo. No se oyó nada más que el reloj de la cocina y un vecino que cerraba el ascensor al fondo del rellano.

—Te estás rompiendo, Javier —me dijo sin dramatismo—. Y no pasa nada por decirlo.

—No me puedo romper —respondí, con esa soberbia triste del cuidador—. Si yo me rompo, ¿qué hacemos?

Marta apoyó los dedos en mi antebrazo, el mismo gesto breve que siempre usaban para felicitarme, pero esta vez no era un aplauso. Era un ancla.

—No eres un santo —dijo—. Eres un hombre con miedo, cansado y con el cuerpo en alerta. La repulsión también es un mecanismo de defensa. No te define. Lo que te define es que sigues ahí.

Me quedé mirando el suelo como si de pronto el pasillo fuera demasiado estrecho. No me estaba dando una solución mágica, y, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo alguien nombraba lo innombrable sin convertirme en monstruo.

—Ella cree que me da asco —susurré.

—Ella necesita sentirse vista —respondió Marta—. Y tú necesitas dejar de castigarte. Si vais a tener un momento de verdad, no puede estar hecho de mentira y contención. Puede estar hecho de torpeza, de lágrimas, de respiraciones raras. Pero verdad.

Ese día, cuando se fue Marta, no me fui directo a fregar ni a ventilar como si pudiera borrar el aire. Me senté en la cocina y abrí un cajón donde, desde hacía meses, guardaba cosas que no tocaba: fotos, un mantel de los domingos, una bolsita con botones sueltos. Allí, como escondido, estaba el frasco pequeño del perfume de Lucía, el de vainilla suave que se le quedaba en el cuello cuando salíamos a cenar.

Lo destapé y lo olí, y fue como si me abrieran una ventana por dentro. No era nostalgia bonita, era un golpe seco de vida. Me acordé de ella riéndose en una terraza, diciéndome que yo siempre llegaba tarde aunque saliera antes, empujándome con el hombro cuando le daba por hacerse la enfadada.

Volví al dormitorio con el frasco en la mano, como quien lleva una prueba. Lucía estaba despierta, mirando el techo, y al verme levantó apenas las cejas.

—Mira lo que he encontrado —dije.

Sus ojos se humedecieron de inmediato. Sonrió un poco, una sonrisa pequeñísima pero real, y yo entendí que no era el perfume lo que importaba. Era que yo había entrado sin un táper, sin guantes, sin una tarea. Había entrado con un recuerdo.

—No lo he olido en… —empezó, y no terminó la frase.

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