A los 61 años me metí aposta en el carril rápido para demostrarle algo a una mujer más joven. Solo después entendí que ella también se estaba hundiendo.
—Tiene que salir de este carril.
Yo acababa de tocar el borde cuando una mano golpeó el agua a mi lado.
Me giré, jadeando, con las gafas medio subidas en la frente.
Tendría poco más de treinta años. Coleta rubia, boca tensa, mirada dura. Esa clase de mirada que te hace sentir que molestas sin necesidad de levantar la voz.
—Este es el carril rápido —dijo—. Aquí se viene a nadar en serio.
Bajé la vista hacia mi cuerpo.
La cintura ancha. La cicatriz de la operación asomando un poco por encima del bañador. Los brazos, que todavía me temblaban cuando me pasaba de esfuerzo.
—Yo también nado en serio —contesté.
Pero la voz me salió más pequeña de lo que quería.
Me miró con esa expresión que algunas personas reservan para las mujeres mayores cuando ya han decidido lo que somos.
Demasiado lentas. Demasiado cansadas. Un estorbo.
Me aparté sin decir nada.
Luego fui al vestuario, me encerré en una cabina y lloré con tanta fuerza que tuve que taparme la boca con la mano para no hacer ruido.
No fue por ella.
Fue por todo lo demás.
Seis meses antes, yo estaba todavía en el hospital, con cables en el pecho, mientras mi hija Lucía se sentaba a mi lado fingiendo que no tenía miedo.
El médico lo llamó un aviso.
Demasiado estrés. La tensión por las nubes. Demasiada pena acumulada. Muy poco sueño. Demasiados años ocupándome de todo el mundo creyendo que eso era una vida buena.
Me dijo que, si no cambiaba algo, la siguiente vez quizá no tendría tanta suerte.
Así que empecé a ir a la piscina municipal a las seis de la mañana.
No porque me gustara.
Odiaba el olor a cloro. Las luces blancas. El suelo frío entre el vestuario y la piscina. Odiaba ponerme el bañador y notar encima todos mis sesenta y un años.
Pero en el agua, durante una hora, nadie me necesitaba.
Ni mi hijo Dani, que casi siempre llamaba cuando andaba justo de dinero.
Ni mi hija, que cada vez dejaba caer más a menudo que quizá debería mudarme más cerca de ella. “Por si acaso”, decía.
Ni la casa en silencio con la taza de café de mi marido, Javier, todavía guardada al fondo del armario.
En el agua solo estaba yo.
Y mi respiración.
Al principio era malísima.
Me peleaba con el agua como si me hubiera hecho algo.
Una mañana, el socorrista me paró después de la segunda piscina.
—Si sigue así, se va a destrozar los hombros.
Lo miré y le dije:
—Solo intento no morirme.
Parpadeó, sorprendido. Luego se le suavizó la cara.
—Vale —dijo—. Entonces le voy a enseñar a hacerlo sin hacerse daño.
Se llamaba Álvaro. Universitario. Amable. Con una voz todavía joven.
Me enseñó a girar la cabeza para respirar, a alargar el gesto en vez de forzar, a dejar de pelearme con el agua.
Hacía mucho tiempo que nadie me enseñaba algo con paciencia.
Así que volví.
Y luego volví otra vez.
Tres días por semana, luego cinco.
Mis largos se hicieron más tranquilos. La respiración más regular. El corazón dejó de parecerme un enemigo.
Y un martes escogí aposta el carril rápido.
Ella estaba allí otra vez.
La misma coleta. Las mismas gafas caras. La misma boca apretada.
Después de dos largos me cortó en el bordillo.
—Usted no pinta nada aquí.
Tenía los pulmones ardiendo.
Pero ya estaba cansada de apartarme yo sola.
—Mantengo el ritmo —dije.
Soltó una risita seca.
—Tiene más de sesenta años. Este no es un carril para jubiladas.
No recuerdo ni cómo volví a casa.
Solo recuerdo quedarme en la cocina, todavía mojada, mirando mi reflejo en la puerta del microondas.
Y pensar:
Ya está.
Así es como empieza.
Primero te hablan como si fueras frágil.
Luego te hablan como si ya estuvieras acabada.
Llamé a Álvaro.
—¿Cómo hago para ir más rápida?
Hubo un silencio al otro lado.
—¿Qué ha pasado?
—Alguien ha decidido que ya soy vieja.
Se rio, pero no de mí.
—Perfecto —dijo—. La rabia también sirve. Vamos a trabajar.
Y trabajamos.
Series rápidas. Patada. Virajes. Ejercicios con gomas en la zona donde no cubría, mientras alguna gente me miraba como si se me hubiera ido la cabeza.
Perdí doce kilos.
Pero no fue eso lo más importante.
Lo más importante fue otra cosa.
Volví a sentir que mi cuerpo seguía siendo mío.
Tres meses después, en la piscina organizaron una competición pequeña.
Nada importante. Gente del barrio. Sillas plegables. Café malo. Muchos nervios.
Me apunté a los 100 metros libres.
Cuando llegué a la salida, la volví a ver.
Natalia.
Ella también vio mi nombre. Se le endureció la cara.
Sonó la salida.
Me tiré.
De la carrera recuerdo poco. Solo el agua golpeándome los oídos. El corazón martilleando. Y un pensamiento dando vueltas:
No se ha acabado. No se ha acabado. No se ha acabado.
Toqué la pared y levanté la vista.
Cuarta.
Sin medalla.
Me daba igual.
Había nadado casi dos segundos más rápido que Natalia.
Más tarde, en el vestuario, estaba sentada en el banco de enfrente mientras yo me quitaba el gorro.
Esperaba una excusa torpe.
En vez de eso, dijo en voz baja:
—He sido cruel con usted.
Sin gafas parecía más joven. Pero también más cansada.
—Yo competía cuando era joven —me dijo—. Luego llegó la vida de todos los días. La oficina. El dolor de espalda. Los kilos de más. Dormir mal. Vengo aquí cada mañana para intentar sentirme otra vez como la mujer que era antes.
Soltó una risa corta, triste.
—Y entonces apareció usted. Usted cada día estaba más fuerte. Y yo cada día más lenta. La odié por eso.
Y ahí lo entendí.
Esa mujer que yo había convertido en mi enemiga tenía miedo.
No del mismo miedo que yo.
Pero miedo al fin y al cabo.
Bajó la mirada.
—Me daba miedo convertirme en alguien a quien ya no reconociera.
Dejé su frase un momento entre las dos.
Y luego dije:
—Yo tuve un infarto. Yo ya me he convertido en alguien a quien he tenido que aprender a conocer otra vez.
Entonces, por primera vez, me miró de verdad.
Dos semanas después entrenábamos juntas.
Ella me enseñó las salidas y a repartir mejor la carrera.
Yo le enseñé que no todos los largos tienen que sentirse como un castigo.
Ella me empujaba cuando me entraban dudas.
Yo la frenaba cuando se trataba demasiado mal.
El mes pasado ganó su categoría en otra competición.
Yo quedé segunda en la mía.
Después, una chica joven al borde de la piscina le preguntó:
—¿Cómo haces para seguir tan motivada?
Natalia me señaló con la barbilla.
—Te buscas a alguien a quien no puedas apartar de en medio.
Tengo sesenta y un años.
Empecé a nadar porque tenía miedo de morirme.
Pero esa ya no es toda la verdad.
La verdad es otra.
Tenía miedo de volverme invisible.
De que me apartaran.
De convertirme en una mujer de la que se habla en vez de hablar con ella.
El agua me devolvió algo.
No la juventud.
Algo mejor.
La prueba de que un cuerpo puede romperse y aun así seguir aprendiendo.
La prueba de que a veces el miedo se disfraza de crueldad.
La prueba de que otra mujer no es tu enemiga solo porque te recuerde algo que has perdido.
En el carril hay sitio.
Y en la vida también.
Yo ya no me aparto.
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