Corrió hasta la obra y le pidió matrimonio al obrero del casco amarillo… sin saber quién era en realidad

Corrió hasta la obra y le pidió matrimonio al obrero del casco amarillo… sin saber quién era en realidad

Todos en la obra dejaron de trabajar en cuanto la vieron—

una joven deslumbrante con vestido blanco de verano, corriendo sobre la tierra polvosa como si huyera de una catástrofe.

Pero nadie imaginó lo que diría después.

Ni siquiera él.

El sol de la tarde caía con fuerza sobre una construcción en las afueras de Monterrey, Nuevo León. Los obreros se limpiaban el sudor con el antebrazo, las máquinas rugían, y el polvo del cemento flotaba en el aire como una neblina tibia. Todo era normal… hasta que ella apareció.

Corriendo.

Sin aliento.

Asustada.

Sus sandalias se le resbalaban en la grava suelta, el vestido se inflaba con el viento caliente del norte, y pasó a toda prisa entre hombres que la miraban con cara de “¿y esta muchacha de dónde salió?”. Nadie se movió. Nadie entendía. Hasta que ella clavó la vista en un solo hombre.

Un trabajador con casco amarillo, botas reforzadas, chaleco reflejante anaranjado y manos manchadas de polvo.

Mateo.

Callado. Sereno. De esos hombres que parecen hechos de tierra firme, como si nada pudiera moverlos.

Ella frenó frente a él, casi tropezando, con el pecho subiendo y bajando a golpes, los ojos brillando de desesperación.

¿Te quieres casar conmigo? —soltó, sin rodeos.

Mateo se quedó helado. El martillo se le resbaló de la mano y cayó contra el concreto con un golpe seco que sonó en toda la obra.

Antes de que él pudiera decir palabra, ella añadió, con la voz temblándole:

—Yo… yo te pago. Lo que quieras. Solo… cásate conmigo, por favor.

El silencio cayó como una piedra.

Mateo parpadeó, confundido.

—Pero… ¿qué…?

—¡No me importa si eres obrero! —dijo ella, apretándole las manos—. ¡Solo cásate conmigo! Te lo ruego… es la única forma de que salga viva de esto. ¡Por favor!

Se le quebró la voz.

Las manos le temblaban.

Y todos miraron a Mateo como si, de repente, estuvieran viendo una escena de película.

Mateo bajó la voz, sin soltarla.

—¿De qué estás huyendo?

Ella tragó saliva, como si le doliera.

—De algo… mucho peor de lo que imaginas…

Y justo cuando Mateo se inclinó para escuchar lo que venía—

ella se puso pálida y miró por encima de su hombro.

Los labios le temblaron.

Porque alguien los estaba observando.

Alguien peligroso.


Mateo siguió la dirección de su mirada. Del otro lado de la calle, medio oculto tras montones de varillas y placas de metal, había una camioneta negra, grande, con los vidrios tan polarizados que parecían una pared.

El motor estaba encendido.

Y dentro… alguien miraba directamente hacia ellos.

—¿Es de eso de lo que estás huyendo? —preguntó Mateo, sin apartar la vista.

La voz de ella fue apenas un soplo.

—No es “alguien”. Es… algo.

Respiró hondo, como reuniendo fuerzas.

—Me equivoqué. Me equivoqué horrible.

Mateo se quitó el casco despacio, sin prisa, como si el mundo pudiera esperar.

—Empieza desde el principio.

Ella apretó el borde del vestido con dedos temblorosos.

—Me llamo Valeria Castañeda. Mi papá tiene una empresa grande de desarrollos… hoteles, complejos, edificios de lujo… de esos que ves en revistas. Y hoy… hoy se supone que me case con un hombre.

Mateo frunció el ceño.

—¿Te vas a casar hoy?

—No por amor —dijo ella, con amargura—. Por negocio. Un acuerdo que disfrazaron de boda. Una alianza entre familias… como si yo fuera un documento.

Mateo la observó, incrédulo.

—¿Y eso se permite?

—No es por ley —respondió, bajando la mirada—. Es por poder. Influencia. Dinero. Mi papá hace lo que sea por proteger su “imperio”. Y el hombre con el que me quieren casar…

Valeria se estremeció, como si al nombrarlo le diera frío.

—Él es peor.

Mateo apretó la mandíbula.

—Entonces tu plan es casarte conmigo… ¿así nomás? ¿Con un trabajador que ni conoces?

Valeria asintió, tragándose el llanto.

—Si me caso primero con alguien que yo elija, el otro matrimonio ya no se puede hacer. Mi papá no puede obligarme igual. Y si es con alguien que ellos consideren “por debajo” de su mundo… —intentó sonreír, pero le salió una mueca— les da rabia. Los humilla. Me compra tiempo.

Mateo cruzó los brazos.

—Pudiste elegir a cualquiera.

Valeria lo miró como si estuviera confesando algo.

—Eras el único que se veía… seguro.

Bajó la voz.

—No te vi con ojos de hambre. No te vi con esa mirada de… “a ver qué saco”. Te vi tranquilo. Me dio paz. Por eso corrí hacia ti.

Mateo soltó una risita breve, casi triste.

—Te sorprendería lo que la gente cree ver.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Pero no alcanzó a insistir, porque la puerta de la camioneta negra se abrió.

Bajó un hombre alto, de traje oscuro, con la cara dura como piedra. Tenía los ojos fríos, sin emoción, y una cicatriz marcada junto a la mandíbula.

Valeria se aferró al brazo de Mateo.

—Es de mi papá —susurró—. Vino por mí.

Mateo dio un paso al frente, poniéndose ligeramente delante de ella.

El hombre de traje habló con una voz limpia, sin gritar, pero con autoridad.

—Señorita Castañeda. Venga con nosotros. Ahora. Su padre está… muy decepcionado.

Mateo levantó la barbilla.

—Ella no va a ningún lado.

La mirada del hombre se movió al chaleco reflejante de Mateo.

—Usted es trabajador. Esto no le incumbe.

Mateo tronó los nudillos, tranquilo.

—Me incumbe desde este momento.

Valeria apretó más fuerte su brazo.

—Mateo… por favor. Ellos no juegan. Son peligrosos.

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