Cuatro años buscando a Canelo: la puerta que nunca cerré en mi corazón

Con el paso de las semanas empezó a recuperar peso.

Su pelo volvió a brillar.

El ojo lloroso mejoró y ya no arrastraba tanto la pata trasera.

Sin embargo, algunas heridas no se curaban tan deprisa.

No soportaba que cerrara la puerta del dormitorio.

Si lo hacía, arañaba la madera hasta que volvía a abrirla.

Tampoco comía si yo salía de casa.

Podía dejarle su alimento favorito, pero el plato seguía intacto cuando regresaba.

Una tarde tuve que trabajar más horas de lo previsto.

Cuando abrí la puerta, Canelo estaba sentado en el recibidor.

No maulló.

Solo me miró.

Su plato estaba lleno.

Me arrodillé delante de él.

—He vuelto.

Canelo se acercó y apoyó la frente contra mi pecho.

Entonces comprendí que, durante aquellos cuatro años, yo no había sido la única que había esperado.

Él también lo había hecho.

Tal vez no sabía dónde estaba su casa.

Tal vez había olvidado el camino, pero no la sensación de tener una.

Desde aquella tarde intenté mantener horarios regulares.

Cuando tenía que salir, le decía siempre la misma frase.

—Me voy, pero volveré.

Al principio parecía absurdo hablarle de esa manera.

Después empezó a acompañarme hasta la puerta.

Se sentaba sobre la alfombra y me observaba mientras cogía las llaves.

Cada vez que regresaba, lo encontraba en el mismo lugar.

Poco a poco empezó a comer cuando yo no estaba.

Primero unas pocas croquetas.

Después la mitad del plato.

El día que volvió a comer con normalidad mientras yo trabajaba, lloré al verlo en la pequeña cámara que había colocado en el salón.

No lloré de tristeza.

Lloré porque Canelo había empezado a creer que las personas podían marcharse y regresar.

Pasaron tres meses.

Una mañana, mientras sacaba una bolsa de basura, una corriente de aire empujó la puerta de casa.

Se abrió por completo.

Yo estaba al final del pasillo cuando lo escuché.

Solté la bolsa y corrí.

La puerta estaba abierta.

Canelo no aparecía por ninguna parte.

—¡Canelo!

Sentí que el corazón se me detenía.

Bajé las escaleras sin esperar al ascensor.

Lo encontré en el rellano de la planta inferior.

Estaba delante de una ventana, mirando hacia la calle.

No parecía asustado.

Tampoco intentaba huir.

Cuando pronuncié su nombre, giró la cabeza.

Me agaché y extendí una mano.

Durante un segundo volvimos a estar en aquel estacionamiento.

Él a unos metros.

Yo conteniendo la respiración.

Después Canelo caminó hacia mí.

Subió los escalones lentamente y entró de nuevo en casa por su propia voluntad.

Cerré la puerta.

Esta vez comprobé el pestillo dos veces.

Me senté en el suelo y lo abracé.

—Pensé que te había perdido otra vez.

Canelo se soltó con suavidad, caminó hasta su plato y empezó a comer.

Para él, quizá solo había sido un paseo de unos segundos.

Para mí significó algo mucho más grande.

Canelo había tenido una salida delante.

Y había elegido volver.

Durante años me había culpado por aquella puerta mal cerrada.

Repasaba la escena una y otra vez.

¿Por qué no comprobé el pestillo?

¿Por qué salí con tanta prisa?

¿Por qué no miré atrás?

Pero aquella mañana entendí que vivir castigándome no podía devolvernos el tiempo perdido.

Yo había cometido un error.

Canelo había sobrevivido.

Y ahora ambos estábamos allí.

No necesitábamos borrar el pasado.

Solo necesitábamos dejar de vivir dentro de él.

Seis meses después, Canelo volvió a dormir todas las noches pegado a mi pecho.

Seguía sobresaltándose con algunos ruidos, pero ya no corría siempre a esconderse.

Cuando Dani venía con su abuela, Canelo lo esperaba junto a la puerta.

Una tarde incluso se subió a su lado en el sofá.

Dani se quedó completamente quieto.

—No te muevas —le susurré.

—No pensaba hacerlo.

Canelo colocó una pata sobre la pierna del chico y empezó a ronronear.

Dani sonrió sin apartar la mirada.

—Ahora parece otro gato.

—Sigue siendo el mismo —respondí—. Solo necesitaba tiempo para recordarlo.

Un año después de aquel encuentro, regresé al estacionamiento.

Llevaba dos bolsas de comida.

Dani había colocado varios cuencos limpios junto a una pared, en una zona protegida de los coches.

Entre los dos habíamos convencido a algunos vecinos para que colaboraran.

Unos dejaban agua.

Otros avisaban cuando aparecía un animal herido.

No podíamos solucionar todos los problemas.

Pero podíamos dejar de mirar hacia otro lado.

Aquella tarde Dani me preguntó si todavía conservaba el plato antiguo de Canelo.

—Claro.

—¿Sigue comiendo en él?

—Todos los días.

El chico se quedó pensativo.

—Entonces hizo bien en esperar.

Miré los coches, los contenedores y el rincón donde había pronunciado el nombre de Canelo por primera vez después de cuatro años.

—Sí —dije—. Y nosotros también.

Ahora Canelo es un gato mayor.

Tiene algunos pelos blancos alrededor del hocico y la oreja izquierda continúa doblada hacia delante.

Duerme más que antes y sube a la cama con un pequeño salto torpe.

Pero cada noche, antes de acomodarse bajo mi barbilla, camina hasta la puerta de entrada.

La olfatea.

Mira el pestillo.

Después regresa conmigo.

El día del aniversario de su desaparición ya no dejo comida junto a mi puerta.

En su lugar, llevo una bolsa al estacionamiento donde Dani lo mantuvo con vida.

A veces aparece algún gato desconfiado y se queda observándonos desde lejos.

No intentamos atraparlo.

No lo obligamos a acercarse.

Dejamos el plato, nos sentamos en el bordillo y esperamos.

Porque aprendimos que algunos animales necesitan comida.

Otros necesitan un refugio.

Y algunos solo necesitan que una persona pronuncie su nombre y tenga paciencia suficiente para quedarse.

Durante cuatro años pensé que estaba buscando a Canelo.

Ahora sé que, de alguna manera, él también buscaba el camino de vuelta hacia mí.

No pudo encontrar nuestra antigua calle.

No pudo llamar a mi puerta.

Pero siguió adelante hasta llegar a un estacionamiento desconocido, donde un chico decidió que aquel gato flaco todavía importaba.

Canelo volvió a casa gracias a muchas cosas pequeñas.

Un plato de cartón.

Un niño que no apartó la mirada.

Una cicatriz con forma de media luna.

Un gesto de tres golpes sobre el pecho.

Y una puerta que, esta vez, permaneció abierta el tiempo suficiente para que los dos pudiéramos volver a cruzarla.

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