Creyó que aquel pitbull estaba muerto sobre la alcantarilla, hasta que descubrió lo que escondía bajo su cuerpo

Adriana mostró una correa de rescate.

El perro caminó hacia ella.

Y, sin que nadie tuviera que obligarlo, metió la cabeza en el lazo.

—Muy bien —dijo Adriana—. Nos vamos.

Subió al vehículo.

El transportador estaba en la parte trasera.

El perro se sentó junto a él y apoyó un hombro contra la caja.

Así permaneció durante todo el trayecto hacia el centro municipal de protección animal.

No permitió que los gatos desaparecieran de su vista.

Antes de marcharse, Adriana habló por radio.

—César, tenemos al perro y a los cuatro gatitos.

—Recibido.

—Van juntos.

Hubo un breve silencio.

—Entendido. Juntos.

Tres días después fui al centro para entregar mi informe.

La directora, Patricia Mendoza, me llevó hasta una pequeña zona de aislamiento.

—Antes de entrar quiero enseñarte algo.

Miró por una ventana.

Allí estaba él.

Lo habían llamado Tormenta.

Como no tenía placa ni microchip, necesitaban ponerle un nombre provisional.

Los cuatro gatitos estaban con él.

El transportador permanecía abierto dentro del recinto.

Tormenta estaba acostado frente a la entrada.

La pequeña tricolor dormía sobre su cuello.

Los tres negros estaban acomodados contra sus costillas.

—Lo hace todo el tiempo —me explicó Patricia—. Si ellos duermen, él se pone alrededor. Si comen, los vigila. Si alguien entra, primero mira a los gatos y después a la persona.

Me acerqué lentamente.

Tormenta levantó la cabeza.

Su cola golpeó el suelo.

Cuatro veces.

—Hola, grandote.

Otro golpe de cola.

—Sí te acuerdas de mí, ¿verdad?

Me arrodillé.

No pude continuar hablando.

Durante tres días había funcionado en automático.

Pero en aquel momento algo dentro de mí se rompió.

Empecé a llorar.

No lloré solo por el perro.

Lloré por Javier.

Por aquella casa vacía a la que regresaba todas las noches.

Por las cenas para una sola persona.

Por los domingos en los que podía pasar horas sin escuchar otra voz.

Por todas las veces que había fingido estar bien porque parecía más sencillo que explicar la soledad.

Patricia se sentó a mi lado.

No dijo nada.

Después de un rato pregunté:

—¿Qué va a pasar con ellos?

—No queremos separarlos.

—¿Ni siquiera a los gatos?

—Si encontramos a la persona adecuada, no.

Miré a Tormenta.

La pequeña gata tricolor le estaba lamiendo una ceja.

—Yo los quiero.

Patricia giró hacia mí.

—¿A cuál?

—A todos.

Pensó que estaba bromeando.

—Elena, son cinco animales.

—Lo sé.

—Un perro adulto y cuatro gatos.

—Lo sé.

—Es mucho trabajo.

—Fui directora de una primaria durante veintiséis años. He tenido cuatrocientos niños bajo mi responsabilidad al mismo tiempo.

Ella sonrió.

—Eso no cuenta como experiencia con gatos.

—Entonces aprenderé.

Patricia se puso seria.

—Tenemos un proceso. Solicitud, referencias, visita domiciliaria y revisión.

—Dame los formularios.

Los llené aquella misma tarde.

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